Tesis para otra Historia del Chaco – Tercera parte de la segunda tesis

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Parte 2: En el nombre Chaco está la clave de sentido emancipador. 

Para convertirnos en provincia pluricultural y plurilingüe debemos superar definitivamente la matriz cultural del crisol de razas. En tiempos civilizatorios de nuevos brotes de furias racistas y discriminatorias, hay que recobrar las voces indoamericanas que nombran a nuestro territorio, porque en ellas están los sentidos largamente ocultos o silenciados.

Según Ramón de las Mercedes Tissera en la voz aymará, Chac’ co era una especie de arcilla con la que se elaboraba cierta cerámica de mucha demanda en el mercado altoperuano. En el idioma runa-simi de los Quechua incásicos, en cambio, Chacú tenía otro significado: coto de caza, sistema de cacería. Pero Tissera (2008) explica que el historiador jesuita Pedro Lozano, en el siglo XVIII advierte que para los pueblos originarios que habitaban el Chaco esa palabra significaba “reunión o junta de naciones”. Esta es la acepción que empezamos a recuperar desde el 2008, con motivo de la edición del libro inédito de Tissera y del reconocimiento oficial del genocidio acontecido en Napalpí, a través del pedido de perdón del por entonces gobernador Capitanich a los Pueblos Originarios Qom y Moqoit, en nombre del Estado del Chaco, por aquella masacre. 

Para los Qom, por su parte, nos explica el historiador chaqueño Juan Chico y el lingüista Orlando Sánchez, nuestro nombre Chaco tiene dos acepciones. Por un lado, Sha’coxoi que es pescar; algunos dicen sha’acoxoc, porque la “x” es una “g” cerrada. Por otro lado, “Chaico” significa en su traducción qom palmeras o tierra de las palmeras, por la presencia de las mismas en gran parte de nuestra provincia, principalmente en zonas ribereñas o de grandes aguadas, en donde elegían asentarse las comunidades, verdad. Algunos también dicen Sha’acuxoc.

Esas tres voces nos nombran entonces. Porque venimos de Nuestros Pueblos Originarios. Porque venimos también de los afrodescendientes que llegaron hasta aquí escapando de la esclavitud en la década del ’70 del siglo 19, de la Guerra de la Triple Alianza. Porque venimos de aquellos criollos pobres que pusieron su trabajo y esperanzas para conquistar su lugar en el mundo. Porque venimos de las y los inmigrantes que buscaron en nuestras tierras lo que en sus solares natales les estaba vedado. Porque otros caminos se abrirían si deseáramos ser no un crisol de razas, que alude al caldero en el que se funden y extravían las culturas y lenguas diversas, sino la unidad de lo diverso para la búsqueda de un horizonte colectivo.  Allí está nuestra riqueza.

3. La interculturalidad crítica como ruptura epistemológica con el crisol de razas como matriz cultural colonizadora y fundamento base para una Pedagogía Emancipadora.

Volvamos ahora a aquella idea de Jorge Huergo (2015): no hay transformación de nuestras prácticas sociales sin transformación de nuestras representaciones culturales. Escribe pensando en las aulas argentinas, que lo que primero modificamos es nuestro discurso, porque lo adaptamos a lo políticamente correcto de un determinado período histórico. Pero ese discurso nunca es único y se construye por lo menos desde la tensión de dos lógicas: en uno primará, por ejemplo, la inclusión social, la igualdad y los derechos y en otro, la meritocracia, el esfuerzo individual y enseñar solo a los que desean aprender. Sin embargo, lo que más resulta difícil cambiar son las representaciones culturales, porque éstas estás fijadas por un cierto sentido común hegemónico, cargado de prejuicios naturalizados, que establece nuestros modos de valorarnos y valorar a quienes nos rodean. Y no podemos transformar nuestras prácticas sin producir antes una ruptura con nuestra forma de ver y explicar el mundo. Porque esa visión proviene, precisamente, de aquellas representaciones estigmatizadoras.

Porque existe un obstáculo epistemológico (la epistemología es la teoría del conocimiento, el conjunto de fundamentos que sostienen una ciencia o disciplina) que posibilita oír, pero no escuchar, mirar pero no ver aquello de la realidad que ya creemos conocer porque lo hemos etiquetado-estigmatizado como lo bárbaro, salvaje, tape, nieri, negro o negra, indio o india, los que no pueden ni quieren aprender; las que se embarazan para conseguir una AUE, los que van a las escuelas para cobrar la AUH. 

