“Antipoesías” de Eduardo Fracchia, poesía y filosofía de la resistencia.

Por el


Proponemos esta semana la lectura de uno de los textos insulares de la Colección “Los imprescindibles” de Editorial Contexto, porque allí Eduardo Fracchia, exquisito poeta y filósofo, se revelará no solo como estupendo poeta, sino también como uno de los intelectuales más relevantes de nuestro Chaco.

¿Cuáles son los libros imprescindibles, aquellos que debemos leer y hacer leer para saber quiénes fuimos y quiénes somos, de dónde venimos, cuáles son nuestros orígenes, legados y horizontes de futuro?  Aquellos libros de literatura, de ensayo histórico, político, filosófico, sociológico o cultural, que no deberían faltar en nuestras bibliotecas personales, escolares o públicas.  Que deberían habitar en nuestra memoria individual y colectiva y en el lenguaje a través del cual pensamos y nos expresamos.

 

Para responder a estos interrogantes, escribía en la nota anterior, creamos esta Colección, que se nutrirá tanto de autores que ya no están entre nosotros, como de otros y otras que cohabitan junto a nosotros en este espacio geográfico y cultural del Chacú, de cuya diversidad lingüística y cultural estamos orgullosos. Por eso hoy escribo sobre las Antipoesías de Eduardo Fracchia.

El hombre es una atrevida hipótesis cuya consecuencia es otra hipótesis más atrevida todavía”

Así escribe Eduardo Fracchia en una de sus célebres antipoesías. Filósofo, poeta, docente de la carrera de Filosofía en la Facultad de Humanidades. Maestro, en la acepción más precisa que lo describe, como llaman los mexicanos a aquellos y aquellas que pasan por nuestra vida y nos marcan para siempre, porque nos hacen mejores personas, más inteligentes y sobre todo, más sensibles.

La antipoesía es un tipo de poesía rupturista, creada y principalmente cultivada por el poeta chileno Nicanor Parra. De este modo creó una nueva forma poética, opuesta a la imperante en su país a mediados del siglo XX. En el caso de Parra se destacan la coloquialidad, el uso del humor irónico y la ausencia de toda solemnidad.

En el caso de Eduardo Fracchia, las antipoesías –tanto las que ya habían sido publicadas, como las inéditas que integran este libro- están atravesadas de reflexiones filosóficas, pero no están escritas desde el tenor académico, sino desde la interrogación más hondamente humana, para indagar y desnaturalizar en nuestra cotidianeidad, en nuestros gestos y hechos que solemos repetir como especie, para revelar lo invisible e indecible que están sin embargo tan a la vista, tan en la punta de nuestra lengua, para provocarnos perplejidad y asombro, para aprender y aprehender a vivir mejor.

“Borrarlo todo por un instante y volver a mirarnos a los ojos como el primer día.Tal vez podamos imaginar de nuevo al hombre”.

Fernando Operé, poeta y académico español, residente hace décadas en Virginia, Estados Unidos, asiduo participante de los Foros Internacionales por el Fomento del Libro y la Lectura y amigo personal de Mempo Giardinelli y de la fundación que lleva su nombre, escribió para la edición póstuma de La rosa hecha escudo y Huesos secos, las palabras que juzgo más acertadas para definir quién fue Eduardo Fracchia y qué clase de obra concibió y lo sobrevive sin envejecer:

“¿Y qué decir de un hombre cuya actitud ante la vida fue de sobresalto y sorpresa? ¿Qué colegir de un hombre que escribió poesía no para trabajar objetos bellos, sino para indagar en su propia sorpresa, la que proviene de la luz y la sombra, la que asoma a los sentidos y se desvanece elusiva?

Nuestra / memoria sólo lo es de la luz, / se detiene, trémula, / ante la sombra, y en la sombra, precisamente / se diluye sin darnos tiempo / a una lectura rápida del epígrafe”.

Sin duda, Eduardo Fracchia ejerció la poesía con la actitud humilde del que quiere entender. Le interesó la poesía y la practicó porque a través de ella podía indagar y acercarse poco a poco a las fuentes profundas del conocimiento. No con el fin de hallar una fórmula precisa, una manida respuesta teológica o sociológica, sino como gesto total, como desnuda actitud ante la vida.

Y así la ejerció, preñada de interrogantes machadianos por los que su mente limpia se derramaba con gesto brutalmente honesto.

“Y me preguntas por qué miro al cielo / ¿acaso hay un vértigo mayor que el del cielo?

Su voz … nos da una mano, que falta nos hace, para continuar la marcha por este laberinto de luces y de sombras, por esta jungla hermosa de interrogantes inconclusos”.

Tuve el honor y el privilegio de haber sido su alumno. Para quienes estudiábamos Letras mientras Eduardo fue profesor de la Facultad de Humanidades, elegir como materia optativa Filosofía Moderna constituía una de esas experiencias iniciáticas, rara avis desde luego. Porque Fracchia nos interpelaba desde el cruce de saberes diversos, desde el descubrimiento de cruces inesperados, con la literatura, la ciencia, la antropología, la historia, desde el filo siempre desocultador e irónico de una mirada filosófica que nos reclamaba alejarnos de los lugares comunes y clichés de cierto logos academicista, para pensar, como nos solía decir, “contra nosotros mismos”, es decir, contra aquellas palabras, frases e ideas heredades, rápidamente naturalizadas, usadas como fáciles y tranquilizadoras etiquetas para aplicar ante cada situación compleja que nos incomoda. Para no ser hablados por un discurso que se pretende neutro y nos coloniza la mente y el corazón. Para hablar por nosotros mismos.

“… hacer filosofía aquí y ahora exige hablar en voz alta. Y si es preciso, gritar. Por eso proponemos una filosofía de la resistencia, inquisitiva, indiferente a si se hace en las aulas o en la calle, a la intemperie.

Una filosofía, en fin, sin recetas ni dietas intelectuales, construyéndose palmo a palmo, trabajosamente, sin concesiones. Filosofar así es vivir. Y vivir de esta forma es resistirse al sometimiento o a la exclusión con el mismo énfasis con que nos resistimos a la muerte”.

Eso escribe Eduardo Fracchia, mi maestro entrañable, en su estupendo ensayo “Apuntes para una Filosofía de la Resistencia”, texto escrito en pleno auge de la teoría fukuyanista del fin de la historia,  y en medio del vendaval posmoderno de la crisis de los grandes relatos. En la larga década de los ’90.

Se nos fue el 19 de junio de 1999. Cada vez que lo extraño –suele suceder con frecuencia- abro una hoja al azar de ese ensayo, o de sus textos poéticos, o ahora mismo, de sus Antipoesías y vuelvo a quedar otra vez, una vez más, luminosamente a la intemperie. Para reinventarnos, como nos pedía, como una atrevida hipótesis resistiendo obstinadamente a los buitres del conformismo y la desmemoria.

Francisco Tete Romero- Escritor, docente y editor.

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