El año de la distopía

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Por Alfredo Germignani

Sin duda este 2020 será el año más distópico que se recuerde en el futuro pasado próximo. Pablo Cappana dice en su clásico Ciencia ficción: utopía y mercado que la distopía es una sociedad alternativa que niega algún valor muy importante para el autor o la autora y es presentada como “decididamente indeseada”.

Así, para Jack London el capitalismo es una distopía en El talón de hierro de 1907. En las antípodas, Ayn Rand considera que una eutopía —es decir, una sociedad en busca de su perfección— procede como en La rebelión de Atlas de 1957. En la primera, London describe cómo las grandes burguesías utilizan a la clase media para aplastar a los más vulnerables para después aplastar a la clase media. En la segunda, Rand describe un Estados Unidos en decadencia debido a la excesiva presencia intervencionista del Estado, lo cual desata un lockout del empresariado contra el gobierno y los políticos y así paralizan el país.

Donde unos ven una distopía otros ven una sociedad perfecta; y si no las ven, las desean o las imaginan. Los ejemplos y las experiencias históricas laten en demasía. Mientras, la literatura hace su trabajo silencioso. El recto del futuro próximo se llena de preguntas. La pandemia dejó al descubierto la mierda que la eutopía mediática del neoliberalismo expulsa para alimentarse de sí misma. El hedor de la desgracia como una lógica de consumo, los algoritmos de las redes sociales colonizando el tiempo. Ahora el espectáculo puede ser cualquiera.

La imaginación de Philip K. Dick es sobrenatural y premonitoria, en ese sentido. De hecho toda su ficción es un súper fenómeno polstergeist de un universo alterno. La penúltima verdad de 1964 es especialmente desquiciante. Una sociedad futura cree que la tercera guerra mundial acabó con el mundo y la tierra es inhabitable porque está plagada de virus letales y radioactividad. Sin embargo todo es una farsa, las mayorías populares viven en factorías subterráneas y sólo conocen lo que pasa en el exterior a partir de informes televisivos falsos: “A sus pies se extendían las instalaciones, tan gigantescas como aparentemente caóticas, que albergaban los estudios cinematográficos… Con el interés que siempre le había inspirado esa fábrica de falsificaciones”.

Una presencia omnisciente produce maquinarias para producir distopías como si fueran celulares y tabletas, para engañar y distraer y controlar y apoderarse así de recursos esenciales para la supervivencia y la acumulación perpetua de tierras y riquezas de una élite gobernante corporativo e invisible.

La pandemia Covid-19 no es ninguna fantasía, claro está. Ni las ficciones futuras que vendrán, tampoco. Porque decididamente esta distopía pandémica evisceró los sistemas económicos, sociales y culturales de un mundo supuestamente libre, y desarraigó la “normalidad” aparente y programada vaya uno a saber por qué Matrix del año 2375, en cuya realidad real verdadera y en cuya realidad real verdadera alterna gobierna una misma plutocracia castrense de titanes corporativos que diseñan los destinos del planeta creyéndose inmortales, como los skeksis de El cristal encantado de 1982, malvados y horrendos pajarracos que gobernaban en un castillo del cristal y extraían la esencia vital de unos bichitos que esclavizaban.

En El nombre y la cosa, José Saramago vuelve a Aristóteles y extrae dos citas de Política. “La primera cita nos dice que en democracia los pobres son los soberanos, porque son el mayor número y porque la voluntad de la mayoría es ley”. Transparente, nada más claro: en democracia, los pobres son los soberanos porque son más y porque la voluntad de la mayoría es ley. La segunda cita sin embargo comienza anunciando una restricción al alcance de la primera, y al final resulta esclarecedora y completa, de tal forma que ella misma se eleva hasta la altura de un axioma: “La igualdad pide que los pobres no tengan más poder que los ricos, que no sean ellos los únicos soberanos, sino que lo sean todos en la proporción misma de su número, no encontrándose —dice Aristóteles—, otro medio eficaz de garantizar al Estado la igualdad y la libertad”.

Lo que Aristóteles está diciendo es que los ricos, aunque participen en toda la legitimidad democrática en el gobierno de la polis, siempre estarían en minoría por la fuerza de una imperativa e incontestable proporcionalidad. “A lo largo de toda la historia, jamás los ricos han sido más que pobres. Sin embargo, los ricos siempre han sido quienes han gobernado el mundo o siempre han tenido quienes por ellos gobiernen”. El resto se cuenta solo.

Por lo general, las historias distópicas (o anti-utópicas) poseen estados naturales reales y ficticios. Reales porque hay fundamento real expresado en su trama. Ficticio porque describe estados políticos y morales imaginados e indeseables. El término distopía (mal-lugar) es antónimo de utopía (no-lugar), concepto éste último acuñado por Tomás Moro.

