Un día del niño con historia

Por el

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Se conmemora en Paraguay el día del niño porque se rememora el trágico hecho de la batalla de Acosta Ñú, del 16 de agosto de 1869, hacia el final de la Guerra de la Triple Alianza, en la que 3.500 niños de entre 6 y 15 años -sus rostros tiznados con carbón para simular la edad que no tenían-, enfrentaron a 20 mil hombres del ejército imperial del Brasil, sólo acompañados por un puñado de sus madres y del resto de un batallón de veteranos. Sólo sobrevivieron poco más de setecientos.

Al término de esa guerra infame, al cabo de 5 años de heroica resistencia, el 90 por ciento de la población masculina paraguaya había sido exterminada y con ella la experiencia soberana de un país sudamericano. Los intereses del imperio británico se impusieron. Pero sólo lo pudieron lograr por la participación genocida de las oligarquías que gobernaban Argentina, Brasil y Uruguay.

Paraguay fue entonces una Matria, porque sólo sobrevivió por el coraje de sus mujeres.

“Fui soldado del ejército paraguayo a los diez años, pero eso no importa. Tampoco importa demasiado contar cómo entré en él ni como él entró en mí. No tuve opción. Tampoco la tuvo el Paraguay que éramos. Sentía terror y temblaba al principio. Mi madre, María Amanda, me dijo al despedirse de mí que me seguiría y se convertiría en mi sombra protectora, que acamparía, como otras madres, cerca de donde anduviéramos y que mi destino era el suyo. Yo ardía de odio cada vez que recordaba que mi padre había muerto por defender su tierra en la batalla de Abaí, el 11 de diciembre de 1868. Más tarde también murieron mis tíos. En el invierno de 1869 yo era el único varón que quedaba en mi familia.

En enero Asunción había sido ocupada, completamente saqueada e incendiada por el enemigo, nuestras mujeres violadas y la población masacrada. De ella sólo quedaban ruinas y miseria. Nuestro ejército ya estaba en retirada. El Mariscal Francisco Solano López no quiso rendirse, rechazó categóricamente las intimaciones extranjeras y los pedidos y consejos de sus camaradas. Prometía continuar luchando hasta el final. A escondidas, no pocos rumoreaban que estaba loco y nos llevaría a todos al suicidio.

Ese fue el fin de nuestra infancia. Como la mayoría de nuestros padres, tíos o hermanos mayores estaban muertos o prisioneros, llegaba así el tiempo en que debíamos dejar de ser niños y luchar junto a las mujeres, nuestras madres y hermanas, en el ejército para seguir resistiendo la inminencia de una derrota que sabíamos ya que significaba nuestra destrucción como pueblo.

Cada vez que vuelvo a este último momento de la batalla de Acosta Ñú, congelado e intacto para siempre en mi memoria, regreso a ese campo grande y me veo y nos veo al borde de ingresar en ese abismo de la verdad de uno mismo que es muy difícil de soportar, porque allí ante lo que es capaz o no de hacer un hombre a otro hombre, cada uno de nosotros encuentra su propia medida, la talla exacta de la que está hecho. Después, si se sobrevive, hay que aprender a vivir con eso que se descubrió.

Veo a los niños más grandes entrar en combate, sus rostros crispados, desencajados por una mezcla siniestra de miedo, espanto, súbita furia y valentía. Veo a Ramón, el más alto de nosotros, perder un brazo, a José luchar con bravura contra dos brasileños. Veo miembros arrancados por todas partes, piernas y brazos, de niños que yacen ahora como carne gimiente atrapada en un solo grito que tapa el ruido de los disparos, de los cascos de los caballos, los insultos en portugués y en guaraní.

Veo a los niños más pequeños correr aterrorizados cuando la infantería se lanza sobre nosotros. Veo a Andrés, de seis años, llorar y aferrarse a las piernas de un soldado brasileño rogándole que no lo mate. Veo cómo ese hombre lo degüella. Veo esta escena repetirse y multiplicarse a mi lado e inmovilizarme. Veo a un grupo de madres salir de la selva en la que estaban escondidas siguiendo con angustia indecible el desarrollo de la batalla. Escucho sus gritos desgarrar el aire y extenderse en un tiempo sin tiempo para imponerse a cualquier ruido, a cualquier otro grito. Las veo tomar las lanzas y correr hacia donde estamos nosotros, mirarnos a los ojos, decirnos sin palabras o con ellas que iban a enfrentar a la muerte, putearlos a nuestros enemigos con la lengua que nos enseñaron, comandar con sus cabelleras ahora al viento este ejército de mendigos que se resiste a ser carne de cuervos o esclavos. Veo a mi madre entre ellas, pero no busca comandar ningún ataque. Me busca a mí. Veo cómo los niños más grandes siguen a esas mujeres y se enfrentan con su solo coraje irredento ante lo imposible. Veo de pronto cómo un soldado a caballo está a punto de alcanzarme con su bayoneta, pero no sé cómo mi mamá llega antes con su lanza y se la clava en medio del pecho. Veo cómo se arroja sobre mí, me tumba al suelo que hiede a sangre, bosta y pólvora, me abraza fuerte, segundos antes de que una columna entera de jinetes pase sobre nuestras cabezas.

