Vivir la Cuarta Ola

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Afortunada oportunidad de vivir en directo la Cuarta Ola Feminista, de poder ver el proceso, y mucho mejor aún, desde adentro y no como espectadora. Los encuentros nacionales de mujeres son quizás el fenómeno más representativo del feminismo en nuestro país. Absolutamente federal, autogetivo y horizontal, cada año se congregan miles de mujeres e identidades femeninas poniendo en la agenda política temas cruciales para arribar a la igualdad de género y social.  

Hay que tener energía para aguantar un viaje de 6, 10, 20 horas para llegar a la ciudad sede de cada encuentro. Hay que tener conciencia de que se vienen tres maratónicos días de charlas, debates, talleres, marchas y peñas. Agota tan solo pensarlo cuando ya no tenemos 16. Lo cierto es que a los encuentros llegan las mujeres jóvenes, adultas y aquellas que nacieron antes del voto femenino, del derecho al divorcio vincular, de los derechos de propiedad y del pleno acceso a la educación. A ellas va dedicada esta nota, a las “de otra generación”, a las que han sido conscientes de la desigualdad, a las que no lo han sido, pero que hoy pueden verlo a través de sus nietas, que aparecieron un día con un pañuelo verde y destaparon la olla. “¿Vos abortaste, abuela?” preguntaron sin prurito.

Todas juntas hablan de “cosas de mujeres”: el amor, el deseo, la maternidad, el trabajo, la educación… hablan en los hogares, en las escuelas, meten la palabra feminismo en la televisión. Se indignan cuando un hombre ofende a una chica extranjera haciéndola decir obscenidades, se enojan cuando un albañil las “piropea” en la calle, salen a marchar cuando aparece el cuerpo de una mujer descuartizada en algún escampado. Siguen hablando, y no piensan callarse.

Las pioneras

Foto Página 12

Cada encuentro es una oportunidad para encontrarse con otras mujeres, otras realidades y otras problemáticas. “Las pioneras fueron estrellas en Trelew, firmando pañuelos y contando experiencias de los años en los que la agenda nacía”, escribió Mariana Carbajal para Página 12.

“Digan clítoris”, arenga Nina Brugo, enjoguinada de color violeta feminista. Para la foto, posa con otras históricas de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito, como Martha Rosenberg y Nelly “Pila” Minyersky”.

“Nina estuvo en cada uno de los encuentros, desde el primero en 1986, en Buenos Aires. “Me hacen firmar pañuelos como si fuera una estrella de Hollywood”, comenta, todavía sorprendida, sobre sus fans feministas. A Pila le piden selfies. Las adolescentes las adoran. Pila, al borde de los 90 años, vendió más temprano pañuelos verdes en el gazebo de la Campaña, instalado en la plaza. “Este año nos piden menos que en el encuentro anterior, en Chaco, que te los sacaban de las manos. Ahora, los ofreces, y las chicas se dan vuelta y te muestran que ya tienen uno colgado de la mochila”, compara Pila. Y cuenta que sigue viniendo, cada año, porque recibe “una transfusión de juventud, de alegría, de solidaridad”. “Es una forma de conectarme con distintas generaciones, para sentir lo que piensan, más allá del discurso teórico. El encuentro es un fenómeno de comunicación e intercambio corporal, en una época signada por la comunicación vía Whatsapp”, se entusiasma, y se la nota disfrutar a cada paso. “Vengo de las luchas de los ‘70 y en los encuentros encontré una potencialidad transformadora, de la que me enamoré. Y a medida que fui participando, año a año, me fui haciendo feminista. Y entendí que había que convertir esa potencialidad en conciencia feminista”, apunta Nina”.

Las vecinas

 

Cada vez que un encuentro llega a una ciudad, la transforma. La pinta de colores, de consignas, incendia estructuras mentales, despabila los ojos porque cambia el paisaje. Molesta profundamente, porque nadie quiere ver lo que por años le dijeron que no hay que ver. Aparecen los calificativos: Putas, lesbianas, travas, sucias, conchudas. Pero ellas no se ofenden, al contrario, lo toman como bandera. “Somos las nietas de las brujas que no pudieron quemar”, cantan.

Y ahí están las madres, las abuelas, las tías. Desde sus casas salen con sus pañuelos, casi de la nada. Quizás porque su hija hospedó a un par de chicas que vinieron al encuentro. O porque vieron el debate de la ley de aborto en la televisión. O porque la nieta se colgó el pañuelo verde en la mochila. Ahí están ellas, con unos cuantos años de experiencias para contar. La brecha generacional desaparece. ¿Habrá otro acontecimiento en el mundo que pueda hacer esto?

Los celulares están atentos y las captan. Se convierten en meme. Son la postal del encuentro. Ellas que estaban tranquilas en sus casas, pasaron a la historia.

María Elena de 80 años nos cuenta: “Vengo de una generación que recién estaba despertando la conciencia de lo que significaba la presencia de la mujer en el trabajo”. Ella había escuchado de la importancia de los encuentros, pero este es al primero al que asiste. “Estoy contenta de ver lo que veo, de cómo las mujeres hemos transitado un camino largo y doloroso muchas veces, y cómo este movimiento va creciendo. Si la vida me deja iría al próximo”.

Un video se hace viral, lo llaman “memoria de un abrazo”. Una señora sale emocionada a ver la marcha desde su casa y llora, tres chicas corren a abrazarla. Se saben hermanas, están allí y son miles.

(Foto de portada Maia Alcire)


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