La muerte le sienta bien

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* Por Alfredo Germignani

De qué hablamos cuando hablamos de morir de Roger Otero Lorent

Resulta que la semana pasada me diagnosticaron un principio de neumonía con angina fulminante que me dejó postrado en la cama una semana. Me dolía la garganta, el cuerpo, tenía fiebre y como de costumbre odiaba a todo el mundo —aunque siempre en términos pacíficos.

Fui al médico gateando. Me recomendó reposo estricto y me dijo así simplemente: antibióticos si no te querés morir. Aprovechando el tiempo en reposo por las mañanas para odiar más al resto del mundo, me puse a hacer la tarea. Previamente, el editor se negó a entregarme una galera decente, por lo que tuve que imprimir cien páginas oficio, con el impacto ecológico que ello implica teniendo en cuenta que una hoja de papel blanco requiere trescientos setenta centímetros cúbicos de agua limpia para ser producida. Con esta carga en el corazón y galera en manos, me puse a leer el libro que me trajo a cuento: De qué hablamos cuando hablamos de morir de Roger Otero Lorent.

Lo primero que pensé es… ¡Maldito seas, Otero Lorent, ¡cómo puedes tener ese nombre! Y lo pensé así, en latino neutro. Inmediatamente después dictaminé que sería sensacional cualquier título de libro que estuviera por debajo o por encima de ese apellido. ¿Es de verdad este nombre? ¿Es real verdadero? Cosas como ésas me embargaban.

Lo segundo que pensé —después de leer el título más detenidamente— es que no podría haberme equivocado. No podría haberme equivocado porque de todas maneras ya había aceptado el encargo del editor y me había impreso la galera en detrimento (ya dije) del impacto ambiental.

De que hablamos cuando hablamos de morir

Lo tercero —obviamente— fueron los cuentos. Doce cuentos. Doce cuentos FABULOSOS. Un muestrario de morbosidad latente, putrefacta y sucia. “Justamente lo que andaba necesitando”, me dije a mí mismo ni bien culminé la lectura del texto-obertura del libro, “Cuarto de familia”.

Al instante siguiente —para poder continuar con mi raid literario e intuyendo que mantendría un enfrentamiento cuerpo a cuerpo con la Muerte— le pedí a mi compañera Laura que me hiciera una diligencia en el quiosquito de la vuelta. Le pedí que me comprara una botella de (créanlo, es realmente muy adictiva) Cepita del Valle Naranja Tentación, ya que no podía consumir drogas ni alcohol y me encontraba muy deprimido.

Ya con mi botella de Cepita del Valle Naranja Tentación sobre mi mesita de luz, retomé —más seguro de mí mismo— “Cuarto de familia”. Me causó escozor el testimonio de su bastardo protagonista, quien tras la muerte de su padre se sumerge en la búsqueda de su pasado.

El tipo quiere saber quién fue su maldita madre. Inicia una averiguación demencial, psicótica. La historia tiene un final tan retorcido que podría ponerte a juntar tapitas de plástico.  

Un texto-obertura es siempre importante. Y “Cuarto de familia” nos introduce al autor y a sus formas. Encontramos una prosa sobria, precisa y de cuidada parquedad. Es el contexto y los temas los que dan profundidad y sentido a las historias de Otero Lorent. .No designan lo monstruoso, lo nombran. Sin concesiones hacia nada ni hacia nadie, rescatan lo real en su decadencia amorfa y brutal. Sus personajes se mueven adentro de sus narraciones como espectros enajenados en hospitales psiquiátricos abandonados. Bailan una danza macabra sobre la cornisa del pavor. No estamos ante un libro que da miedo, que genera miedo —por decirlo de algún modo a la vieja usanza. Estamos ante historias que producen tensiones perfectamente tramadas.

En “Mπαμπάσ” —Babaz, pronunciación fonética en griego = significa “papá”—, una misteriosa mujer que aparece de la nada se ofrece gratuitamente a tener sexo con un sexagenario lector en una placita local. Así empieza a operar la maquinaria del desquicio narrativo de la Muerte, va fluyendo; no son golpes bruscos ni terapias de shock, sino que produce densidades escabrosas que operan sobre la realidad sucia de sus personajes, asfixiándolos sobre el final.

