Oler La Tempestad, novela negra de ciencia ficción en la Argentina de 2025

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Por Claudia Masin

El 10 de agosto a las 19:00 se presentará en forma virtual una nueva novela de Francisco Tete Romero, inaugurando la Colección de Narrativa “La tierra sin mal” de la editorial chaqueña Contexto, dirigida por el escritor Juan Basterra. La presentación estará a cargo de la poeta Claudia Masin (autora del prólogo que a continuación reproducimos) y la psicoanalista y ensayista Nora Merlín. El punto de encuentro será www.feriadellibrodigital.com.ar 

El lenguaje como virus y antídoto

“Estamos -en el momento en que escribo este prólogo- viviendo en una distopía. La realidad que nunca hemos imaginado está sucediendo. Son los primeros días de cuarentena obligatoria en Argentina debido a una peste global. Increíblemente -o no, porque la literatura tiene esas sincronicidades asombrosas, esa capacidad de sintonizar con el espíritu de los tiempos- estos días me encuentran escribiendo acerca de este libro. Oler la tempestad, de Francisco Romero, es una novela negra ambientada en un contexto distópico que guarda más de una similitud con el actual. La peste, en este libro, está encarnada por el lenguaje. No cualquier lenguaje. El lenguaje capaz de convertirse en un arma de resistencia de la subjetividad ante el arrasamiento de un pensamiento único, cristalizado. Escribe Romero: un hombre o una mujer fuera de sí —¿o debería decir dentro de sí, adentro de su propio abismo?— es capaz de atravesar la pátina gruesa del lenguaje blanco y balbucear tartamudear a tientas en la oscuridad de su desierto hasta hallar las palabras silenciadas o escondidas, las que le hacen falta para decir lo suyo para intentar contar lo que le pasa. Y ese es el lenguaje que en esta historia representa todo lo que debe combatirse. Por su potencial revolucionario, por su capacidad de desafiar lo dado y de plantear escenarios distintos al hegemónico: realidades que aún no existen, pero podrían. 

