Los candados de la «señora»

Por el

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Esta saga de diez poemas publicados en el libro «A veces», que salió junto al ejemplar «A Besos» (libros mellizos, según el autor), nos interpela y empuja a revisar ciertos prejuicios que atan, amarran y arrojan a la condena patriarcal. En tiempos de la 4° Ola, interesante lectura de El Mordaz.

 

LA SEÑORA DEL CANDADO, 1

¿Qué le parece, Señora, si deja de respirar biológicamente y se dedica a vivir? Vea doña, cuénteme, ¿cómo es eso de no desear lo que se hace, y no hacer lo que se desea? ¿A fingir los sentimientos les enseña a sus hijos y a sus alumnos?

La felicito.

Ah, en su velatorio, sus castradores dirán: «¡qué buena mamá y qué buena maestra que fue! Siempre recibió regalos el tercer domingo de octubre y el 11 de septiembre».

Terminado su velorio, Señora, sus castradores seguirán la castración de acuerdo al calendario.

LA SEÑORA DEL CANDADO, 2

Oiga doña, ¿podría usted dejar de disertar sobre la Libertad? ¿Que tal si la ejerce en vez de teorizarla? A ver, si no es mucho pedirle, ¿me puede responder qué se siente cuando no se siente? Su Libertad es la misma que la del condenado a la horca, que como última voluntad, le dan a elegir libremente el árbol donde será ahorcado.

La felicito.

Ah, en su velorio, sus castradores dirán: «sí, sí, La Señora fue una mujer muy libre, siempre se ahorcó en el árbol que le plantamos nosotros».

Terminado su velatorio, Señora, sus castradores llevarán a sus hijos al bosque para enseñarles botánica y para darles la prioridad de ir reservando su árbol.

LA SEÑORA DEL CANDADO, 3

¿Y si prueba, Señora? ¿Si curiosea? ¿Si descubre de qué se trata? No sé, digo, así despeja sus dudas. Si usted averigua por sus propios medios, entonces dejará de ir al psicólogo, de consultar con la almohada, de preguntarle al espejo, de compartir cartelitos en fésibu, de hablar con las paredes, de mirar el techo, de patear las puertas y de cabecear el botiquín.

Mire, si usted quiere, le presto un disco de mi amigo Dema, que en uno de sus tangos dice: “Mordé tranquila, que no hay carozo”.

La felicito.

Ah, en su velatorio, sus castradores, dirán: «Ella fue un ejemplo de virtud: murió sin morder».

Terminado el velorio, Señora, sus castradores ya no se preocuparán por esconder sus colmillos.

LA SEÑORA DEL CANDADO, 4

Qué pena lo suyo, mi estimada, vociferar sobre la decisión propia pero ejercer la obediencia ajena. Le inculcaron que siempre es mejor ser libre de culpa y cargo, pero solo le enseñaron la culpa.

La culpa es para todos. La Libertad va codificada, si quiere verla hay que pagar.

La felicito.

Ah, en su velorio, sus castradores dirán: «una pena, perdimos a nuestra mejor clienta de la Libertad Codificada, si no pagaba no gozaba».

Terminado su velatorio, Señora, sus castradores dejarán que sus hijos se cuelguen del cable, y sin culpas.

 

LA SEÑORA DEL CANDADO, 5

Sin escrúpulos, usted barrió sus pecados debajo de la alfombra del confesionario, se atragantó de penitencias y se empachó de hostias mientras le enroscaba la víbora al distraído de su marido. Y ahora se hace académicamente la Yo No Fui. “¿Eh? ¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Quién? ¿Yo? ¿Pasó algo?” Es usted muy evidente, mi querida.

Solo te falta que vaya a robar al frente de la comisaría y no lo invite al comisario.

La felicito.

Ah, en su velatorio, Señora, sus castradores dirán: «siempre la fue de feligresa evidente, doblaba para el mismo lugar que hacía el guiño; y mirala, ahí la tenés en el cajón, atropellada por las flechas de tránsito».

Terminado el velorio, sus castradores seguirán haciendo guiño para la izquierda y doblando para la derecha, como Perón; o cantándoles a los de abajo para llegar arriba, como el rock.

LA SEÑORA DEL CANDADO, 6

Y mire, doñita, fíjese, no sé, digo, qué se yo, le pregunto:

¿Le parece bien que a su edad usted viva con el corazón prohibido? ¿Cómo puede autocensurarse lo que le palpita y tener bajo siete llaves tan sensible corazón? Corazón y Candado se oxidan si no los abrís. Y una vez herrumbrados, no hay cerrajeros disponibles.

La felicito.

Ah, en su velorio, Señora, sus castradores, dirán: «pobre mujer, cuando quiso abrir ya era tarde, murió con el candado en la mano y llamando al cerrajero. Pero los cerrajeros no le abren a los muertos».

Terminado el velatorio, sus castradores se harán un par de copias de sus llaves.

LA SEÑORA DEL CANDADO, 7

Lindo collar de cadenas, Señora. Le queda hermoso. ¿Le aprieta mucho el cuello? ¿Puede tragar? ¿Lo compró en una joyería o en una ferretería? ¿O su cabeza está de paro por mejoras cerebrales y usted se encadenó en protesta? Ya tiene el collar, prejuicios le sobran, y presa de voluntades estuvo siempre; así que solo le falta el traje a rayas.