Eso es lo que el filósofo argentino Rodolfo Kusch llamaba el “hedor de América” en su texto América profunda, para referirse a la educación sentimental de las clases dirigentes e intelectuales latinoamericanos a través de la matriz cultural del liberalismo.

Por eso necesitamos producir una profunda ruptura epistemológica, tal como lo planteó tempranamente Gastón Bachelard y luego Aníbal Quijano y ahora Boaventura de Sousa Santos al escribir sobre “las epistemologías del Sur”, las que hunden sus raíces en la cosmovisión de nuestros pueblos originarios –los que nos producen una escisión entre naturaleza y cultura, entre la tierra y la lengua- y las experiencias pedagógicas de participación popular más recientes de nuestro continente.

Jorge Seibold, al referirse a los conceptos de multiculturalismo e interculturalidad, afirma que las relaciones interculturales no pueden representarse mediante un mosaico estático sino dinámico y de gran complejidad ya que “esta variedad de formas en la que se expresa la multiculturalidad, además de acoger en su seno a formas autóctonas y tradicionales de gran permanencia en el ciclo del tiempo, hoy se ve atravesada por corrientes globalizadoras que no tienen fronteras donde detenerse.” El fenómeno de la multiculturalidad es interpretado de diversas maneras.  Seibold sintetiza tres interpretaciones:

“1)El “multiculturalismo etnocentrista” o “monoculturalismo”: si bien reconoce la complejidad del fenómeno multicultural, tiene una posición reduccionista, hegemónica y asimilativa. Esta posición principista ha orientado y orienta políticas migratorias, que tienden a “impedir” la entrada de migrantes, o ante la inevitable presencia de ellos su necesaria “asimilación” a las normativas nacionales. Sostiene que hay una Cultura Superior y otras inferiores. 

2)El “multiculturalismo liberal”: Se distingue del multiculturalismo etnocentrista en cuanto no sólo reconoce al “otro” en sus diferencias, sino también en principio reconoce su “derecho” a ser diferente. Pero lo hace tamizado por el lenguaje de la “igualdad de las oportunidades, en una sociedad competitiva y capitalista. Sin embargo, lo hace naturalizando las desigualdades estructurales que separan y subordinan a algunos colectivos sociales en razón de conflictos de poder y de intereses. 

3)El “multiculturalismo intercultural”: Consiste en asumir en serio la diversidad del otro, a fin de entrar en diálogo con él tratando de que la relación entre ambos sea de apertura recíproca. Si estas condiciones no se cumplen el diálogo será imposible. La interculturalidad no es una vía “mágica”, sino posible al acercamiento de las partes. Está en ellas conjugar sus propias diferencias para llegar a un acuerdo en la diferencia, que permita a los interlocutores enriquecerse mutuamente con las riquezas del otro. Podemos distinguir dos tipos de interculturalidad: 

FUNCIONAL: Más leve y superficial, porque se queda en un diálogo intrascendente, que no llega a las mismas raíces de las diferencias, en orden a eliminar las causas que provocan situaciones de sometimiento y de no reconocimiento de las alteridades. Es puesta en escena. Esconde al conflicto como lo indeseado. Aspira al consenso como acuerdo ideal sin asumir que no se llega a él sin admitir que la coexistencia de culturas implica conflictos. 

CRÍTICA: es más profunda, más fuerte, no se queda en un diálogo exterior, que consiste en un mero intercambio “funcional” y “folklórico”. Asume los conflictos y propone formas de tramitarlo y de resolverlos. Esta segunda interculturalidad reconoce las asimetrías y otras injusticias sociales, pero lo hace por vías del diálogo y la mediación política y no a través de la imposición de un consenso unilateral o la violencia. Su meta es el mediano y largo plazo”. Lejos de temer el conflicto se nutre de él para concebir a la política y la pedagogía de la interculturalidad como reinvención de lo establecido para transformar la realidad social. O inventamos o erramos escribió hace más de 200 años el gran Simón Rodríguez, maestro de Bolívar. Su legado emancipatorio sigue intacto. 

*Escritor, docente y editor

  • Tissera, Ramón de las Mercedes (2008). Chaco Historia General. Colección Rescate. Resistencia: Subsecretaría de Cultura del Chaco y Librería De la Paz. 
  • Chico, Juan (2017). Napalpí, Las voces de la memoria. Colección Intercultural Bilingüe Nuestras voces. Resistencia: Editorial Contexto.
  • Sánchez, Orlando. Vocabulario Qom-Castellano. Colección Intercultural Bilingüe Nuestras Voces. Resistencia: Editorial Contexto. 

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