Educar como acto de amor

Por el


Por Julio Ricardo Moschen*

Antes de comenzar con estas reflexiones sobre educación, quiero agradecer al equipo de Proyecto Bohemia, por el valioso trabajo de comunicar que hacen, desde otras visiones que superen el formato tradicional de contar solo lo que otros quieren escuchar o lo que nos dicen que es importante porque es lo que a “la gente les interesa”, entendiendo a “la gente” como un impersonal de todos como una masa acrítica y solo receptiva.

Estas líneas se suscriben en el espíritu de apostar que podamos pensar, sentir, percibir, imaginar juntos que educar es un acto que nos trasciende individualmente y que nos convoca a ser parte juntos de la misión maravillosa y no menos desafiante de hacer de la educación un encuentro entre seres humanos.

Para quienes somos docentes y habitamos en la cotidianeidad de nuestras vidas los espacios escolares, podamos dar cuenta que la tarea de educar se basa principalmente en compartir experiencias humanas que no son neutras e inocuas, sino que están atravesadas por tensiones, búsquedas, conflictos que hacen de la docencia un trabajo que requiere de un profundo y sentido servicio que se fundamenta en el amor como ejercicio convocante de promover el encuentro entre las individualidades con el ánimo de crear comunidades de vida.

educacion res

Vivimos en tiempos donde la complejidad de las realidades sociales son demandantes de respuestas y acciones por parte de la escuela. Entiendo que los que hacemos docencia y transitamos las instituciones educativas nos encontramos con estos desafíos apenas pasamos el umbral de la entrada.

Es desde ese momento vital que debemos reafirmar una y otra vez la mística que nos envuelve para enfrentarnos con pasión y compromiso a las culturas de la exclusión, y del descarte que hieren y marcan las vidas de los y las estudiantes.

Pareciera obvio decir que los docentes “trabajamos con personas”, no con máquinas, pero es aquí donde quiero centrarme en esta reflexión, creo que la vorágine en la que estamos insertos nos hace perder el sentido de humanidad que constituye el ámbito escolar. Corremos el serio riesgo de perdernos en la “función” del hacer, en detrimento del “estar desde el ser”, asumiendo que nuestro ser docente está expuesto desde la vulnerabilidad de lo que somos como seres humanos, y no desde un pedestal de seguridad que disciplina, ordena y normaliza, este modelo y/o paradigma clásico y que andamio al sistema educativo, hoy ya no responde en el relacionamiento con las subjetividades siglo XXI.

Educamos promoviendo encuentros, animando a que los estudiantes puedan descubrir sus potencialidades, asumir sus identidades y poder proyectarse desde el reconocimiento de sus historias individuales y colectivas hacia un horizonte de futuro posible y digno de ser vivido, estos son los desafíos que hoy nos convocan a todos los educadores. Para esto debemos abandonar los territorios de comodidad para adentrarnos en otros mundos que son fuertemente interpelantes y que nos hacen orillar en los márgenes existenciales donde las seguridades quedan expuestas por las vulnerabilidades vitales que nos implican en el relacionamiento cuerpo a cuerpo, que construye opciones con otros.

Educamos provocando en los otros la amplitud de mirada que incluya e integre, que se enriquezca desde las diferencias dinamizadoras para hacer sentir que somos parte de mundos donde pueda haber lugar para quienes se sienten abandonados y olvidados, con cuántas de estas realidades vitales nos cruzamos en las escuelas, no podemos, ni debemos hacernos los distraídos e indiferentes.

Educamos haciendo que las miradas se amplifiquen, para observar que el mundo está compuesto por muchos mundos, con sus propios colores, con sus singularidades, donde hay quienes la están pasando mal por las lógicas expulsivas de quienes son sometidos a vivir en las marginalidades, educar es ayudar a abrir los ojos de la mente y del corazón para encontrarse con otros mundos donde la desesperanza aplasta y niega el horizonte.

Educamos para romper con los encierros de las soledades no elegidas como opción, sino por haber sido impulsados por sistemas culturales, sociales, económicos, que recluyen a muchos en los costados del camino donde la dignidad humana se encuentra herida.

Educamos para hacer frente y poner sobre en la agenda cotidiana las problemáticas que habitan a los y las jóvenes, como las adicciones, variadas y crueles que se ensañan con las vidas de tantas juventudes que se pierden en sendas del sinsentido por qué no tuvieron en el camino la posibilidad de encontrarse con educadores creyentes que no hay vida humana irreparable y que no deba ser digna de ser vivida. Debemos hacer autocrítica sincera y honesta con nosotros mismos para poder hacernos cargo de cuando elegimos la comodidad y pasividad por no arriesgarnos de ponernos en el camino de quienes vagando por sendas perdidas “se refugian en la nada, y se cansan de ver un montón de caras y ni una mirada” como lo recita la canción de Callejeros.

Educamos para hacer desandar las culturas de la exclusión que nos paralizan y que quiebran el sentido comunitario, promoviendo individualismos que se encierran para no comprometerse e involucrarse, o hacemos comunidad o nos hundimos en los individualismos egoístas. Hay que poder plantearlo de modo comunitario, de modo individual no se puede, esto nos implica a todos los que integramos comunidades educativas, como constructores  de conocimientos, y aprendizajes con sentido e interpeladores de los modelos culturales que deben ser deconstruidos, si no lo hacemos, corremos el riesgo de proponer una educación desinteresadas y no comprometida, alienante y ocultadora de realidades de injusticia y miseria.

Animo e invito a quienes eligieron la docencia como opción de vida, a renovarse en esta tarea que es transformadora de vidas y que hoy sienten que se les fue la pasión, y que se sienten en soledad desandando por sendas esquivas, a renovar la pasión y redescubrir el amor que anima y motoriza lo que hacemos en cada momento de nuestras vidas. Educamos porque creemos profundamente en lo que somos,  hacemos y promovemos. “No hay cambios sin sueños ni sueños sin esperanzas” (Paulo Freire).

*Profesor

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