Canales, pistas y andariveles. Bonus track: las paralelas.

Por el


Por Marcelo Tissembaum            

Nunca pude saber si era cierto, pero de niño escuchaba a mi padre ponderar la superioridad sonora del Magazine por encima del cassette. No recuerdo si el vinilo entraba en esa competencia; seguramente los redondos serían indiscutiblemente superiores, y lo que presenciaba era un partido por el segundo lugar.

              El fundamento era que el magazine se grababa en 8 canales.

              Las cintas eran grandes, y los aparatos reproductores eran eso: aparatos. Cuadrados, toscos, ásperos para la vista. Perdían lejos con el pasacassette, que tenía formas más estilizadas, y con el vinilo ni largaban.

              Pero era 8 canales.

              Es curioso cómo la memoria nos significa. Lo que recordamos es lo que somos, aunque podamos llegar a demorar décadas en entender por qué recordamos en autorreverse lo que sólo entendemos como intrascendencias.

              He llegado a la conclusión de que podemos llegar a pasar toda una vida acumulando recuerdos, en la idea de que esas postales siempre son mensajes directos, carentes de cualquier tipo de significación.

              Hay especies humanas, incluso, que pueden llegar a vivir muchos años sin haber jamás interpretado las metáforas del recuerdo.

              Mi infancia fue rara. Dentro de una nube de violencias, convivían fantasías, botas, golosinas, gritos, helados, bombas, dibujos, fusilamientos en la calle de andar en bici, ahí, al lado de la vereda de tierra con el hoyito bien cavado, que chupaba las bolitas como ayudándonos a naturalizar una realidad salvaje que ni siquiera veíamos en la tele, porque eran películas prohibidas.

              Nosotros éramos de CUNE, era como nuestra segunda casa. Recuerdo esas tardecitas en que caía el sol, mis amigos volvían a sus casas, y nosotros quedábamos prácticamente solos, a cenar los sándwiches que preparaba mamá, a veces  incluso dentro de la pile, sintiendo el vértigo de quien comete un delito grave.

              Natación tenía distintos horarios. El último turno terminaba a las 8 y media, y ahí sí que no quedaba nadie. Recién al día siguiente sacaban los andariveles, así que con mis hermanos nos parábamos encima, para estribar y saltar, corte delfines.

              Pasé casi toda mi vida convencido de que el andarivel era esa soga con boyas que se ataba de ambas cabeceras de la piscina. Nunca imaginé que se trataba de algo intangible, figurado, para marcar la dirección obligatoria y, además, evitar que el adversario se infiltre en tu espacio.

              A mi no se me daba bien eso de los espacios. A menudo me tiraba una diagonal y era descalificado; la verdad es que siempre fui muy disperso, y supongo que esa cosa de andariveles, pistas y canales me resultaba muy rara.

              Pero el mensaje era clarísimo, hasta yo lo asimilaba: Los televisores tienen canales, los magazines pistas y la pileta andariveles.

              Hasta ahí la cosa no ofrecía mayores complicaciones, todo parecía formar parte de un mundo adulto que no me interesaba, así que vivía cómodo.

              Pero esa mañana de miércoles, tan común como todas las otras, la maestra nos habló de las paralelas. Nos contó que son dos rayas que van en el mismo sentido y que no tienen fin.

              Yo escribía lo que podía, o lo que mi pereza me permitía. Siempre con sueño, los ojos entrecerrados, encorvado, flaco, miseria espantosa y fatiga. Iba por “…dos rayas…”, cuando vi que esa vieja, que nos pegaba si no copiábamos lo del pizarrón, entra como en una especie de nirvana, con un goce que en ese momento no entendía, y nos dice casi a los gritos “Lo más importante que tienen que saber es que las paralelas…NO SE TOCAN!!!»

              En ese momento no lo sabía, pero «la Cabrera» era nazi post hitleriana, católica, moralista, obsesionada con los tocamientos inverecundos. Sublimaba su libido con los borrachitos que íbamos a comprarle a la Panadería “La Mundial”, cada vez que nos hacía escapar de la escuela, con la promesa de que no nos iban a sancionar, y la también promesa de que, de rehusarnos, íbamos a ligar feo. “No se tocan, las paralelas no se tocan” repetía yo en el recreo, como un mantra, mientras miraba hacia el suelo, a ver si encontraba alguna moneda o billete Ley 18.188, lo que sabía que no iba a ocurrir, pero me distraía del miedo que me daban los de séptimo grado.

