El coronavirus y yo

Por el

Foto de Portada: Plaza Nelson Mandela del Barrio de Lavapies

Capítulo 5: El Lavapies y la pandemia dentro de la pandemia

Finalmente, el vuelo partió de Barcelona con una hora de retraso. Para tranquilidad de la señora de ojos bamboleantes y expresión alarmista, el capitán anunció que la conexión a Buenos Aires estaba confirmada, que la empresa ya había tomado los recaudos para que, aquellos que tuviéramos los tickets, lo pudiéramos abordar sin inconvenientes. Sentí cierta calma y solo deseaba que en el vuelo de Madrid a Buenos Aires no me asignaran un asiento cercano al de aquella alterada mujer. 

El avión comenzó a carretear bajo esa última lluvia catalana y elevó su trompa. De reojo pude espiar la ventanilla y ver los últimos destellos de la ciudad. Luego traté de vencer ese dolor de espaldas que, presentía, no podía ser solo muscular. Intenté dormir unos minutos para recomponer el semblante y esperar que pronto llegáramos a Madrid.  

La semana anterior habíamos estado en Madrid. Viajamos desde Barcelona en el tren de alta velocidad para cumplir con nuestros compromisos de trabajo. Para entonces la capital ya era una urbe preocupada por el avance de la enfermedad. Si bien pudimos compartir una hermosa noche, en la que fuimos muy bien atendidos por la gran bailarina y productora Natalia Puccioni y sus amigas del espacio cultural Madre Flaca, en la calle Olmos del antiguo barrio de Lavapiés, ya se sentía el temor a la peste y todos comentaban cómo había mermado la circulación de gente en las calles. Fueron exiguas treinta horas, en medio de este clima de preocupación e inicio de este encierro mundial, las que tuvimos para recorrer aquella bellísima capital española. 

Una postal de Madrid. El antiguo barrio de Lavapies

Sin embargo, fueron suficientes para percibir que, en tiempos de coronavirus, ni las ciudades más cosmopolitas como ésta, que recibe millones de extranjeros cada año, escapan de exhibir las reacciones espinosas de algunos de sus sectores más trogloditas y retrógrados. Por citar alguna, podemos comentar la estigmatización que sufría la comunidad china de Madrid. Alentado por el ametrallamiento impiadoso de “fake news” que contaminaban los celulares, las miserias que se viralizaban habían generado ataques inconcebibles y rechazos callejeros contra personas con rasgos orientales. 

El malsano virus de las falsedades distribuidos por las redes sociales estaba siendo más peligroso y desalmado que el propio Covid-19. Los tuits y wasaps destilaban una ponzoña que provocaba una enfermedad más execrable y maligna que la del virus que estaba atacando los pulmones. Esto llevó al encargado de negocios de Pekín en España a salir a la prensa para señalar que el enemigo no eran los chinos, sino el coronavirus. Era como si emergiera otra pandemia dentro de la pandemia. 

Se descorrían algunos velos y ciertos sectores minoritarios, que existen aún en las sociedades más avanzadas, xenófobos y temerarios, buscaban descargar sus culpas en algún enemigo externo. La idea de la culpa suele estar asociado al odio, al resentimiento o algún fanatismo moral que cuando encuentra ocasión se impone de manera violenta sobre el otro. Los mecanismos de esta “pandemia dentro de la pandemia”, respondían en parte a un primitivismo político similar al que expresa un tipo como Trump o los que guardan algunos nacionalismos europeos. El amigo Pedro Strukelj me recomendó un texto que rememoraba una matanza de religiosos ocurrida en el verano de 1834. Fue durante la epidemia de cólera que causó más de 3.000 muertos en Madrid. El mismo barrio de Lavapiés había sido escenario de la quema de conventos y el asesinato de setenta y cinco frailes y monjas de diversas órdenes, sin más pábulos que la ignorancia, el oscurantismo y la mentira. 

En medio de la guerra carlista y las disputas por la imposición de un nuevo régimen, la reacción de la plebe se originó en el rumor infundado de que alguien había visto a “mendigos” y “mujerzuelas” manipulando sospechosamente y tal vez envenenando el agua de las fuentes. Según el escritor Benito Pérez Galdós, en su novela “Un faccioso más y unos frailes menos”, bastó con que sorprendieran a un joven peinero de la calle Carretas derramando un polvo amarillento en un caño de la Puerta del Sol, y que lo hicieran confesar a golpes que lo hacía por pedido de los jesuitas, para que un delirio inflamara la ciudad. 

