Mujeres que dan de comer. Historias de merenderos

Por el


En los testimonios de Mirta, Antonia y Claudia están las voces de miles de mujeres, cocineras comunitarias y militantes sociales que sostienen la asistencia a familias de toda la provincia y el país.

Las mujeres han ocupado mayormente, por tradición histórica y cultural, las tareas de cuidado de las infancias, adolescencias y personas adultas mayores. En los contextos de crisis, su tarea se extiende más allá, ocupando roles de asistencia crucial en los barrios populares. En 2001, 2015, en la pandemia, por citar algunas coyunturas difíciles de sortear, los merenderos y comedores populares fueron espacios esenciales para  garantizar el acceso a un plato de comida a cientos y miles de familias. 

Su concepción solidaria y de compromiso comunitario, ha llevado a que además de la alimentación, a lo largo del tiempo se generen espacios de contención y de garantía de derechos, principalmente para las infancias y adolescencias. En los barrios vulnerables la organización comunitaria salva, asiste, alimenta a quienes no tienen los recursos para llevar un plato de comida a su mesa y también les da clases de apoyo, opciones de terminalidad educativa, espacios culturales de recreación y son la puerta que tocan ante cualquier emergencia. 

Con vocación y esfuerzo desinteresado las mujeres organizadas son quienes ponen el cuerpo y su tiempo para estar donde el Estado no llega. Desde Proyecto Bohemia te invitamos a leer en los testimonios de Mirta, Antonia y Claudia las voces de miles de mujeres, cocineras comunitarias y militantes sociales que sostienen la asistencia a familias de toda la provincia y el país. Las tres coinciden en el compromiso, el desgaste, pero también  la satisfacción de ayudar a quienes más lo necesitan. 

En sus historias se refleja además, lo inconmensurable de su tarea y la necesidad de reconocimiento, con herramientas como una Ley de cocineras comunitarias. 

Asociación Civil Formar 

Mirta Moreira, creó hace 24 años un espacio comunitario, en el barrio Villa Barberán de Resistencia, para ayudar a sus vecinos y vecinas. Comenzó con un costurero donde reciclaban ropas, luego, vendían bolsones de verduras, pan casero, empanadas y otras comidas de elaboración propia para costear el almuerzo que daban tres veces por semana. “Teníamos todas las necesidades habidas y por haber: no teníamos luz, no teníamos agua, había muchas personas enfermas. Entonces les dije: “qué le parece si nos juntamos y organizamos algo para vivir mejor entre todos” y bueno hicimos un lindo grupo de mujeres,  éramos más o menos 40. Así empezamos a trabajar”, señaló Mirta. 

Durante los primeros años el espacio se mantuvo sólo con lo que obtenían de las ventas. “Desde que empezamos nunca cerramos por falta de insumos, no le dábamos la gran comida pero si tratábamos de cocinar bien”, cuenta Mirta. 

En su relato hablo de la falta de ayuda del Estado, en los primeros años.: “Pedimos durante mucho tiempo en distintos lugares, hacíamos notas, gastabamos la poca moneda que teníamos en colectivos para que después nos digan que no tenían nada o nos den una bolsa de harina que no nos alcanzaba para mucho. Entonces optamos por empezar a vender cosas, salíamos las mujeres con nuestras  bicicletas a vender por todos lados, pollos, pan casero y así”. 

En 2001 pudieron tramitar un subsidio e ingresar al Plan Alimentar gestionado desde el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, beneficio que mantienen hasta el día de hoy. “Cuando logramos eso empezamos a dar de comer todos los días, mejoró la calidad de vida de todos porque ya empezamos a tener techo, teníamos pan y leche de forma diaria”. De igual manera, aún hoy, continúan con las ventas para tener un fondo común con el que compran regalos del día de la madre, día del niño e incluso asisten a alguna persona si se enferma o tiene una emergencia.

El comedor de Mirta prepara 600 raciones por día, que la gente, busca y lleva a sus hogares no solo en Villa Barberán sino también en barrios aledaños como Carpincho Macho, 29 de agosto, 10 de mayo, Los Pinos, Raota, Italia e incluso algunos de Fontana. En los últimos tiempos y principalmente tras la pandemia, la demanda creció. 

«Si no estamos nosotros no tienen como hacerse de una comida. Por ahí queremos tomarnos unos días, cerrar una semana, un sábado o un domingo pero igual vienen a buscarla,  los chicos sobretodo. Así es que estamos todos los días, no hay feriados o vacaciones. Nos vamos turnando, pero siempre estamos», graficó. 

