Imaginemos otra educación posible

Por el

Estimados lectores, y en especial a quienes se dedican a la tarea de educar, quiero invitarlos a que pensemos, sintamos, soñemos e imaginemos que otra educación es posible. Cuantas veces me pregunto, si los educadores hemos renunciado al deseo de soñar y de imaginar que podemos “salirnos” de la instalación tediosa y rutinaria que nos lleva a hacer poco o nada para promover cambios de perspectivas en el estudiantado.

Si la educación que hacemos en las instituciones educativas no invita a soñar otro mundo, otra realidad, que promuevan la apertura a nuevos horizontes, ¿qué educación estamos haciendo?…, entiendo que es mucho más sencillo, más cómodo, más seguro seguir el orden establecido por “el sentido común dominante”, que abrir senderos que habiliten a creer que otras formas de vida son posible.

Las palabras soñar, imaginar pueden parecer superficiales, para ser utilizadas en la escuela, porque la escuela no está para soñar, están para “formar personas que puedan sobrevivir en un mundo que no da muchas chances para los soñadores, sino para los realistas”.

Invito a que se animen a soñar, a que se imaginen, a ser creativos para recrear un proyecto curricular que no quede entrampado en un cumulo de repeticiones, que no incentiva a mirar, sentir, desear y pensar un mundo diferente, pero para hacerlo hay que estar insatisfechos con este mundo en el que estamos viviendo, porque puede ser que en mi mundo yo me sienta satisfecho, pero cuando levanto la mirada, podre ver que hay otros mundos que viven en los márgenes existenciales, y que nos interpelan en nuestras formas individuales de vida. Si no doy este primer paso de mirar y ver, no tendremos la motivación para salirnos de nuestras “burbujas” y lanzarnos al desafío de educar para ampliar horizontes de vida, que no se conformen con lo que está predeterminado y establecido como mandato social a cumplir.

Los educadores no podemos, ni debemos, ser solamente cumplidores de nuestro rol, encaminando a los estudiantes hacia esas metas fijadas, de las cuales no es posible salirse, porque el objetivo es que la escuela prepare para “ser alguien”, y ser alguien significa cumplir obedientemente y resignadamente lo que está establecido, anulando la rebeldía, aplastamos los sueños, y educamos para padecer y aceptar lo que está pasivamente.  

Si la educación que hacemos en la escuela no enseña a creer, a ampliar la mirada, a ser más sensible, y más libres, estará encerrándose en un mundo que no abre horizontes, ni senderos, sino que encamina a encajar para obedecer, consumiendo lo hay que consumir, creyendo lo que hay creer, aceptando la vida que te toca sin cuestionar, siendo obedientes para reproducir un sistema social, cultural y económico que deja demasiados excluidos.

Me duele una educación que no quiera salir del corset, del encierro, de sus seguridades e instalaciones, que se quede entrapada en estadísticas que son parte de un sistema que dice quienes podrán competir en la sociedad, y en consecuencia ser los ganadores, porque son los que más meritos hicieron, dejando fuera por perdedores a muchos que son parte de las estadísticas e inviables para el sistema.

Foto: Red de Estudiantes Solidarios

Debemos educar para desafiar y potenciar proyectos de vida con sentido que se configuren como creadores de conciencias y corazones sensibles, permeables, empáticos, críticos, comprometidos con su entorno, que comienza por el cercano (lo propio, el nosotros) para trasladarse a lo más lejano (los extraños, los otros). Tenemos que revertir desde lo educativo una cultura que incluye a los posibles, pero aleja a los “imposibles” amurallándolos  desde las estigmatizaciones con las que se etiqueta a los empobrecidos, marginalizados, los sin futuro, y mucho menos un presente.

Quienes dedicamos nuestras a la vida educación, no debemos dejarnos avasallar por  la estratificación, la segmentación social, reproductora de las desigualdades, que no habilita la posibilidad de transformación. Si la escuela no rompe con esos esquemas funcionales a un orden que perpetua la desigualdad, no será considerada como horizonte de salida, de esperanza, y lo peor es que perderá su sentido existencial y dador de nuevas vidas.

Debemos pronunciarnos con decisión y coraje, para no ceder a un conjunto de teorías, concepciones y prácticas que no quieren que nada cambie, para que todo permanezca en un orden que favorece a pocos, y desecha a muchos. Para esto debemos promover una educación que libere, que habilite nuevos horizontes, profundamente creyente de sentidos, que tensione e interpele el presente, que ayudan a criticarlo, a buscar ser creativos para una práctica que libere, promueva, empodere, concientice y transforme.

Quiero una escuela donde se eduque para soñar, para ser protagonistas activos de los cambios, que anime a decir palabras nuevas, empancipadoras, que superen la pasividad de un conocimiento que alimenta y profundiza las exclusiones.

Soñemos, porque es posible, porque lo podemos hacer, escuelas alumbradoras de caminos que lleven a horizontes más justos y solidarios.

Julio Ricardo Moschen- Profesor



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