La alimentación: ¿posibilidad de consumo o derecho a la salud?

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No es novedad afirmar que a partir de este inicio de siglo se estaba gestando en la sociedad un nuevo paradigma. Esta novedad ideológica se basa en reacciones críticas ante fenómenos que se encontraban completamente naturalizados, como así es el caso del renacer feminista, la conciencia ambiental y, por supuesto la alimentación, entre otros. 

El sistema capitalista de producción trajo consecuencias que recién dejan en evidencia las acciones y omisiones negligentes por parte de nuestros entes estatales de control respecto a uno de los derechos personales fundamentales de los seres humanos, como ser el Derecho a la Salud. 

Desde nuestra provincia, contamos con el servicio de Defensa al Consumidor, que depende de la Subsecretaría de Comercio del Chaco, encargada principalmente de actuar como mediadora entre los usuarios y consumidores finales de un producto y la empresa responsable de brindar esos bienes o servicios. El problema surge del enfoque que se brinda. Es muy importante para abordar la distinción entre consumidor y ser humano. 

¿A qué me refiero con esta diferenciación? Que no es lo mismo hacer un reclamo porque se encontraba mal rotulada la fecha de vencimiento de un producto y, a consecuencia de ese error, nos topamos con una comida deficiente o en mal estado; a decir que el consumo de ultra procesados o alimentos con jarabe de maíz alto en fructuosa, después de un tiempo recurrente, produce una muy estrecha relación con enfermedades como la hipertensión arterial, el cáncer, diabetes tipo II, celiaquismo, obesidad, entre otras patologías que atentan contra nuestra salud y se encuentran a la vista y el alcance de todos en cualquier góndola, de cualquier barrio, de cualquier rincón de nuestro país. 

 Por supuesto que al hablar de la industria alimenticia se hace alusión a uno de los factores de poder más importantes del siglo XXI: los mercados, que trascienden de la comida a la industria farmacéutica, y en consecuencia a toda una red de consumo que termina por crear generaciones enfermas, donde su principal consumidor y centro de la cuestión son los niños, niñas y adolescentes. El bombardeo publicitario, la ignorancia sobre educación nutricional y la falta de políticas públicas, conforman un cóctel que deviene en infantes malnutridos, con obesidad o tendencia a enfermedades futuras a largo plazo. Es de fundamental importancia tomar medidas en el asunto, ya que trasciende la esfera familiar, convirtiéndose en un problema de Estado. 

La omisión de información en materia de los ingredientes que usan en sus productos, de estudios científicos que vinculan el consumo de alimentos y bebidas ultraprocesadas con enfermedades a corto, mediano y largo plazo, el hacinamiento de animales y las condiciones insalubres donde tiene génesis la cadena alimenticia son cuestiones silenciadas por empresas de gran movimiento financiero, que en su mayoría y de manera paradójica subsidian a diversos entes que se  encargan de su fiscalización, control sanitario, y reglamentación. Lo que deviene en escuelas que brinden esos comestibles aptos para el consumo humano (ya no lo llamaremos comida) en sus comedores, recomendaciones médicas de estos alimentos para el tratamiento de enfermedades crónicas, recomendaciones públicas de centros de prevención de enfermedades, publicidad engañosa, única oferta de productos en las tiendas. Una desinformación absoluta e impune sobre el tipo de productos que estamos ingiriendo en nuestro organismo, disfrazado de saludable, se esconde una dieta basada en harinas blancas, azúcares en exceso y grasas trans saturadas.

En la actualidad, un niño de ocho años habría consumido la misma cantidad de azúcar que un hombre de ochenta. ¿Cómo es eso posible? Por el juego sensorial que se genera a partir de azúcares, agua, aceites, entre otras sustancias económicas que juegan un rol de “disfraz” para suplementar un producto distinto al que nos venden. Como decir un postre sabor frutilla, en el cual no existe ni un indicio de que haya tenido alguna vez frutilla, es exactamente igual al postre de vainilla, con una diferencia de saborizantes y colorantes. Añadiendo además, que el jarabe de maíz alto en fructuosa (se lo utiliza como endulzante principal en lugar de azúcar)  se encuentra en alimentos preparados como pan, cereales, fiambres, yogures, sopas, aderezos, etc.

La respuesta que nos brindan tanto las organizaciones como los entes encargados de la fiscalización correspondiente, es la recomendación de un consumo moderado y nuestra responsabilidad como consumidores. Es por ello que se necesitan políticas públicas que regulen la distribución, venta y consumo de estos alimentos nocivos para la salud, la advertencia obligatoria en las publicidades, así como también al frente y anverso del packaging de los productos, además de charlas de información y capacitación nutricional.  

Una correcta alimentación y una consciencia sobre qué ingerimos en nuestro cuerpo, es un reflejo de una sociedad más sana y justa, donde exista un criterio de selección alimenticio consciente. Se debe comenzar con dejar las comidas preparadas o pre-hechas, para volver a los alimentos y reencontrarnos con ese aspecto humano que mucho tiempo estuvo históricamente designado a la mujer, para reinventarlos y evolucionar como sociedad.


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