Urbanizar los ríos: la mercantilización del bien colectivo

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Por Paulino Moreno*

Hay una tensión entre los bienes comunes y la especulación rentista en el río Negro. Hay que saber que el humedal sobre el que se asienta el valle de inundación del sistema fluvio-lacustre del río Negro, es un bien común de la sociedad. Los bienes comunes tienen el sentido contrario a mercancía, por la cual podríamos traducir el viejo vocablo de recursos naturales. Cuando aludimos a un recurso, aludimos a una mercancía (en este caso natural) que está a disposición del hombre para usarla a discreción.

Al contraponer la idea de bien común con el de recurso natural entendemos que no todo es mercantilizable, no todo se puede ocupar o transformar, y que depende de la sociedad su protección y preservación en función del interés colectivo.

Existe una tensión entre los bienes comunes y derechos de propiedad en relación a estos territorios. Podemos entender que perder los bienes y servicios eco-sistémicos que ellos prestan a los “comunes”, no afecta al propietario del suelo que realiza una quema del pastizal, que rectifican los cursos de agua y levanta terraplenes; ni tampoco a los desarrolladores inmobiliarios que van a rellenar para poder construir urbanizaciones sobre estos humedales. ¡Afecta a la sociedad en su conjunto! Cuando un humedal se pierde, afecta a la sociedad que lo posee. No lo pierde el propietario del predio que hizo esa intervención en particular, lo perdemos los “comunes”.

Entonces es posible pensar al humedal como un bien común de la sociedad que lo posee, que va más allá de los derechos de propiedad que se pudieran arrogar los particulares poseedores del suelo que van a transformar. La cuestión es que el interés colectivo, debe primar sobre el interés particular.
Existe un urbanismo inmobiliario de tipo especulativo rentista que busca la aproximación a los espejos de agua, intentando no solo la producción de un paisaje manufacturado, sino la obtención de un diferencial de renta muy por encima del promedio del ofrecido por otras alternativas inmobiliarias. Esto explica el proceso de segregación espacial, en la periferia urbana de áreas residenciales, “colonizada” por ocupantes de mayor nivel socioeconómico en busca de paisajes diferentes, y formas de sociabilidad distinta a las que ofrecen el centro de las urbes.

Necesariamente esta especulación rentista deviene en procesos destructivos para la modificación del humedal, de estos bienes comunes. En la lógica rentista estos bienes pasan a ser una “commodity” más, que puede ser explotada por las empresas desarrolladoras inmobiliarias como “recursos naturales y su cadena de valor”.

A esta lógica pertenece el extractivismo urbano. Los productos inmobiliarios generados se banalizan, ya que son todos muy parecidos entre sí, la misma imagen para el delta del Paraná, en Sudáfrica ó La Florida. Esto supondrá la negación del ecosistema acuático del humedal que cumple una serie de funciones reguladoras desde el punto de vista ambiental y ecológico muy importante, pero que puesto al servicio del desarrollo inmobiliario se transforma en un ecosistema terrestre, por lo tanto una negación de la condición natural del paisaje que los oferentes de suelo generan.

A todo esto se suma una negación: que el valor del suelo con que la inmobiliaria adquirió este territorio (en algún momento inundable), hoy tiene un riesgo. Existe un riesgo de desastre latente producido por la mano del hombre en función de la aplicación de la técnica, urbanizando un recinto, sobre un río al que se denomina “regulado”. Denominación que se le da al Negro, a partir de construirse el Dique de Laguna Blanca (que deriva las aguas que pudieran impactar en el Gran Resistencia hacia la zona rural) y del nuevo Dique Regulador que impide que cuando el Paraná está alto, ingrese por el Negro como solía hacerlo. La vulnerabilidad hídrica aumenta construyendo barrios cerrados, aprobados fragmentariamente, constituidos en obstáculos para el valle de inundación. Un mosaico de urbanizaciones y defensas interpuestas entre el cauce principal y sus múltiples meandros; rellenando cauces antiguos y lagunas, clausurando la interrelación natural que existía entre ellos.

Hay un riesgo de colapso ambiental con la multiplicación de urbanizaciones por la carencia de cloacas y la saturación de las napas subterráneas, contaminado con coliformes las aguas del río. Medidos por el APA, existen 1500 bacterias coliformes por cada 100 ml en el Negro, triplicando el nivel guía en la contaminación de ríos de la Comunidad Económica Europea.
Para terminar, la reflexión de la arquitecta Laura Alcalá: “El sistema fluvio-lacustre del río Negro no sólo un paisaje singular de nuestro gran pulmón verde lineal central, conservarlo es indispensable para ser menos vulnerables en el territorio que ocupamos. En un momento crítico –que inexorablemente tarde o temprano podrá ocurrir- el río y su valle serán el gran reservorio que nuestras áreas urbanas necesitarán para acopiar el agua hasta que sea posible sacarla al Paraná o en caso de que fallase el Sistema de Defensas será un importante amortiguador del impacto. A futuro, en tanto reserva ambiental, cobrará cada vez mayor importancia. Pensemos en los esfuerzos que hacen otras ciudades para recuperar aquellos ríos que cometieron el error de urbanizar. Nosotros aún estamos a tiempo de detener un proceso de mercantilización y de preservarlo como bien colectivo”.

*Arquitecto, ambietalista.


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