El Coronavirus y yo

Por el


Foto de portada: Mercadito Shan Alí

Capítulo 2. Shan Alí, el filipino y su abuelita

Por la mañana, antes de preparar las valijas, para aplacar el tiempo de espera -debíamos estar en el aeropuerto a las 17- tomé prestado un paraguas en el recibidor y decidí salir a caminar bajo la lluvia catalana. Necesitaba dar una vuelta, despreocuparme, esquivar las noticias que no eran buenas, y de paso hacer algunas compras para el viaje. La puerta se abrió frente a mí dejando entrar la brisa fría y una tenue llovizna. Apreté el botón del paraguas y di un paso al frente para emerger del hotel y aventurarme bajo la lluvia. 

El aguacero no parecía muy intenso pero había sido suficiente como para enjuagar el paisaje y dejar ver las calles vacías de Barcelona con un brillo radiante y espejado. Es la magia del agua y de esta bella ciudad, pensé, y aspiré una bocanada de aire fresco y húmedo ejercitando mis pulmones. Me imaginé observándome desde un Google ficticio, y me vi a mí mismo como un diminuto punto negro en el planeta, mi paraguas y yo deslizándose por este barrio “culé”, bajo una telaraña de satélites. Me reí solo ante la ocurrencia. 

Recordé que cuando era niño me gustaba salir con las primeras gotas, agarraba la pelota y partía hacia la casa de los amigos del barrio. Corríamos bajo el diluvio tropical hacia la canchita de Villa Chica. El potrero nos quedaba a una cuadra y era para nosotros lo más grande que existía en el universo. Era algo parecido a la felicidad. Aquella alegría regalada por una bendición caída del cielo, que para disfrutar solo hacía falta una pelota. Sin referí, sin maldad, sin vencedores ni vencidos, solo con el disfrute de las gotas en la piel y el placer de correr como locos detrás del balón. Añoré a aquel niño de cuero mojado caminando por el descampado. Aquellos chavales libres e inmortales tratando de pegarle a esa pelota empapada. Parecía que habíamos escapado de todo control y que existíamos como un descuido de la gran Matrix.

En ese momento me crucé con un par de policías urbanos que me pararon y me preguntaron dónde iba. A comprar algo de alimento y bicarbonato, les dije. Asintieron y me recomendaron retornar pronto al hotel y no salir de ahí si no era extremadamente necesario. Fue la primera vez que se me ocurrió pensar en si tendría o no el virus dentro de mi cuerpo. ¿Qué significaría aquello? Dejá de pensar pavadas, me dije. Si todo parece indicar que solo es un resfrío más. Que como siempre comienzan con un carraspeo, una molestia en la garganta, igual a la que sentía ahora. Nada raro. Esto es solo porque anoche había dormido unas horas destapado y hacía frío. O quizá porque me levanté descalzo y caminé en el piso helado. Sin embargo, era inevitable fantasear en cómo reaccionaría uno o qué haría si te decían: estás infectado. La palabra “infectado” me sonó un tanto insoportable. 

Barrio de Sants

Intenté olvidar el asunto, pero de un momento para otro comencé a mirar todo con otro filtro. A observar los cambios en mi comportamiento. Me olvidé de la lluvia y me pregunté donde estarían refugiadas aquellas cotorras que ayer chillaban en la plaza Herenni. Las conversaciones que llegaban de los pocos negocios abiertos me sonaban como murmullos indescifrables y sentí que comenzaba a aturdirme. Dudé que mis preocupaciones comenzaran a alterar sus prioridades. Tal vez esto sea una señal. Y a las señales hay que prestarles atención, especulé.

Mientras pensaba esto me sorprendí frente a un pequeño almacén que había conocido unos días antes y volví a entrar, bajo la lluvia. Era el mercadito del turco Shan Alí. En realidad, yo lo supuse turco, tal vez porque Alí me sonaba como un nombre de ese origen. Pero cuando conversamos, Shan me contó que en verdad era filipino y que su familia había recalado en España escapando de la violencia y la pobreza. 

Barrio Gótico

Me mostró algo parecido a un mechón, atado con un trapito colorido, que tenía colgado al lado de la caja registradora, y me dijo.

-¿Ves esto? ¿sabes qué es?

-No sé, parece pelo o una crin, cabello, ¿no? – le respondí mientras trataba de separar unas monedas de euros muy pequeñas para pagarle la compra.

-Muy bien, ¡¡¡así es!!! – me dijo desplegando su amplia sonrisa morena.

-Es un mechón de mi abuelita. Fue lo único que se trajo mi padre de su pueblo, cuando tuvieron que huir – afirmó. 

-Él ya se murió y ahora acá la tengo a mi abuelita, para acompañarme y no olvidar de dónde vengo.

Luego se quedó callado de golpe, como atrapado por el recuerdo. Le pregunté y me indicó en silencio, con un gesto y la mirada, por donde podía encontrar el bicarbonato. Dos mujeres conversaban detrás de unos estantes en el estrecho pasillo del local de Alí. Una de ellas tenía acento porteño, y le comentaba a la otra, entre sorprendida y preocupada:

-¿No sabés?, se agotaron los stocks de papel higiénico, ¿viste che? No hay más en ningún supermercado de la ciudad y tampoco hay mascarillas, ni alcohol en gel. Ya parece Argentina esto -exclamó-. ¡¡¡Nunca pensé que algo así nos podría pasar aquí!!!

Barrio del Barza

Volví apresurado con mi tubo de bicarbonato en el bolsillo, ya sin prestarle atención a las dos mujeres. En el camino agarré una botella de agua mineral y una caja de té tailandés, se lo pagué a Alí. Mirando el mechón colgado a su lado, le dije:

-Suerte compañero. Qué bueno que te sientas acompañado por tu abuelita y que no olvides a los tuyos. Seguramente ella está contigo. Suerte amigo… y volví a mi paseo de lluvia.

Regresé al hotel caminando un poco más apresurado. Comencé a toser y nuevamente sentí un pequeño ardor en la espalda. Ya casi era mediodía, debía preparar las valijas y teníamos que buscar algo para almorzar. Recordé que César me había recomendado que debíamos estar bien alimentados. 

Cuando llegué al hotel tuve que tocar el timbre para que me abriera el conserje. Sacudí el paraguas y lo dejé en el tendedero. Mientras me secaba las zapatillas escuché que en el televisor alguien se precipitaba en relatar que en España comenzaban a crecer los contagios. Que el aislamiento social era la única vacuna, que no había medicación para este virus. Un titular alertaba que Italia seguía siendo el país con más fallecidos por el Covid-19 y que Trump, al igual que el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, insistía en que esto era solo una gripecita y que no se podía frenar la economía. 

Esperé un tanto ansioso la llegada del ascensor y me fui a la habitación. Hice mis gárgaras de bicarbonato y agua tibia. Me aseguré de que no tuviera fiebre y comencé a preparar la ropa y separé todo aquello que debía llevar a mano durante el viaje.

En ese momento hablé con mi familia confirmando que por la noche viajábamos y que al otro día ya querríamos llegar a casa. 

– Pero vos estás medio ronco -me dijo mi hija- ¿Estás bien?

– No te preocupes, estoy bien. Cuiden a tu madre y mañana nos vemos. Saludos a los perros -le dije- y colgamos.

Cerré la valija y me quedé mirando la lluvia por la venta. Me preparé un té caliente con limón. Agarré el celular y marqué el número de César, mi médico. 

Pensé que debía dejar de pensar en el peligro y los contagios. Ya era hora de volver del Coronavirus. (Continuará…)

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