Son varias las actividades que fueron sumando: «Tenemos apoyo escolar, fútbol y la escuela para adultos, en un momento inclusive, tuvimos clases de folclore. Siempre apuntamos a sacar a los chicos de la calle porque en el barrio hay de todo. Hace falta mucha contención y a muchos papás que son jóvenes también. Tratamos en lo posible de hacer algo dentro de lo que podemos pero no tenemos muchos recursos». 

Mirta es empleada municipal, pero dedica la mayor parte de su día a atender las actividades de la Asociación. Además de mantener el comedor, siempre buscan realizar un mejoramiento en el barrio, ya sea arreglo de calles, pedidos de iluminación, reclamos por el servicio de recolección de residuos, entre otros. 

«Quiero que mis hijos y los hijos de los demás también tengan la posibilidad de vivir bien como tienen los que viven más hacia el centro», responde ante la pregunta de que la motiva a encargarse de esta tarea, que además durante todos estos años le ha incluso restado tiempo para estar con su familia. “Es cansador y cada día te demanda un poco más, porque tengo problemas de salud entonces me duele todo. Pero bien, después vemos que los chicos están contentos con lo que vos le das y ahí se te fortalece todo”, expresó. 

Milagritos de amor

“Empezamos en un galpón de chapa de cartón y palmas. Éramos un grupo de 8 mujeres trabajando” cuenta Antonia Aguirre sobre los inicios del comedor que lleva adelante hace más de 20 años en el barrio Los Milagros en Barranqueras. 

Actualmente este espacio brinda desayuno y almuerzo, elaboran más de 400 viandas para 187 familias del barrio y asentamientos de la zona. “En la época de la pandemia se sumaron más y ahora surgió de vuelta por la inflación, volvimos a aumentar las raciones. Se nos va sumando gente, pero a veces no damos a basto. Procuramos cumplir, casi nunca mandamos a alguien sin un plato de comida”, expresa sobre las dificultades para sostener la asistencia en los últimos años. 

También llevan adelante actividades del programa nacional “Primeros años», clases de apoyo y una escuela para adultos en dos turnos. “Siempre nos dicen que esta es como una segunda casa, cualquier problema que tienen acuden acá. El comedor es un referente del barrio, está las 24 horas abierto. Estamos siempre para ayudar en lo que necesiten. En medio de tanta mala noticia, desde acá dentro tratamos de sembrar otra cosa para poder salir adelante”, sostiene. 

El comedor recibe también aportes del Plan Alimentar del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, a lo que se suman donaciones eventuales del municipio y familias solidarias. Las trabajadoras del lugar fueron la mayor parte del tiempo voluntarias, hasta que recientemente pudieron ingresar como beneficiarias de Potenciar Trabajo.

“Sufrí mucho cuando era chica y un día sufrí hambre, ahí dije que si Dios me daba la posibilidad de ayudar a la gente que necesita iba a abrir las puertas de mi casa y eso es lo que hoy en día hacemos”, señala Mirta quien trabaja junto a sus dos hijas y otras cuatro mujeres en el comedor. “Mi vida es ayudar, yo no me siento tranquila al comer un plato de comida si sé que vino una persona y me dijo que no tiene para comer, algo tengo que hacer”, concluye.  

Por los peques

Mujeres del barrio Familias Unidas de Resistencia se juntaron hace cinco años aproximadamente para alcanzar un plato de comida a vecinos y vecinas de la zona. Comenzaron con recursos propios, poniendo cada una de su bolsillo y luego con donaciones. Hoy el Movimiento Evita les da mercaderías y una murga de Almagro costea el valor de las garrafas de gas, entre otros aportes solidarios. Actualmente responden a la demanda de 60 familias del barrio y zonas aledañas. “En la pandemia tuvimos muchísimos más,  mucha gente quedó sin trabajo”, detalla Claudia Pintos, coordinadora del lugar. 

Aún con ayuda, la coyuntura económica acrecienta las dificultades para sostener sus actividades: “Este año cuesta más, para el almuerzo seguimos aportando desde nuestros bolsillos. Las chicas hacen beneficios, venden pastelitos, tortas fritas para recaudar fondos. La carne por ejemplo no nos abastece nadie, solamente una carnicería nos dona 10 kilos de carne que alcanza para una comida en la semana y los otros dos días nos organizamos para poder solventar los gastos”. 