              En eso estaba, cuando siento ese inconfundible olor a almizcle y cigarro de campo. Se me heló la sangre. Primero reconocí los zapatos, fui subiendo la mirada lentamente, hasta que esos dientes manchados con labial me quitaron la última esperanza. Cielos, «la Cabrera», me dije, mientras cerraba los ojos y apretaba los dientes, para que el viandazo doliera menos.

              “Pero mirá que sos opa vos!! Los zapatos desatados tenés!! Nunca vas a entender que esto es una escuela??? El sagrado recinto que nos legó Sarmiento inmorrrtalll!!!”

             «La Cabrera» era Sarmientista talibana. Mitre, Rivadavia y Roca eran sus prohombres, pero Sarmiento era su pasión.

              “Esta vez te salvaste de la corrección…” («La Cabrera» llamaba corrección a los golpes que nos daba, a veces a mano abierta en la cabeza, otras en la mano, con la escuadra del pizarrón. Como sabía quién era diestro y quien zurdo, elegía la mano inhábil, para no darnos excusa para no escribir). ”…pero algún castigo te tengo que dar. Vas a ir a comprarme los borrachitos. Atate esos zapatos de mierda, que cuando termina el recreo yo distraigo a Ulises y te rajás». Ulises era el portero, que controlaba a la entrada nuestra pulcritud, para dejarnos pasar. El pelo no debía tocar el cuello de la camisa.

              Ni siquiera tenía claro el motivo de la sanción, pero generalmente eso no me daba ninguna  curiosidad. Ya lo había hecho muchas veces antes… ¿qué podía pasar? Salgo de encubierto, con la protección de esa especie de Eva Braun, miro hacia los dos sentidos de la calle, y la cruzo. Ya estaba la mitad del plan ejecutado exitosamente; la panadería estaba en la manzana que acababa de invadir, era sólo caminar por la vereda y rogar que haya un par de clientes antes, para recobrar la respiración y bajar las pulsaciones disparadas por la adrenalina de esa aventura. Ya había pasado la vereda de Casa Raulito, el negocio que vendía radios, teles y tocadiscos, cuando escucho unos ruidos secos, parecidos a los de los rompeportones o a eso que hacíamos vaciando la polvora de los cohetes, y pisando la baldosa que poníamos encima, para producir una explosión.

              Mmmhhh, no, ese ruido no era parecido. Como sea, algo me hizo pensar en los cohetes de navidad…tal vez fuera el olor, no sé. De cualquier manera, yo no hacía contacto visual con nadie. En verdad creo que lo de buscar la moneda en el piso era la justificación de un terror que me humillaba, pero que no podía domesticar.

              Segundos pasaron hasta que me di cuenta de que sí, era ese aroma delicioso de la pólvora lo que estaba sintiendo. ¿Será que falta poco para Navidad? En ese tiempo yo no prestaba mucha atención al almanaque.

              En eso pensaba cuando me impuse, ese día, abandonar mis temores y caminar con la frente alta, como Roly, que actuaba como si el mundo fuera de él.

              La Cabrera nos sacaba el delantal cuando nos mandaba de expedición, y yo ya llevaba 3 meses usando pantalón largo. Heredaba los de mi hermano, que siempre me quedaban grandes, pero eran pantalón vaquero, y eso era jugar en otra categoría.

              Ya había dejado de ver la vidriera de Raulito, que tenía en exposición el modelo más reciente del Winco con la tapa de “Rubber Soul” de fondo, cuando me detengo para alzarme el pantalón, que no tenía cinto, y veo a un hombre corriendo en zig zag. Fueron segundos…o metros, no sé… lo recuerdo como una escena de “El dólar marcado”, pero en cámara lenta. Ese ruido, no lo identificaba, no era el que hacen los rompeportones.  Entonces veo a ese hombre y, sigue en cámara lenta, tres hombres corriendo detrás, disparando con pistolas de verdad.

              El primer hombre corría en zigzag. Sabía lo que significaba zigzag, porque nos habían enseñado en educación física.

              “Igual que yo en natación” fue lo primero que pensé, cuando veía que iba de un costado al otro. “Así que él también tiene problemas con el andarivel”, pensé, para sentirme menos solo aunque sea por un ratito. “Va ganando el de adelante”, me dije (las obviedades siempre fueron mi especialidad), y me paré a ver cómo terminaba. El de adelante alcanzó a dar dos diagonales más, y cayó de rodillas, hasta completar el derrumbe de bruces.