La felicito.

Ah, en su velatorio, Señora, sus castradores, dirán: «pobrecita, cambió siempre de carcelero, pero nunca de calabozo”

Terminado el velorio, sus castradores se irán cantando el Himno Nacional: oíd el ruido de rotas cadenas, Libertad, Libertad, Libertad…

LA SEÑORA DEL CANDADO, 8

¿Adónde cree que va a llegar engrillada, mi queridísima? ¿Desde cuándo la mula necesita que la arreen? Sus pies necesitan caminos, no grillos, no hacen nada sin consultar y andan a los saltitos: el pie derecho consulta con el izquierdo y hace un pasito; el pie izquierdo debate con el pie derecho, y hace otro pasito…

Jamás he visto tanta democracia en las patas de una mula.

La felicito.

En su velatorio, Señora, sus castradores, dirán: «sí, sí, era muy democrática Ella, siempre quiso ser concejal, pero nunca hizo caso a los consejos: confundía la ‘ese’ con la ‘ce’. La mula es así: no distingue cuando suena igual».

Terminado el velorio, sus castradores se irán a escuchar Mula Plateada, de Sumo. (Que era la luna, claro).

LA SEÑORA DEL CANDADO, 9

Mi estimada, la verdad que fue una hemorragia de placer que usted me haya servido para esta saga encadenada. Y hablando de hemorragia, ¿cómo le va con la sangre, ahora que volvió adonde jamás debió haber vuelto?, ¿ya le llegó la sangre al rio?, ¿o la letra ya ni con sangre entra?

Vea. Mire. Observe. Perciba. June. Distinga.

Usted huyó de su arcano porque no le gustaba el ratón, y ahora resulta que volvió al rincón en busca del queso olvidado. Ay Doñita, no le dé letra a los vecinos, que ya sabemos lo que van a decir: dirán que usted está por cenar una picada, y como ya tiene El Salame, ahora fue a buscar el queso.

La felicito.

En su velatorio, Señora, sus castradores, dirán: “era una quesera muy fiel pero también muy hueca, pudiendo haber comido queso Mar Del Plata fresco para probar nuevos agujeros, volvió siempre al roquefort vencido”.

Terminado el velorio, sus castradores le harán honor a esta saga y se irán a pedir una picada completa con todos todos los quesos y todos los fiambres, excepto el salame.  ///

LA SEÑORA DEL CANDADO, 10

( Toc Toc Toc )

Adelante…

Hola Mordaz, que tal…

Epa. Buenas noches Señora, qué sorpresa. ¿Cómo le va a usted, qué cuenta, qué la trae por acá?

Eh dale, tuteame, aquí estamos solos…

¿Solos? ¿Solos dice? Hay mucha gente leyendo. Qué idea extraña que tiene usted de la soledad, Señora. Pero bueno, la escucho, hable nomás tranquila ya que estamos solos, según usted..

Aflojá ya Mordaz, todo el libro me humillaste.

¿Humillarla? ¿Humillarla yo, mi querida? Por favor. Yo solamente la he descripto. Describí en usted a las muchísimas Señoras presas de sus candados.

Bueno, precisamente vine por eso, yo vine a charlar en representación de todas ellas.

Ajá. ¿Ahora se va a dedicar al gremialismo, Señora?

Seguís burlándote.

Sigo describiéndola, mi querida.

Tus descripciones son peyorativas, jamás recibí tanto oprobio, tanta burla.

Es lo que yo veo, mi estimada. Soy nada mas que un observador.

Bueno, de eso quería hablarte, en representación de todas “Las Yo” que andamos por ahí…

Soy todo tímpano, Señora.

Quiero liberarme, quiero desencadenarme, quiero soltar amarras, quiero ser Otra, quiero ser definitivamente yo misma. Quiero que observes eso de mí, y que lo describas.

Ya es tarde, Señora.

¿Por qué?

Porque acá se termina el libro, mi querida. Ya no hay más páginas. Usted siempre a destiempo y en el lugar incorrecto, Señora. Una puntería bárbara la suya.

¿O sea que seguiré presa de mi candado?

Exactamente. La Libertad no es un gol sobre la hora, Doñita. Al baile se entra temprano y pagando la entrada, no cuando levantan la boletería.

Es muy injusto, Mordaz, yo no quiero quedar presa.

Todos los personajes son presos, Señora. Y usted tiene demasiados prejuicios para ser la excepción a la regla.

Todos los personajes son presos, me gustó eso.

Es así. Ningún personaje es libre, nunca. Y mucho menos libre es el escritor. Yo también soy un preso. Aquí el único libre es el Lector y la Lectora. Que ellos decidan lo que hacen con usted y lo que hacen conmigo.
– Ojalá decidan en Libertad.

– Ah, solo una última cosita, Señora.

– ¿Qué?

– Ciérreme la puerta por fuera, por favor. //

 

Del libro “A Veces”. Editorial: Batalla Celeste, 2016


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