“La alimentación como derecho, no como exclusividad”

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Muy cerca de Resistencia, apenas a poco más de 18 kilómetros, una familia intenta a diario rendirle honor a la Pachamama. Y lo logra.

En la zona rural de Puerto Tirol, a dos km del área urbana, nos adentramos en un sendero angosto de tierra comprimida y pastizales a los lados que nos lleva al encuentro de La Tierra Sin Mal.

Justo antes de ver la entrada, se vislumbran las gamas de verdes de las hortalizas y verduras que conjugan un paisaje perfecto con flores y aromáticas que las cuidan. Es que la naturaleza parece en equilibrio en ese hogar rodeado de árboles autóctonos y una gran huerta que es el sustento familiar.

Hay un alto en el camino, en realidad dos: Nohuet “el guardián de la naturaleza, del monte y de todo lo que hay dentro” y Kael  “ser especial”, de 7 y 5 años que estrenan bicicletas paseándose de vecino en vecino con total desparpajo. Preguntamos por sus padres y sin dudarlo, nos invitan a pasar, corren sus vehículos y pasamos con el nuestro.

Valeria sale a recibir a Bohemia. Nos conduce a la chacra donde está trabajando Jorge junto a un ayudante. Somos bienvenidos, el aroma fresco de la tardecita calurosa se confunde en una tibia armonía entre lo que vemos y percibimos. Es gente de puertas abiertas, como la madre tierra que nos acoge y cuida.

Hace unos 7 años, cuando esperaban al primer hijo, decidieron que sus niños crecerían con alimentos sanos y cobijados por la naturaleza. Lejos de los enlatados y la comida rápida (o apurada con hormonas y transgénicos), Puerto Tirol fue una hermosa elección. “La experiencia surge como una idea de autoconsumo, una huerta pequeña de 10 por 10. Siempre estuvimos convencidos de que la producción orgánica era lo que queríamos hacer. Hace 4 años arrancamos con la producción de la chacra, primero con una huerta de 100mt2 y después con las espalderas, en donde pusimos mate primero y después poroto, chaucha y maracuyá. Luego devinieron los cítricos. Plantamos 60 y dejamos calles para ir produciendo verduras. Ahí ya fuimos teniendo gallinas y huevos. La siembra de verduras nos permitió alimentar a las gallinas de otra forma, dándole verdeo o fabricando nosotros su alimento, con porotos y maíz”, nos adelanta Valeria, resumiendo en pocas palabras lo que comenzó como una elección de vida y se convirtió en un sustento familiar.

Y apoyando lo que su pareja adelantó, Jorge nos explica como fue el paso para la venta al público: “Empezamos a compartir el excedente de las huertas familiares con los amigos y la familia, que pretendían pagarnos, primero nos resistimos (aclara entre risas que compartimos). Comenzamos a vender junto con los productores, que en ese tiempo acompañábamos desde la Secretaría de Agricultura Familiar, donde trabajaba. Habíamos arrancado una experiencia de venta directa del productor al consumidor a través de un convenio con ATE, se llamaba Cajón Verde”, cuenta y aclara que la experiencia duró un año o año y medio y donde todavía no ofrecían elaborados ni carnes. Luego, el servicio se fue afianzando y así surge “La Tierra Sin Mal” que, además de proponer productos orgánicos, apuesta a la comodidad del cliente que recibe el pedido en su casa, con un pequeño costo de envío.

“La alimentación como derecho, no como privilegio”

Desde hace un tiempo ha comenzado a surgir un perfil de consumidores con tendencia a los orgánicos. Entonces hay un grupo de consumidores muy estables y hay otro, de consumidores esporádicos, que prueban la experiencia casi como una moda y tal vez con poca conciencia de los beneficios de los productos no contaminados. Según cuenta Valeria, tienen clientes que “incluso se enamoran de la propuesta y quieren venir a conocer la chacra. Y las puertas siempre están abiertas. Pero hay algunos que tienen una conciencia de lo que es la alimentación orgánica, que nos compran desde cajón verde, y que se mantienen en el tiempo”. Complementándose en el trabajo y en la misma filosofía de vida que comparten, Jorge agrega: “Yo creo que también las pautas de consumo responden a la situación de crisis nacional. Muchos de los que antes nos compraban hoy no lo pueden. La producción orgánica es un poco más cara, nosotros consideramos que no debiera ser así. Aspiramos a que tenga el mismo precio o que sea más barata incluso. Pretendemos llegar, no a un sector privilegiado, sino a toda la sociedad. La alimentación como derecho, no como exclusividad”.

A su vez, hay mucha desinformación sobre lo que es la producción orgánica, porque mucho de lo que se vende, se vende a través de lo visual. “En aspecto estético, es muy difícil ganarle a la producción convencional. No es lo mismo una acelga orgánica que tiene sus marquitas que una del mercado, que es más perfecta. Pero justamente esa imperfección es lo que lo hace sano”, explica Valeria y agrega “si hubiera tenido pesticidas ningún bichito hubiera dejado su marquita, porque no se hubiera acercado a la planta”.

Siempre llama la atención la desvalorización que hay sobre los frutos autóctonos, a la hora de preferirlos para el consumo. Veredas sucias de ricas moras desperdiciadas en el suelo, pomelos o mburucuyá que se desechan en los patios de las casas.  Podemos pensar que se trata de una cuestión cultural, aunque desde La Tierra Sin Mal entienden que este fenómeno “es una cuestión política que va del lado de la falta de intervención del Estado, despreocupado por la alimentación de su población”. “Tienen todo un discurso armado al momento de hablar del campesinado y del pequeño productor, pero en la práctica no les importa. El que regula el hábito alimenticio es el mercado. Hoy vas a buscar tomates a una verdulería y encontrás, con suerte, dos tipos: perita y redondo. Y existen infinidad de tomates, pero el mercado decidió que el perita y el platense, que duran más, son los que va a comer la población”.