Cuando la muerte termina de pasar por encima de nosotros, veo que todo está concluido y están haciendo prisioneros a los niños que sobrevivimos. Mi madre me arrastra de un tirón y huimos hacia el interior de la selva. Cae la tarde sobre Acosta Ñu. Las madres que sobreviven y las que siguen saliendo de la selva, tratan ahora de rescatar los cadáveres de sus hijos y socorrer a los sobrevivientes. Entonces descubrimos que en la guerra el mal no tiene ningún límite. El Conde D’eu, príncipe francés, ordena incendiar la maleza “para exterminar de esta tierra maldita hasta el feto del vientre de la mujer paraguaya”. Veo a niños como yo convertidos en llamaradas vivientes correr y lanzar gritos que jamás pensé que podían provenir de persona alguna. Veo sus cadáveres calcinados. Veo arder también a sus madres y veo la mano de mi madre taparme la boca para que el grito de horror que está ascendiendo como fuego líquido por mi garganta se ahogue dentro de mí y se vaya muriendo abriéndome un tajo que me rompe el corazón.

Pero todavía nos estaba reservado un castigo aún más cruel, porque el Conde manda a sus hombres a cercar el hospital de Peribebuy, mantener en su interior a los enfermos, en su mayoría niños y jóvenes, y ordena incendiarlo. Veo a lo lejos el hospital en llamas cercado por los soldados brasileños. Los veo empujar a punta de bayoneta, hacia las llamas, a los pocos enfermos que logran salir del fuego. Escucho sus gritos, escucho los gritos de mis compatriotas cuya carne está ardiendo en este infierno del que mi mamá busca salvarme. Todavía los escucho. Me salva la vida. Ahora que lo pienso mejor, debo escribir que me la vuelve a dar. Después, sólo veo mis pies y sus pies descalzos internándonos en el vientre abovedado de la selva.

Supe después que el general Caballero y los pocos hombres que sobrevivieron con él lograron escapar en medio del fragor del combate, confundidos entre esa maraña de cuerpos y uniformes bañados de sangre.

Supe también, meses después, cuando bajando hacia el sur llegamos con mi madre a las afueras de Asunción, tras recorrer más de setenta kilómetros, que según los aliados y el gobierno títere, de facto, que se había instalado en la que fuera nuestra ciudad capital, en la batalla de Acosta Ñú sólo habíamos sobrevivido setecientos paraguayos mientras el enemigo sólo había sufrido cincuenta bajas.

Vimos de lejos los cadáveres todavía sin sepultar, exhibidos como macabro recuerdo y amenaza. Vimos a los cuervos sobrevolar esas calles y alimentarse de ellos. Vimos a mendigos, mujeres y niños que también parecían cadáveres o que pronto lo serían.

Supe en toda esa travesía tierra adentro lo que no hubiera querido saber jamás, las ejecuciones de más de cuatrocientos paraguayos que el Mariscal López había y estaba ordenando. Lo supimos de bocas angustiadas de mujeres que también escapaban de los restos del ejército que nos quedaba. Escuché que esto sucedía desde los comienzos mismos de la guerra, con el arresto y hasta la muerte de los oficiales que fracasaban en las misiones que se les encomendaban, con la persecución cruenta a ciertos generales y oficiales sospechados de conspiración, con la creciente sospecha que fue incubándose en el alma del Mariscal de que estaba rodeado de traidores, lo que lo llevó incluso a creer que su propia madre y hermanos y su cuñado, ministro de relaciones exteriores, complotaban contra él y a decidir sus arrestos. Supe tiempo después, ya en Argentina, que su madre fue perdonada tras varias semanas de encierro y sus hermanos desterrados. Pero que su otro hermano, Benigno López, junto a su cuñado ministro, su otro cuñado el general Vicente Barrios y muchos otros oficiales y funcionarios fueron ejecutados a fines de 1869. Y en el camino hacia las cordilleras los soldados que aún nos quedaban mataron a más de cien compatriotas, entre ellas las esposas de oficiales de nuestro ejército. Otros tantos, murieron encerrados en nuestras cárceles.

Y supe en todo ese penoso errar con mi madre por selva, ríos, caminos polvorientos y fangosos, lo que es el hambre y la sed, la intemperie ante el sol, la lluvia y la tormenta, pero por sobre todas las cosas supe que la voluntad de mi madre por salvarme era inquebrantable. A los pocos días de nuestra huida de Acosta Ñu, agotado de tanto caminar, con fiebre, hambre y sed, me senté bajo la sombra de un árbol en plena siesta. Vi a mi madre sentarse a mi lado, vi sus pies lastimados, su rostro surcado por arrugas, ajado, pero todavía hermoso a sus treinta años. Vi su cuerpo flaco, pero aún fuerte, vi cómo sacaba sus pechos fuera de la camisa que alguna vez había sido blanca, vi sus pezones hinchados brillando por el resplandor de un rayo de sol que se posó en ellos y vi como tomaba mi cabeza y la inclinaba contra sus pechos llenos de la leche que no había podido darle a mi hermano que había nacido muerto hacía dos meses. Y me vi con la boca y los labios resecos aferrados ahora a los pezones de mi madre buscar desesperadamente la vida que se me estaba escapando. Supe entonces, mientras su leche bajaba por mi garganta, que esa mujer merecía que viviera y me convirtiera en un hombre libre”.

* Ex ministro de Educación de la provincia del Chaco. Escritor.


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