Textos de Ruido

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Por Darío Ruido*

Todas las mañanas reviso mi Home Banking, todas las mañanas observo estupefacto el almanaque. Son rutinas, de repente más tortuosas. En otro momento hubiese sido como cepillarse los dientes, juraría que entonces, los meses pasaban volando y que mi caja de ahorro se mantenía sólida, con las reservas suficientes como para concederme ciertos lujos de amante, turista, calavera o padre generoso. Sin embargo, la Revolución de la Alegría invirtió la ecuación y lo que se evapora sin clemencia son los fondos, mientras los días se arrastran con una parsimonia exasperante, no veo la hora de que llegue el seis el siete el ocho y que por un lapso, cada vez más breve, la cuenta Sueldos aparezca exuberante. O al menos lo parezca. Porque si se examina minuciosamente, si a ese monto que a su manera dice algo en una pantalla sin sentimientos lo pusiéramos a caminar por la peatonal, no duraría diez minutos.

Hoy, por ejemplo, el dato crucial es $ 2.120,51. Lo digiero como si se tratara del Riesgo País en alza. Riesgo representa su raquitismo extremo. Pienso que tengo por delante unos diez días, siendo optimista, para que la suma se incremente como por arte de magia. Así que trazo un plan de vuelo rasante con la intención de aterrizar a fin de mes sin tantos moretones, diseño estrategias para comer y divertirme con alrededor de $ 200 diarios. Lo cual es difícil aunque presumo, no imposible. Sólo hay que ir derechito, concentrarse en la línea y no salirse ni un centímetro. Imaginemos un paraíso caribeño, pensemos así, en algunos lugares uno come lo que venga con tal de que el placer, el ocio se prolongue, no repara tanto en alimentos sino más bien en la playa, en las noches, el alcohol barato y el sexo con la brisa como fantasía primordial.

Así que un mediodía propongo fideos con aceite, al siguiente también. Torrejas de algo hay que preparar. Arroz, algunas latas quedan en la alacena. Las cenas bien frugales. El fin de semana se podría festejar con un guiso de lentejas y cuarenta grados de calor. La parrilla sólo promete choripanes. Podríamos tomar agua para desintoxicarnos mientras esperamos que llueva la inversión que brote verde la luz de los depósitos y el semestre soñado deje de ser la tierra prometida.

Ojalá ese sacrificio valiera la pena, digo, tuviese una retribución más ostentosa. Sus resultados fulminantes. Ojalá cayeran los responsables de la miseria, de la opresión, del sufrimiento. Porque de esta manera, ni coger es sencillo, ni coger se puede sin maquinar que mañana la cuenta estará un poco más exangüe, y también hay que comer pero que hoy, seguro, alguien ya no come.

*Escritor


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