Pero la ausencia del Estado no sólo se da en materia de consumo: “Se le abrieron las puertas al mercado de la semilla, en algún punto le hicieron perder prácticas culturales al campesinado, por ejemplo, de guardar su propia semilla. Esto derivó en la pérdida de diversidad genética”, sostiene Jorge con firmeza; a lo que Valeria agrega “y pérdida de soberanía, porque dependés de semilleras internacionales y perdés el control de tu especie y de tus variantes. Perdés la genética de las semillas autóctonas, que están adaptadas y que van evolucionando también. Al perder esa soberanía y empezaron a depender de alguien que les vende el paquete completo”.

Y aunque hoy vemos que en el noroeste del país todavía hay mucha variedad, como la papa o el maíz, no hay muchas esperanzas de que esto perdure por mucho tiempo. Recientemente se aprobó el ingreso al país de la papa transgénica, y eso – entienden- será una amenaza para la producción local, y arriesgan “me gustaría volver a hablar de esto en 10 años, porque ya sucedió con el maíz en México”. “El origen del maíz en el mundo hoy está diezmado por esas intervenciones del mercado mundial sin protección estatal”, advierten.

El pase libre a las semillas y a las especies transgénicas trajo grandes cambios en todos los sectores del campo. “En los 90 Argentina se incorpora a un modelo de producción que habilita la entrada de semilla transgénica con toda una batería de insumos y de fertilizantes. Esto deriva en una mayor necesidad de tierra para estos cultivos. Los animales se quedan sin campo y empiezan a aparecer los fit lot, que son espacios reducidos para los vacunos. A los animales les cambia la alimentación también, porque se empiezan a alimentar, por ejemplo, con soja, que no es un alimento que el animal esté preparado para comer. Entonces empiezan con problemas gástricos, y para eso se le suministran antibióticos. El hecho de estar en lugares reducidos hace que estén en contacto con su propia bosta, y comiéndola. Esto les genera también otros problemas de salud”. Esa es la carne que consumimos los argentinos hace más de 30 años.  

Jorge se muestra preocupado por la realidad que hoy le toca atravesar al campesinado:   “Nosotros somos recién llegados al campo, si nos va mal, tenemos nuestra profesión y podemos sobrevivir. Pero la mayoría del campesinado no está en esta situación. Si le va mal, no tienen otro recurso. Es ahí donde tiene que estar el Estado. Hoy no hay políticas de desarrollo, ni inversión, ni gestión para las agriculturas familiares. Por el contrario, se están vaciando los organismos nacionales. En la provincia hay un intento de movilizar algo, pero la cosa viene muy empantanada hace dos años, aunque también hace muchos años que no hay inversión”, afirma.

Recuperar el trabajo colaborativo

Los que integran La Tierra Sin Mal son dos familias con chacras lindantes más un ayudante. “Lo que hacemos es repartirnos en todos los frentes y cuando vienen pasantes aceleramos más algunas líneas de trabajo”, explican. “Estamos en un sistema de voluntariado internacional llamado WWOOF “Voluntariado en Granjas Ecológicas de Todo el Mundo”. Tenemos inscripta la granja con cinco líneas de trabajo: producción vegetal, producción animal, valor agregado, infraestructura e investigación. Los voluntarios eligen en qué línea quieren desarrollarse. Vienen por un tiempo limitado, entre dos semanas y un mes”, nos cuentan.

En la práctica, el trabajo colaborativo se da de varias maneras: “Por ejemplo, nosotros estamos sembrando caña de azúcar que nos sirve para cortina de viento para los cultivos, y cuando ya están muy altos y hay que cortar, al otro productor le sirve para alimentar a su ganado vacuno”. De eso se trata trabajar en el armado de un engranaje productivo en la zona, “pensar la agroecología como territorio y no como una sola granja”.

La Tierra sin Mal quiere expandirse y contagiar: “tratamos de convencer de que hay otra manera de producir vegetales, pero también huevos y carnes. Inclusive la siembra extensiva se puede hacer sin venenos”, dice Valeria convencida. Desde las instituciones de las que antes eran parte –Pro Huerta y Agricultura Familiar- ya promovían  esta forma de trabajo. “Consideramos la agroecología como un camino a la soberanía alimentaria. La idea no es solamente entusiasmar a los productores, sino también al sector político para que implemente políticas de desarrollo para la producción familiar. Y no solamente la producción, sino también instancias para la comercialización y la logística, que los productores del interior del Chaco puedan traer su producción acá”.

De hecho, en el interior hay muchísimos productores que mantienen prácticas que tienen que ver con la agroecología. Generación tras generación, trabajaron agroecológicamente. “La idea es poder demostrar que esta forma de producir es rentable, incluso más que la otra, requiere quizás un poco más de esfuerzo, pero trabajamos algunos valores que se fueron perdiendo, como el de la solidaridad y el cooperativismo”.

La idea es un poco ambiciosa, pero no imposible: llegar a completar la pirámide nutricional completa con productos bioecológicos. “Lo que no producimos se lo compramos a Naturaleza Viva, como nueces, harina integral, azúcar integral, mate cocido, té. Aspiramos a una canasta sana completa”, expresa la  mujer, que junto a su familia, intenta a diario rendirle honor a la Pachamama. Y lo logra.

 


Categoria: Agroecología | Tags: , , , | Comentarios: 2

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2 thoughts on ““La alimentación como derecho, no como exclusividad”

  1. Muy bueno!

  2. Muy bueno!

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