Los lunes, miércoles y viernes se prepara la merienda y los martes, jueves y sábado el almuerzo. El espacio funciona en el centro comunitario del barrio, donde también desarrolla sus actividades una iglesia. “Los días que nosotros no estamos ellos hacen la merienda y almuerzo, entonces queda completa la semana de almuerzo y de merienda”, remarca. 

Allí además crearon un Rincón de la Lectura para las y los más pequeños. “La intención es que no sólo sea la merienda y el almuerzo porque los chicos vienen, comen y vuelven a la casa sin nada cultural, educativo o deportivo. Por eso hoy hablamos de espacios de cuidado”, menciona Claudia. 

Dentro del lugar también nació la murga “Los Nativos” que ensaya  lunes, miércoles y viernes. Está integrada por niñas, niños y adolescentes de entre 5 y 20 años que participan bailando o tocando algún instrumento. También funciona un taller de bordado una vez por semana para que puedan confeccionar sus trajes. 

“Los chicos van con otras ganas al lugar, van buscando contención y afecto. Lo que queremos lograr es que tengan valores y modos de convivencia, promover el respeto. Se trabaja desde ese lado, que se recuperen los valores para nosotros es muy importante hoy”, detalla Claudia sobre estos nuevos espacios de cuidado que además han ayudado a replicar en otros puntos de la ciudad, como Villa Luzuriaga, barrio Bettina Vazquez, en el barrio  Zampa y La Rubita 

“Es un trabajo muy cansador pero a la vez me llena de orgullo. No digo que resuelve el problema de nadie, nosotros queremos que algún día se terminen los comedores y merenderos porque creemos que los chicos tienen que estar en sus casas con su familia comiendo pero poder ayudar a los vecinos a que tengan su platito de comida es un granito de arena que por ahí nosotros podemos resolver”, manifestó sobre los motivos que la movilizan a estar en ese lugar. 

Por una ley de cocineras comunitarias 

Es innegable que los comedores y merenderos son un sostén esencial en muchos barrios y allí como Mirta, Antonia y Claudia son miles las mujeres que sostienen estos espacios comunitarios respondiendo a las demandas de las poblaciones más vulnerables dedicando tiempo, esfuerzo y muchas veces sin recibir ninguna retribución económica por ello. En la mayoría de los casos se puede hablar de una tercera jornada de trabajo, ya que cumplen una primera en su lugar de trabajo formal o informal, una segunda en sus hogares y una tercera en sus barrios.  

La Poderosa, organización con 20 años de trayectoria en espacios barriales y comunitarios en Latinoamérica, busca valorizar está tarea y ha presentado un proyecto de ley de reconocimiento salarial a las cocineras comunitarias. La misma propone un pago básico de al menos un Salario Mínimo, Vital y Móvil y el reconocimiento de derechos laborales como vacaciones, jubilación y seguridad social. Estiman que  la implementación de la propuesta alcanzaría a unas 70.000 personas en el país. 

Según el Registro Nacional de Comedores, existen 34.782 comedores y merenderos y más de 134 mil personas que trabajan cocinando allí entre 8 y 10 horas diarias sin salarios ni derechos laborales. El objetivo de la ley es generar un piso de derechos mínimos para las trabajadoras y trabajadores de los comedores y merenderos comunitarios. 

”Yo tengo la suerte de contar con un trabajo y mi esposo también, pero hay gente que hoy está acá que no. Siempre hemos apuntado a que puedan tener una beca o algo, sabemos que esto es voluntario pero también de su necesidad va más allá del plato de comida que le podemos brindar” expresó Mirta, sumándose al pedido de reconocimiento de esta labor. 

Por su parte, Claudia agregó “Es una carga horaria importante de horas porque te demanda mucho más de lo que están hoy en el comedor, si nos falta algo hay que armar alguna rifa, pastelitos, algún beneficio para juntar fondos y poder seguir con ese trabajo. Ojalá que esa  ley pueda llegar a todas las cocineras y todas las personas que están a cargo de los espacios de cuidado”. 

Por todo lo expuesto, resulta esencial poder avanzar en este camino. La Poderosa mantiene abierta una petición para impulsar el tratamiento de esta ley, podes sumar tu firma en el siguiente enlace: https://www.change.org/p/salario-para-las-cocineras-de-los-comedores-comunitarios-7ff30404-c7c2-4fde-ad4a-c9a7d8b9ca07?source_location=search

Categoria: Compromiso social | Comentarios: 0

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