A través de un admirable ejercicio de anticipación, el autor nos confronta con una pregunta crucial: ¿cuál está siendo, cuál es, cuál será el destino, el estatuto mismo de las palabras en un mundo hegemonizado por un capitalismo feroz, para el cual lo único valioso es lo utilitario, lo que pueda funcionar como mercancía, lo que genere ganancias, lo “productivo”. ¿Qué lugar entonces para la literatura, qué lugar entonces para la poesía, para todo aquello que —en lugar de fortalecer— apunta más bien a agrietar, y en última instancia a demoler, el imponente y poderosísimo edificio de lugares comunes, de palabras vacías, de slogans y clichés sobre los cuales el neoliberalismo (modo prevalente del capitalismo hoy en el mundo) se sostiene, se propaga y crece, dañándolo todo a su paso, construyendo subjetividades que acepten y hasta aplaudan ese vaciamiento, que acepten y aplaudan —incluso— medidas que llevarán tarde o temprano a su propia aniquilación? Esta novela, como dijimos, transcurre en un tiempo histórico y en una sociedad en el cual el lenguaje no estereotipado, no funcional, no productivo, es considerado una peste. En su lugar, se entroniza como el lenguaje “oficial”, el aceptado, un lenguaje blanco que (…) a toda hora rugía sus ocho o diez fórmulas o frases estúpidas, compuesto por la proliferación incesante de ocho o diez fórmulas verbales usadas para intentar o simular comunicaciones, siempre inalterables, siempre moduladas en los mismos dos o tres tonos con los que circulaban esas frases. Este lenguaje, moldeado por las neurociencias y los expertos en el marketing de la comunicación política y en el manejo de la opinión pública, lo ha invadido todo. La excepción: una tribu de hackers que amenazan la estabilidad del sistema. Bajo persecución permanente del Estado, siguen construyendo enclaves de resistencia, muchas veces en sus propios cuerpos, siguen apostando a la dignidad de la palabra, a su valor intrínseco, a aquello que hace que no se trate de una moneda de cambio más en el comercio de mercancías en el que se ha transformado el mundo: En el mapa digital enorme que ocupaba toda la pared central de la Compañía habían tenido que buscar otro color para identificar a los cuerpos textuales, a los tatuajes de versos venenosos que los jóvenes del sur habían empezado a exhibir y ahora circulaban como virus en ciertas redes marginales. Llevaban esos textos ininteligibles grabados en sus cuerpos y de pronto se desnudaban en público para ser leídos. Había que localizar a las tribus de hackers que enturbiaban la vida, interferían los flujos de ideas sanadoras y propiciaban el virus de la sospecha. Cuando creían que ya habían neutralizado a todos siempre aparecía alguien más. Se reproducían como hongos. El lenguaje como un virus, como lo planteaba William Burroughs, el lenguaje transformado en una cuña en el cuerpo social, ese malestar, esa disonancia que desafía la melodía única, la monótona repetición ad nauseam de lo mismo, ese arma cargada de futuro que se resiste a ser la herramienta privilegiada del Amo. Ese virus que a su vez se transforma en antídoto. Oler la tempestad es un libro intenso, crudo, apasionado y apasionante. Sus personajes son seres dañados de una u otra forma: sean hackers, mercenarios, funcionarios que sostienen el sistema, se trata de hombres y mujeres que buscan —desesperadamente— volver a entramar una historia deshilachada, alienados en medio de una sociedad alienada en la que la información pública se había emancipado de la noción de verdad de la modernidad, bajo la premisa venenosa —que tan bien conocemos en el mundo actual— de que sólo debemos dar a conocer aquella dimensión de la realidad con la que todo hombre o mujer pueda lidiar. El resto es destructivo. Pero esta es —también— una historia acerca de la memoria que insiste, acerca de los modos —múltiples, complejos— en que el pasado irrumpe en el presente, lo contamina, lo contagia, lo envuelve en su halo, las formas en que aquello reprimido, negado, irrumpe y desestabiliza el aparente equilibrio en que vivimos, en que aquello que se ha reprimido y negado y ha sido relegado a un oscuro sector de nuestra inconsciencia, a las fibras más escondidas del cuerpo, retorna. Retorna y dice y hace. Y nos hace decir y hacer: nos hace repetir la historia. O bien nos obliga a detenernos y mirar a nuestro alrededor, a decidir si vamos a repetir el espiral de hechos que nos han llevado a estar donde estamos, a ser quienes somos, a creer ciegamente en el relato que nos constituye, cuyo final conocemos bien, o vamos a intentar la revuelta y la desobediencia, una batalla desigual y sin garantía alguna de triunfo contra aquello que nos esclaviza y nos quita el hálito vital, convirtiéndonos casi en autómatas, en seres apagados y tristes cuya única pasión es el miedo. Miedo que en esta novela —¿y fuera de ella, de un modo menos evidente?— resulta prolijamente trabajado en la población a partir de la acción de los medios de comunicación y propaganda, del uso de psicotrópicos que regulan el estado de ánimo colectivo, de la omnipresencia de drones que vigilan constantemente a la población, de la persecución implacable de la disidencia por parte de un Estado que fomenta el odio visceral, eugenésico, hacia los más débiles, pobres, vulnerables e insumisos. Romero construye con maestría en este libro un mundo inquietamente familiar para nuestra sensibilidad contemporánea, y la materia con la cual lo construye es precisamente ese lenguaje que es peste y antídoto: fragmentario, poético, áspero, acariciador, estallado y reconstituido pacientemente, un lenguaje hecho de esquirlas pero con la potencia de reparar lo roto. Entren a este mundo. Es crudo y temible y sin embargo no excluye la posibilidad de la rebeldía y la esperanza, esos pequeños gestos que —tan humanos como la traición y la explotación de los unos por los otros— pueden sin embargo traer consecuencias enormes, capaces de salvarnos de la devastación aún cuando la devastación está ya tan avanzada que parece irreversible. 


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