Es necesario referirse a los predicadores al volante o manubrio

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*Por Darío Ruido

Anónimos enfurecidos a priori que desde su púlpito móvil realizan imprecaciones a la par que se deslizan por calles o avenidas, casi ciegos, inmunes a todo, impunes a todo, impolutos. Es imperativo hacerlo porque, podría arriesgarse que el mundo se divide entre los que atienden a su propio juego y estos, que andan buscando la paja en el ojo ajeno. Presumo que en definitiva, son los que provocan grandes accidentes, tragedias, hecatombes, les importa un bledo el camino que recorren o desandan y sí, el rumbo de los demás, reaccionan igual que los espectadores tensos de un culebrón mexicano, indignándose con los malos, con los mentirosos, los tibios o con los que, por h o por b, no les caen en gracia. Aunque quizá después los quieran.

Mientras maldicen, cruzan semáforos en rojo, violan límites de velocidad, doblan en contramano, en U donde no está permitido y ahora, esos últimos fenómenos que tienen la capacidad de hablar por teléfono, conducir y putear en simultáneo al que se cruce por delante, así se trate motociclista, automovilista o peatón. Creo que Bukowski lo resume con lucidez en su poema: “La autopista es un circo de emociones chiquitas y baratas, es la humanidad en movimiento, la mayoría viniendo de un lugar que odia y yendo a otro lugar que odia todavía más”.

Los predicadores miran feo, primero, tienen la fantasía de que con los ojos incendiados podrán amedrentar a sus enemigos, todos son sus enemigos. Pero apenas se dan cuenta de que su gesto inquisidor no asusta a nadie, irrumpen con su gritería ordinaria e insoportable, hasta que alguien les responde o les devuelve gentilezas. Si bien la riña se desvanece en insultos porque la gente tiene preocupaciones, lugares a los que llegar, citas amorosas, mientras que los predicadores van por la calle como si recorrieran aldeas persiguiendo subversivos. Dejaron de ser taxistas, colectiveros fleteros, adoptaron el oficio de predicador. La misión, instaurar su moral de boca para afuera que por supuesto no practican. Aman a los dictadores sanguinarios, a los racistas, a los talibanes de la mano dura. Se salen de la vaina para hacer justicia por mano propia.

A veces, cuando descubro a uno de estos pastores sin iglesia, pienso que son unos adelantados, anuncian la Buena Nueva de que pronto llegará un Mesías armado de odio, al que no seguirán doce infelices sino quizás una horda incalculable.

 


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