En “El último beso” por ejemplo, asistimos a la decrepitud ¿amorosa, sexual? de una pareja de ancianos que superan el siglo de edad. En este relato, podemos empezar a disfrutar con más soltura de los sensacionales diálogos que consigue confeccionar Otero Lorent para dar cuerpo —realidad real, digo yo— a sus personajes. “El dilema” es otro fiel ejemplo de ello, escuchen como suena el motor de arranque nomás: «Elena es hermosa, joven y quiere tener sexo conmigo. Yo estoy soltero. Sería fácil ceder a su petición si no hubiera un inconveniente: es la esposa de mi mejor amigo».

Lo escabroso es una presencia pulsional en todos los cuentos.

El extraño” es sencillamente una pieza perturbadora. Coloca al lector en la primera persona de un pibe abusado sexualmente y de una presencia desconocida, oculta, que lo interpela entre el sueño y la vigilia. Dicta sus acciones, lo revela.

  En lo personal —quiero decirlo— soy una persona aburrida, todos los días me hago las mismas preguntas: ¿Dónde está lo posible? ¿Dónde está lo imposible? ¿Realidad? ¿Ficción? ¿Verdad? ¿Ilusión? En un mundo que es el nuestro, el que conocemos, sin diablo, sin vampiros ni fenómenos poltergeist, se produce un acontecimiento imposible de explicar por las leyes de ese mismo mundo. Quien percibe el acontecimiento debe optar por una de las dos soluciones posibles: o bien se trata de una ilusión de los sentidos, y las leyes del mundo siguen siendo lo que son, o bien el acontecimiento se produjo realmente, es parte integrante de la realidad, y entonces esta realidad está regida por leyes que desconocemos. Lo fantástico —según Todorov— ocupa el tiempo de esta incertidumbre. La vacilación.

Lo fantástico —entonces— implica una integración del lector con el mundo de los personajes, que se define por la percepción ambigua que el propio lector tiene de los acontecimientos relatados. La vacilación del lector es la primera condición de lo fantástico. Este propósito —creo yo— podría definir la potencia literaria de De qué hablamos cuando hablamos de morir.  

Prosigo, retomo la reseña. “Un ataúd para la visita”, aterradora historia de una jovencita que llega a mitad de una noche escabrosa a una funeraria solicitando comprar un ataúd. El final es escandaloso, al menos para el funebrero. “El juego de los bastardos” enfrenta a un niño y a su rencoroso abuelo, en el medio de una verdad revelada. “Padres de película” retrata los sinsabores de un pibe que descubre que sus padres fueron actores porno. En “Llamada silenciosa” asoma el Autor —Real y Verdadero— como una presencia demoledora, como una Nada que dicta, establece, ordena e impone, simplemente porque se le da la gana.

Plagio” es una joyita que enfrenta a dos amigos por la autoría de un libro. Yo —de puro arbitrario que soy—, en lo personal muy profundo adentro mío, quiero creer que este texto es de alguna manera una audaz metáfora en torno a la polémica entre R. Carver y su editor Gordon Lish, que hoy sabemos intervino y modificó numerosos trabajos literarios del paladín del «realismo sucio». Ni digo más nada. Lo dejo ahí, picando…   

Finalmente, me reservé para lo último “La espalda millonaria” y el cuento homónimo que da título al libro: “De qué hablamos cuando hablamos de morir”. Dos policiales sabrosos y tremendos. En el primero, un fiscal apedillado Machaca se apersona en la escena del crimen de un millonario apuñalado por la espalda. En el segundo, un abogado recibe una desafortunada llamada telefónica de matones y malvivientes en un apasionando juego de extorsionados y extorsionadores.

De qué hablamos cuando hablamos de morir de Roger Otero Lorent es literatura de buena pasta. Literatura al palo. Literatura latinoamericana. Literatura “mulita”. Literatura a secas. Materia oscura para sus malditos lectores.

Así terminé de leer este morboso libro, doblegado por mi principio de neumonía y mi angina fulminante. Aplastado en mi cama, un poco más decrépito que de costumbre, un poco más ambiguo y «odiador» que al empezar a leerlo. Procuré tajearme las venas para sentirme más real, más verdadero. Pero me desperté hermoso, taciturno, con la certeza de que ya había sucedido todo.

*Escritor


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