El capitalismo patriarcal y la explotación de los cuerpos

Por el


El patriarcado podría definirse como la herramienta de sometimiento de mujeres, propia del capitalismo neoliberal, como modelo cultural. Este, entre otras cosas, lleva a la mujer a ser trabajadora de lo cotidiano, sin ningún tipo de beneficio, a no tener más que su fuerza laboral o su cuerpo para ofrecer bajo condiciones de carencia económica.

El patriarcado disfraza aquello que es trabajo como deber y obligación de la mujer, en algunas ocasiones, en otras naturaliza los cuerpos de las mujeres como objeto de explotación económica, a raíz de la industria sexual. Sea cual fuese la situación siempre se profundiza la desigualdad de poder y de posibilidades e incrementa la precarización. 

Estos quehaceres de lo cotidiano son en negro, no son reconocidos, o son juzgados desde una moral machista quitándole a la mujer la posibilidad de acceder a derechos básicos como una justa remuneración, obra social, aportes jubilatorios, licencias, vacaciones, tiempo de descanso.

“El problema es el capitalismo, donde todo el cuerpo es una mercancía del capitalismo”, sostiene Elena Reynaga, Secretaria ejecutiva de la Red de trabajadoras sexuales de Latinoamérica (RedTraSex); a partir de aquí nos encontramos con una de las discusiones más ríspidas hacia el interior del movimiento de mujeres e identidades feminizadas, ¿es la prostitución un trabajo que se elige voluntariamente? ¿Debe regularse desde el Estado? ¿Aplica para la ocasión la frase mi cuerpo, mi decisión?

Podríamos empezar por acercarnos a través de algunas definiciones; según la OIT (Organización Internacional del Trabajo), “el trabajo es el conjunto de actividades humanas (…) que producen bienes y servicios en una economía, o que satisfacen las necesidades de una comunidad o proveen los medios de sustento necesarios para los individuos”.

El diccionario de la RAE define a la prostitución como  “Actividad u ocupación de la persona que tiene relaciones sexuales a cambio de dinero”. Por lo que si cotejamos ambas descripciones podríamos decir que la prostitución es trabajo ya que es una actividad que provee de sustento a quien la realiza.

Pero qué sucede cuando la mercancía de consumo es un cuerpo, el alquiler temporal de una persona que pasa a ser propiedad transitoria de quien lo ha alquilado. ¿Existen en esas cuatro paredes o en ese lapso de tiempo la posibilidad de exigir derechos o que puedan ser garantizados? 

Para la Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina (AMMAR) – organización sindical que agrupa a las trabajadoras sexuales y defienden que el trabajo sexual puede ser una elección – es preciso y apremia que sea regulado desde el Estado, para mejorar las condiciones en las cuales se ejerce la prostitución y para garantizarles derechos laborales. 

Ahora también es cierto que los prostíbulos crecen donde no hay producción, donde el Estado no garantiza el desarrollo económico que permite la generación de empleos y por ende una equitativa distribución de las riquezas. ¿No sería preciso que el Estado intervenga en propiciar mayores oportunidades de empleo? 

Donde la economía se estanca, suele crecer, entre otras cosas, la prostitución y es ahí donde aparecen otras voces que consideran que “cuando la mujer decide por propia voluntad entrar a un prostíbulo, esa decisión está condicionada por la situación de vulnerabilidad en la que se encuentra su vida, probablemente sin otras alternativas para ganarse un mango”(Mariana Carbajal).

Hay una industria sexual que mueve mucho dinero, eso está a la vista, aunque se invisibilice o silencie, el sexo como mercancía existe, las mujeres vendiéndolo existen, es una realidad, pero es también una realidad que por más que sean las mujeres las que vendan sexo ¿lo hacen libremente? ¿reciben ellas las ganancias de un negocio inmenso que se se ramifica por el mundo? ¿bajo qué condiciones, con qué garantías?

Aquí radica otro punto álgido de la discusión ¿Debe regularse el Trabajo Sexual? ¿Un Estado patriarcal, regularía fuera de una lógica patriarcal? ¿Quienes inspeccionen o administran no serían las mismas fuerzas que hoy impunemente desde el Estado abusan de su poder y explotan a esta población? 

Para Lohana Berkins, referente de la lucha por los derechos de la población Trans travesti, que ejerció la prostitución durante años, “el reclamo de regular la prostitución es una trampa que podría abrir la puerta a la más perversa de las explotaciones”. Ella considera que “no se puede separar a las compañeras en situación de prostitución de la realidad de subordinación de las mujeres”.

Sin embargo la RedTraSex considera que es imprescindible que se reconozca al trabajo sexual como trabajo para poder lograr agruparse en cooperativas legalmente constituidas donde se organicen de manera autónoma”, ya que, reclaman que en las condiciones actuales los dueños de los prostíbulo se quedan con el 40% de las ganancias de las mujeres que trabajan allí, tan solo por ofrecer el lugar.

La AMMAR por su parte viene trabajando en un proyecto de Ley de Trabajo Sexual Autónomo que propone crear un registro único de Trabajadoras/es Sexuales que dependa del Ministerio de Trabajo, para que desde allí se controle el ejercicio voluntario del Trabajo Sexual, que contemple la habilitación de cooperativas de Trabajadoras Sexuales autónomas, la creación de la categoría Trabajo Sexual en el monotributo para habilitar el acceso a obra social, aportes jubilatorios, créditos, vivienda, entre otros derechos.

En Argentina, según las últimas modificaciones del Código Penal, la prostitución es una actividad lícita, siempre y cuando no haya trata explotación de personas y se ejerza de manera voluntaria. Sin embargo sí puede y debe ser penada, con prisión de cuatro a seis años, aquellas personas que exploten  económicamente el ejercicio ageno de la prostitución, tal como lo indican los artículos 125 bis y 127 de la ley N° 25.087, que busca combatir la trata de personas y eliminar la figura del proxeneta.

Para la posición abolicionista, según explica Mariana Carbajal  “la prostitución es un lugar de explotación, violencia y sometimiento a violaciones recurrentes”. Lohana Berkins, sostiene que “La prostitución destruye el autoestima” porque es estar al servicio del placer del otro y que “recuperar el dominio del cuerpo es un acto de libertad”.

En esta amplia y variopinta discusión están quienes sostienen que negando el trabajo sexual se lo conmina a la clandestinidad y esto fomenta la trata de personas, y quienes sostiene que la prostitución es el caldo de cultivo para la la trata.

Es preciso abrir la discusión preguntarnos por las causas, antes que solo juzgar las consecuencias de un modelo económico y cultural que pone al cuerpo como maquinaria de producción de bienes, servicios y aliena el placer separándolo del deseo y la subjetividad para comercializarlo como una mercancía.

Publicado en Revista ModoMatria

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