Integración Educativa: Un Desafío Social

A pesar de la legislación vigente y la insistente frase “inclusión educativa”, en la práctica, la integración de chicos con discapacidad a escuelas convencionales del sistema, parece difícil de aplicar. Es un proceso que pretende unificar la educación ordinaria y la especial, para ofrecer un conjunto de servicios a todos los niños y jóvenes, en base a sus necesidades de aprendizaje. La evolución requiere de muchos agentes, donde padres y docentes juegan un papel fundamental. Como veremos a lo largo del artículo hay profesionales con total compromiso y vocación que encarnan la tarea de la integración con la mayor responsabilidad. Pero también existen carencias que hacen aún más complejo este procedimiento.

En la Argentina hay resguardo legal. La Convención Internacional de los Derechos de las Personas con Discapacidad que tiene rango constitucional, se refiere al derecho a la educación inclusiva, que también está contemplado en la Ley de Educación Nacional (26.206).

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Pero cuando las experiencias de ese proceso  tienen rostros, se torna un desarrollo duro de afrontar. Delia (nombre ficticio), mamá de un chico de 15 años con TDAH (Trastorno de Atención e Hiperactividad), relata vivencias muy complejas para el adolescente y su familia que se dieron desde que se escolarizó hasta por lo menos el 2° año de secundaria que hoy cursa. “Las experiencias negativas se dan incluso en escuelas que dicen, hasta en sus programas, que trabajan en integración. Desde el desinterés de algunos docentes hasta la indiferencia y agresiones de sus propios compañeros. Han llegado a dejarlo encerrado en el baño, ha vuelto mojado a casa producto de los tratos de sus compañeros, lo escupían y pateaban, le robaban sus útiles”, cuenta con dolor la madre.  

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En el país, unos 77 mil alumnos con discapacidad están integrados. En tanto, otros 124 mil asisten a escuelas de educación especial, según la Secretaría de Gestión Educativa de la Nación. Esto quiere decir que seis de cada diez de estos chicos no tienen un lugar en las aulas. “Cuando iba a entrar a salita de 4 años, quisimos que nuestra hija vaya a un jardín público”, cuenta Víctor (nombre ficticio) papá de una chica de 15 años que padece una parálisis cerebral que le provoca inconvenientes en su motricidad-. “Vivíamos en el Golf Club, acudimos al jardín del barrio y le explicamos a la directora sus dificultades. Primero nos dijo que sí. Cuando llegó el primer día de clases nos dijo que si no iba con una maestra especial no podía entrar a la escuela. Ni siquiera se tomaron el trabajo de conocerla, porque en realidad ella no tiene otro problema que el de movilidad. Ahí fue la primera vez que sentimos el drama de la discriminación”, sentencia el padre con desazón.  

Ante la negativa del jardín de aceptar a la niña, sus padres cuentan, “buscamos una escuela privada: allí hizo salitas de 4 y de 5 en la escuela Adventista. En el primer caso fue una muy buena experiencia con mucha apertura y aceptación de la maestra de sala de 4. Sin embargo, no fue así con la de 5 años. A pesar de que era la misma escuela, esta maestra la tuvo como una planta. Nuestra hija ya sabía leer de corrido palabras enteras y su maestra nunca lo supo. No la hizo participar”.

Que en los programas o publicidades, las instituciones sostengan que son integradoras, no es suficiente: “Hubo un caso que nos marcó mucho como familia y nos convenció de sacarlo de esa escuela: una docente de Lengua les decía a él y otra nena discapacitada también, que  ellos estén callados, que no hablen ni participen en la clase -relata Delia- Y cuando fuimos a hablar con la profesora confirmamos su postura, nos dijo que no era necesario que participe, con que esté nomás era suficiente. Me dolió muchísimo porque él quería participar y se sentía muy mal con el planteo de su docente, se daba cuenta por qué”, admite con tristeza la madre.