Ilustracion de la matanza de frailes en 1834

Como antiguas “fake news”, los corrillos de entonces fueron ganados por la versión de que la mortandad no procedía del cólera, sino de un tóxico con el que habían contaminado el agua de las fuentes públicas. La culpa cayó sin piedad sobre los frailes, acusados de pagar a niños y mendigos para infectar las fuentes. Esto hizo que el pánico y la paranoia de los madrileños y esa vieja tendencia a buscar culpables, convirtieran aquello en un terror vengativo y ansiolítico, que derivó en la matanza. Igual que hoy, la difusión de ignorancia y brutalidad que algunos infunden desde las redes debe mantenernos alerta ante posibles brotes de irracionalidad y xenofobia. Evitar que engorde el monstruo de la “pandemia dentro de la pandemia”.

Retornando al pintoresquismo y la seductora belleza actual del barrio de Lavapiés, peculiaridad que lo llevó a ser considerado como el lugar más “cool” del mundo por la revista especializada en ocio “Time Out”, sus habitantes coinciden en que viven un proceso de cambio, con un innegable avance capitalista que busca desplazar algunas “tribus” que históricamente lo habitaron. Hay quienes buscan abrir camino a negocios más apetecibles como el inmobiliario, gastronómico o turístico, a costa de cierto “desangelamiento” o una bohemia de cara lavada. 

Según nos cuentan, en Lavapiés habitan personajes provenientes de los lugares más disímiles del mundo. Desde Senegal a Marruecos, Bangladesh, Londres, París o New York. Gente con o sin papeles, negros, amarillos, blancos, latinos, gitanos. Hombres y mujeres elegantes, perfumes caros, que se cruzan con cuerpos desgarbados y consumidos. Todos agitándose en un microclima de confortable seguridad. Un hervidero que bulle hace más de cuatrocientos años. Un puerto, en el centro de la ciudad, donde parecen haber recalado barcos de todos los mares. En éste peculiar ecosistema se forjó el más puro casticismo madrileño. En este lugar conviven, y están en pugna, las costumbres más conservadoras, los intereses económicos más voraces, con las vanguardias y bohemias más encantadoras y extáticas. Un lujo bajo las estrellas. La más linda del amor que un tonto pudo soñar, como diría la canción de Solari.

Más postales de la cosmopolita Madrid con sus calles vacías

De pronto me despertó la voz de la azafata, que pasó solicitando que colocáramos rectos los respaldos de nuestros asientos. Estábamos prontos a aterrizar en Madrid. No sé si seguía en el sueño, sentí moviéndose dentro mío todo aquel hervidero multicultural del Lavapiés. A todo esto, me había olvidado del dolor de espalda. 

La terminal de Barajas es inmensa. Cuando bajamos nos indicaron que el avión que debíamos abordar se encontraba en la puerta AB. Una pantalla informaba que estábamos a 25 minutos de ese lugar. Comenzamos a caminar por los profilácticos pasillos de la terminal. A mitad de camino me sentí agitado y el dolor regresó a mi espalda con un par de puntadas y aquel ardor. Aminoré la marcha y busqué los sanitarios. En la mochila llevaba mi bicarbonato, mi garganta también molestaba. Usé la tapa del pequeño termo que había llevado para no perder la costumbre del mate, cargué agua tibia y me hice unas gárgaras.

El mundo comenzaba a no tener lugar hacia donde huir. Se me vino a la cabeza una frase de mi abuela guaraní que, cuando era niño y me atacaba una de estas gripes, decía: “Nde roga, nde pohanó”. Algo así como tu casa te sana. Retomé mi marcha hacia el avión a Buenos Aires, cada vez nos faltaba menos para cruzar el océano. Escapemos. Quedémonos en nuestras casas. “Japyta ramo ñande rógape”, diría mi abuelita.

El corazón de la Tierra

tiene hombres que le desgarran.

La Tierra es muy anciana.

Sufre ataques al corazón.

En sus entrañas sus volcanes,

laten demasiado

por exceso de odio y de lava.

La Tierra no está para muchos trotes

está cansada.

Cuando entierran en ella

niños con metralla

le dan arcadas. 

Gloria Fuertes (Poeta del Barrio El Lavapiés)

Madrid, 28 de julio de 1917- Madrid, 27 de noviembre de 1998

Plaza Nelson Mandela del Barrio de Lavapies

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