La belleza como poesía de la desobediencia

Por Francisco Tete Romero

La desobediencia. Poesía reunida de Claudia Masin, de la Colección “Radar en la tormenta” de Editorial Contexto, será presentada en Resistencia, el próximo viernes 18 de mayo a las 20:30, en el Fogón de los Arrieros, por Mempo Giardinelli y Francisco Tete Romero (director de la Colección). También estará presente con su música el artista Seba Ibarra.

La publicación del libro La desobediencia. Poesía reunida de Claudia Masin es un gran acontecimiento, porque este texto –primera edición de su obra reunida, editada en el país- atraviesa la obra poética de una poeta luminosa e insular, tan nuestra, por resistenciana, como por lo entrañable de su voz que se parece tanto a su ser, a su estar siendo siempre poético. Porque nos permite entonces leer su itinerario estético-existencial, el que nos la descubre como una de las voces más potentes y bellas de nuestra poesía hispanoamericana. Porque recorre veinte años de su obra, desde su primer libro, Bizarría, de 1977, hasta el último, La siesta, de 2017.

 

MASIN_La desobediencia

Por eso, precisamente, para escribir sobre su poesía nada mejor que ofrecer un breve recorrido lector por algunos de sus poemas:

Geología (del libro Geología, 2002).

“… Voy a ser geóloga / cuando sea grande, informaba, / como quien dice voy a averiguar sola / lo que nadie me sabe contar / voy a clasificar todos los géneros / de dolor que conozco como si fueran piedras. / –Tal vez en los Manuales –me decía- entre fallas y estalactitas aparezca en una foto / yo con mi disfraz de explorador / y en una nota al pie, esta descripción: / nena de piedra hallada en una cueva / muy al norte, casi escondida, / el cuerpo cubierto de palabras talladas, / por el tiempo transcurrido, incomprensibles”.

Del libro Abrigo (2007).

“Cuidar lo que no tiene cura: el cuerpo, / aunque más no sea porque todavía contiene / ese secreto que nos decíamos, de niños, al oído, / y que ningún adulto recuerda”.

Río (del libro La Cura, 2016).

“… Sería posible / hacer vacilar los hechos inconmovibles, derrumbarlos, / levantar otros en su lugar, igual de sólidos / o todavía más? Tal vez no compartimos relatos / para hacernos conocer, ser transparentes / o sinceros, sino para inclinarnos junto a otra persona / sobre la vida que tuvimos y decirle: ¿ves? / Acá es donde empezó el deterioro, donde me di por vencida / y acepté que la fealdad o la tristeza / eran irreversibles. Habría que volver atrás, entonces, / a inventar de nuevo la historia malograda, / a reparar lo que se ha roto y recomponer las paredes / precariamente sostenidas, los rebordes descuidados, / los lugares que quedaron abandonados o inconclusos / como un albañil que maneja las herramientas toscas / jasta qie ñpgra encontrar la forma / a la vez simple y hermosa / de combinar los materiales con que cuenta / para transformar lo que estaba dañado, eso que todos decían / que no tenía arreglo”.

Cómo es que se forma una familia y qué sucede entonces (del libro La siesta, 2017).

“… Y entonces si ya no queda / nadie alrededor que no termine lastimado, porque hay una parte / de ese amor que está enferma, deshilachada como un trapo / viejo: no sirve más que para hacer un torniquete que detenga la / hemorragia, pero no alcanza para devolverle la confianza al que / sangra. La parte sana –porque, aunque sea minúscula, siempre / hay una parte que se salva- nos empuja a reunirnos, ya no para causarnos más daño, sino para contarnos las historias que nos contábamos / las noches de verano en las que se cortaba la luz y / salíamos al jardín, padres e hijos a tirarnos en el pasto bajo la imparcialidad de las estrellas, / que nos cuidaban a todos por igual / y nos hacían dormir serenamente, como si los rayos implacables / que teníamos dentro se convirtieran también, por una noche, en / diminutos hilos de luz en el cielo. Eran tan hermosas esas historias que compartíamos que aun hoy –contra toda evidencia- / sigo resistiéndome a creer que no fueran ciertas”.

Lo dañado que llevamos dentro y la cura que somos capaces de dárnosla

Hay en toda la obra de Claudia Masin una relación tensión entre la vida dañada tempranamente, las mutilaciones y heridas que llevamos dentro y fuera de nosotros mismos, los daños que somos capaces de hacernos y hacer a los demás los que hemos sido dañados y no sabemos amar, como si se tratase de actos reflejos que acometemos por puro miedo, resentimiento e ira. Por un lado. Y por otro, la parte sana que se salva de las inclemencias humanas depredadoras y como sabe hacerlo la naturaleza, persiste y muta y es capaz de elaborar el antídoto con el propio veneno inoculado. Porque eso también nos define como especie, desde la mejor versión de nosotros mismos.

“La infancia como un campo minado en el que comienzan a gestarse las primeras violencias y las primeras heridas”. Pero también el territorio de la imaginación y el deseo de libertad alimentado de un lenguaje propio solo conquistado a partir de la lectura literaria que nos permite cazar al vuelo aquellas palabras e imágenes con las que construimos un hogar virtual para soportar la intemperie. Por eso escribirá Claudia en su segundo libro, Geología, citando a Gaston Bachelard, que “toda nuestra infancia debe ser imaginarla de nuevo” (Poética de la ensoñación). Porque Bachelet no habla de recuerdo sino de imaginación, esa potencia que una vez despierta y cultivada nos transforma y puede transformar el mundo que nos rodea, lo feo en bello, lo enfermo en sano, el pasado clausurado en nuevo horizonte de sentido desde el que releer toda nuestra vida: lo que parece imposible en posible, como escribía Macedonio Fernández: Hay que emanciparse de los imposibles, de todo aquello que nos dijeron que no existía o peor aún, que no debía existir.

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Para que emerja entonces, como escribía Diana Bellesi –citada por Claudia como maestra- la “pequeña voz del mundo” (La pequeña voz del mundo), la que permanece “atenta a lo inútil, a lo que se desecha” porque allí “se siente la epifanía”. Pero hacerlo con “refrenamiento” como propondría otro de sus maestros, el exquisito poeta peruano José Watanabe (Elogio del refrenamiento), para que la austeridad y el pudor sean la particular forma de tramitar las emociones.

Por eso el título de este libro. Porque la poesía es un acto de desobediencia y de libertad. Así la define Claudia Masin. Porque como en un poema de su poemario La cura: “…nos libera de ese peso que cae / sobre la espalda de todos desde que se termina / el ínfimo tiempo en que está permitido vivir fuera de la ley / según la cual lo enfermo habrá de ser salud y viceversa”.

*Docente, escritor y editor

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