Las experiencias pueden ser diferentes en escuelas públicas o privadas, pero el denominador común es haber deambulado por instituciones educativas hasta hallar la más favorable para los chicos. Carina y Nicolás, padres de un un niño de 15 años con TGD (Trastorno Generalizado del Desarrollo), mencionaron varias instituciones a las que golpearon puertas para la educación de su hijo. Una fue la más cercana al lugar donde viven:  “Fuimos a la del Barrio San Cayetano donde nos dijeron que había cupo, hasta que dijimos que él presentaba discapacidad. Ahí, fue una catarata de excusas que nos amargó y enojó mucho”.

Pero no todas las vivencias son negativas, los padres insisten y encuentran compromiso y amor para sus hijos: “ADEI (una ONG que promueve la integración escolar, social y laboral de las personas con discapacidad), nos sugirió la escuela 315 de Arturo Illia y calle 6 -cuenta más entusiasmada Carina-, esta fue la contracara de las experiencias anteriores. La directora nos abrió las puertas, nos dijo que sí. Ahí encontramos mucha predisposición”. Sin embargo Nicolás sentencia: “La inclusión en la escuelas se da, pero muy improvisadamente. Hay docentes que tienen predisposición, pero muy pocas herramientas”.

Susana es mamá de dos niños de 13 y 9 años, ellos tienen retraso madurativo. A la familia tampoco le resultó fácil encontrar una escuela para los chicos. “Solo integradoras se ocupan y lamentablemente, al menos por mi experiencia las que encontré son todas privadas. Llegué llorando a IMEI (Instituto Moderno de Educación Integral), después de haber recorrido escuelas públicas con respuestas negativas. Es muy doloroso”. Las experiencias pueden ser diferentes, pero hay convergencias que igualan a estas familias el dolor de sentir la discriminación y hasta la agresión contra sus hijos, pero también el amor y la tenacidad de lograr lo que es un derecho para ellos.

Compromiso con la inclusión: experiencias positivas

Verónica Ruíz Díaz es Profesora de Educación Especial para alumnos con discapacidad mental y físico motriz. Hace 13 años trabaja en diferentes ciudades de la provincia. Cuenta que trabaja con “personas con muchas discapacidades distintas, pero siempre poniendo el énfasis en el potencial que tiene cada uno.Trabajamos la integración en función de lo que necesita el alumno. Podemos consensuar con la familia, con la escuela, pero siempre hay que tener presente la necesidad de la persona, antes de ser hijo o alumno es persona. Lo ideal es trasladar todo lo que va  aprendiendo a los distintos ámbitos”. “Todos los chicos discapacitados trabajan personalmente para tener herramientas que le permitan lograr “encajar” en la escuela a la que van, el club  o el barrio. Para insertarse socialmente. Lo principal es generar y aumentar los niveles de autonomía, desde hacerse un café con leche hasta volver solos a la casa, conocer el camino”, dice Verónica que apuesta, con su trabajo, a que las personas discapacitadas logren una mejor calidad de vida. Ellos hacen su parte, pero todo parece cuesta arriba. Las oportunidades no son las más y deben salir a buscarlas en la sociedad a la que tanto ansían pertenecer.

La E.N.S. N° 88 Simón Bolívar de Resistencia es una experiencia positiva. Trabaja con dos instituciones en la integración de los adolescentes con discapacidad. Crecer con todos, con 5 chicos integrados, y la Girasoles con dos. En cuanto a la metodología de trabajo, Pamela Schulz, Asesora Pedagógica de la escuela nos cuenta que “las instituciones integradoras se acercan, buscando la matrícula del chico. Nunca hemos tenido problemas para incorporar a ninguno. Se hace una reunión con el equipo interdisciplinario de la institución ( psicólogos, asesores pedagógicos y el profesor que acompaña al estudiante) se plantean los acuerdos escolares. Trabajo en cuestiones sociales o escolares específicamente. Cuáles serían las adecuaciones escolares según la condición del estudiante. Se trabaja de manera constante e interdisciplinaria” explica.