              “Terminó la carrera antes de la esquina, se ve que a él también lo desclasificaron por hacer zigzag, igual que a mi”. Me acerqué, para ofrecerle el mismo consuelo que mi mamá me brindaba cada vez que yo competía, pero estaba como dormido. De la espalda le brotaba un líquido bastante raro, medio rojo, un rojo medio oscuro. Pensé que podía ser sangre, como la que sale de los indios en las películas de coboy, pero no podía saberlo, porque en esa época la tele era blanco y negro.

              Debe haber sido la cámara lenta más lenta que haya imaginado, porque pude ver todo.

              Durante toda mi niñez me sentí invisible, por eso no me asusté cuando uno de los señores de la carrera me puso la pistola en la cabeza y me dijo que me fuera de ahí. Yo le dije “si, ya me voy” y me quedé, total nunca nadie me veía. Ahí veo que un Torino estaciona, de donde baja el tío Titi, que era doctor. En esa época le decíamos tío al papá de nuestros amigos, y yo era amigo de las hijas del tío Titi, que vivía enfrente de mi casa.

              El señor descalificado seguía como dormido. “…seguro tiene gripe o angina, como yo cada vez que viene don Sosa a casa, con esa cajita de metal y su jeringa”. Pero el tío Titi no le midió la fiebre, solamente dijo “Tranquilos muchachos, esto fue un accidente de tránsito”.

              Esa fue la ultima escena lenta, hasta que siento el tongo de la Cabrera, que me comenzó a pegar porque no había comprado los borrachitos.

              Ya estaban en matemáticas cuando regresé, y el tema seguía siendo las paralelas.

              “Las paralelas y los andariveles” pensé.

              Ese andarivel invisible había atrapado a ese señor, que muchos años después me enteré que se llamaba de apellido Martinelli, estudiante universitario de Paso de los Libres.

              Lo supe cuando hace algunos años, mientras hacía mi programa de Radio, leí el título de la noticia que hablaba de su exhumación, por tratarse de un crimen de lesa humanidad que estaba siendo investigado en la justicia federal. No necesité seguir leyendo, era esa carrera, en la que el que iba ganando, perdió, y todos los demás ganaron premio.

              Cerré los ojos, de nuevo la cámara lenta, pero esta vez lo pude ver con todos los colores y perfumes. Las uñas negras del que ganó la carrera por la descalificación del otro, el olor a vino del tío Titi, la voz ronca del otro personaje, un chiste de judíos irreproducible, y el ruido metálico del arma que apoyó ese señor de bigote sobre mi cabeza.

              Entonces entendí todo. Las paralelas no se tocan, porque tienen que jugar de andariveles. Porque si se tocan, lo que está dentro se escapa. Esos átomos que no pueden perforar las paralelas, que pueden nadar como yo, sin control de tracción, tienen una dirección obligatoria. Hacia adelante, sí, pero si tiran alguna diagonal, sólo logran rebotar y volver al medio.

              Ahí entendí la excitación de la Cabrera cuando nos decía que las paralelas no se tocan. Ella sabía que su jubilación era inminente, y su suplente era muy blandita, como si pensara feo, y las paralelas prometían nunca tocarse, solo adelante, siempre hacia adelante.

              Entendí la metáfora cuando pensaba en esa gente que anda por andariveles en la misma pileta que yo, a quienes nunca voy a llegar a conocer realmente, porque apenas, y no siempre, mi mano golpea la cara de un desconocido vecino acuático.

              Para mí que, en realidad, la Cabrera estaba equivocada, porque esos andariveles están infestados de otra gente, gente que no piensa feo. Ni lindo. Se trata de  gente que no piensa. Son gente misteriosa. Cuando adolescentes, practican deporte, luego van a la facultad, se casan, trabajan a la mañana y a la tarde, juntan plata que nunca gastan en golosinas, porque guardan para cambiar el auto cada tanto, calzan zapatos bonitos pero incómodos, se recortan la barba, lavan el auto los sábados y usan termo Stanley.

              No sé bien si esas personas son los coboys  o los pieles rojas, porque había sido que los indios no eran tan salvajes.

              Entendí la metáfora, y ahora ya no miro al piso pretendiendo buscar la moneda Ley.

              Los miro desde arriba, porque no estoy en ninguno de esos andariveles. No compito.      

              Pienso en todo esto, mientras leo la sentencia del necesario juicio por la verdad, sin poder evitar que una lánguida melodía de “Cuarteto de Nos” se cuele en mi recuerdo, poniendo mágicamente todo en su lugar.

NDR: Algunas situaciones descriptas en este relato son ficción, han sido cambiadas o incorporadas a fines meramente dramáticos. Por ejemplo, no es seguro que el auto del «tío Titi», fuera un torino.

Video oficial «Cuando sea grande» Cuarteto de Nos.

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