Uno de los temas preferidos de la ficción distópica son los Estados policíacos. En Dredd encuentra una de sus confabulaciones más (in)deseada, al convertir al agente policial en juez y verdugo, disolviendo así el paradigma de Estado de Derecho y con él el derecho a un juicio justo, sea cual fuere el crimen cometido. En el universo Dredd, los jueces son policías y los policías son jueces, pueden sentenciar a muerte a discreción. Naturalmente, en la distopía opera la construcción del sentido común al conglomerar un contexto social y político caótico y anárquico, donde reina sobre todo la violencia, el salvajismo y la pobreza extrema. El uso letal de la fuerza es la única salida redentora.

Esta clase de pensamiento opera de manera extraordinaria en el sentido común de las personas y de las sociedades con grandes injusticias sociales e historias tan trágicas como terroríficas, que consideran a la violencia y el barbarismo como método capital para impartir orden o reestablecerlo —ad captandum vulgus.     

En su ensayo El acto político no-ideológico (Literatura Tropical, 2020), el escritor y licenciado en Filosofía Ariel Sobko reflexiona sobre su pasado durante la última dictadura cívico-militar: “La madrugada del 24 de marzo de 1976, en su alcoba matrimonial, mis padres oían acostados el comunicado general de la Junta Militar por la radio. Mi padre se largó a llorar, a lo cual mi madre reaccionó gritándole: «¡Dejate de joder! ¡Por fin volvieron los milicos!». Esa declamación de mi madre «¡Por fin volvieron los milicos!», sin lugar a dudas debió replicarse en millones de hogares de nuestro país, y es la misma que oportunamente se escucha en alguien cuando dice «Que vuelvan los milicos».

”El fascismo produce, indudablemente, una fascinación en la gente, provoca una súbita identificación con cierto orden platónico y religioso, característico de todo poder totalitario. Al contrario de lo que ocurre con la revolución, por la que todo el mundo guarda una suerte de rechazo innominable, el fascismo seduce y conquista a la gente. Todos quieren participar de su goce oscuro, todos, en definitiva, quisieran decir «¡Hace falta una buena limpieza en este país!, ¡Hay que matar a todos los chorros!, ¡Negros de mierda!», etcétera, y decirlo con la mayor exposición posible de sus dichos. En la panadería, en la carnicería, en el supermercado, en la oficina o en la confitería se escucha al ciudadano común, que vive su destino pobre, expresarse como alguna vez lo hubiesen hecho los jefes de altos rangos nazis.

”El problema es que el que así se expresa, como dice el dicho, más papista que el papa, es decir, más fascista que Macri, ignora el hecho de que la situación cambia y el Estado es conducido por otro gobierno y no se obtiene nada a cambio de un micro-fascismo. Esto fue, de hecho, lo que le pasó a mi madre, quién ignoraba en el momento de sus dichos que, en efecto, al poco tiempo, en su propia casa los milicos apresarían a mi padre y lo encerrarían por seis años y desaparecerían al hermano de mi padre junto a su esposa, lo cual representó, desde luego, un verdadero infierno para toda la familia”.

En la sociedad futurista distópica la política fracasó. No hay trabajo, hay hambre, ya no hay siquiera un no-lugar al que aspirar sino un mal-lugar donde morir. Ya no sabemos quién o qué nos gobierna, si es que alguien o algo lo hacen. Si no lo hacen las corporaciones, lo hacen los totalitarismos. La única salida redentora es el uso de la fuerza capital que reestablece el orden y/o mantiene a raya el caos y la anarquía, asociada por lo general al pobre y al oprimido. En este punto, no hay distinción entre los “crímenes cometidos” y ls “criminales”: son juzgados y ejecutados por “transgredir la ley”. No hay diferencia, el vagabundo, el desocupado y el narco sanguinario, son iguales no ya ante la Justicia sino ante el poder irreversible punitivo, administrado por un grupo selecto y vengativo de la sociedad, por lo general una cofradía inmensamente rica, de la ya caída democracia.           

En Cronópolis de J.G. Ballard, la historia comienza con un tipo preso, Newman, que queda fascinado por el concepto del tiempo en un mundo donde los relojes están prohibidos y regulados por una Policía del Tiempo.: “En la vida de las sociedades industriales no pasa más de un siglo sin que estalle una revolución y esas sucesivas revoluciones reciben el impulso de niveles de sociedades cada vez más altos. En el siglo dieciocho fue el proletariado urbano, en el diecinueve las clases artesanas, en esta rebelión última el oficinista de cuello blanco, que vivía en el diminuto y así llamado departamento moderno, sosteniendo mediante pirámides de créditos de un sistema económico que le negaba toda libertad de decisión o de personalidad, que lo encadenaba a un millar de relojes”.

La distopía es percibida por una necesidad casi natural de desconfianza del presente, sobreentendiéndose que el presente es el no-lugar. Y la Covid-19 y sus mutaciones el peor de esos no-lugares. Hay una mirada en cierto modo futura, que por su naturaleza imaginaria destruye el no-lugar. No es lo que soñamos, sino a lo que más tememos. Todas las realidades serán tanto más terribles cuanto más se parezca a la literatura distópica en las que están representadas. Como en El triunfo de la muerte de Bruegel el Viejo, capaz.

Publicado en Literatura Tropical


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