El acompañamiento de instituciones especiales es fundamental. “Ellos los acompañan diariamente (Girasoles – Crecer con todos), tienen una persona que hace el seguimiento de la trayectoria escolar , todos los días. Si no, sería imposible el trabajo con el adolescente” explica la psicopedagoga.

Nadie dice que es fácil: “la escuela no es sólo enseñar una materia”

“Si bien con la experiencia crecemos todos y hay legislación que ampara la integración, nos dicen que hay que incluirlos pero no nos dicen cómo”. Las contrariedades son varias, incluso barreras edilicias y otras carencias dificultan la integración. “Nos falta el espacio físico, capacitación, no nos formaron para trabajar con chicos que aprenden de determinada manera. Muchas veces al docente le cuesta llegar a ese estudiante para potenciar sus capacidades e integrarlo al año que cursa”, indica Shulz y explica que “hay discapacidades más complejas que otras. En estos momentos tenemos un chico con TGD, es muy inteligente, pero le cuesta los vínculos sociales. No se integra con sus compañeros. Pelea todo el tiempo. Tenemos chicos con retraso mental severo y moderado, en esos casos la parte cognitiva no la trabajamos tanto pero si la integración social. Cómo moverse en la vida, por ejemplo.Y eso para nosotros también es difícil, somos profesores disciplinares. Enseñamos sólo matemática, sólo lengua y esto requiere un trabajo más transversal. Pero insisto, nos fortalece como profesionales, día a día. Nos ayuda a tener presente que la escuela no es sólo enseñar una materia”, expresa la profesora.

Sus pares: el papel de los compañeros

“También nos pasa que los otros alumnos manifiesten que no están cómodos por cómo se trabaja en la clase – cuenta Pamela-. Tenemos una estrategia. Conocemos el caso y después se lo presentamos a los chicos. Les contamos quién y por qué se va a integrar ese compañero. Lo mismo a la persona que llega al grupo. De esa manera se va construyendo la relación.  A veces nos resulta bien, a veces no y con más o menos esfuerzo logramos llegar a fin de año con algunas cosas resueltas”.

Nadie está preparado para afrontar las diferencias, pero el deber social, puede ser una  herramienta para empezar un camino posible. “Recuerdo un caso, de un adolescente en primer año que tiene TGD. Es un chico sin filtro, así como siente la realidad, la dice. Los otros no lo entendían. Generó toda una cuestión en el curso. Empezaron a juntar firmas para poder sacarlo del aula. Cuando nos enteramos lo trabajamos junto a la institución de apoyo, con sus compañeros y con él. Nos llevó como tres meses hasta que decidimos que el grupo no estaba preparado para recibirlo y lo cambiamos de curso.

 

El contexto latinoamericano y mundial

A instancias del III Congreso sobre Discapacidad, dialogamos con Blanca Zardel Jacobo, especialista en discapacidad, que desarrolló el tema inclusión educativa en ciclos superiores. Nos dió su lectura sobre el avance del proceso en los años, en un contexto cercano, como algunos países de América latina y otras experiencias como Francia, país precursor del lenguaje de señas, entre otros adelantos en la temática.

La docente de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México), cuenta que “en el sistema básico de latinoamérica, la integración se da desde los años 70, hace 47 años. En México  comenzó con la creación de una Dirección General de Educación Especial. Y en un lapso de 10 años, todo el país tuvo escuelas especiales, y generaron docentes. Eso habla que años antes mucha gente luchó para la educación de sus hijos”, indica la especialista y sigue el detalle de los logros obtenidos en discapacidad según pasaron los años. “Ya en los 90 la educación especial pasa a la integración educativa, los chicos pasan a la escuela básica. Pero es curioso, en México fue en los 70, mientras que en el mundo entre 1930 a 1940 se fue generalizando la educación especial. En Francia en 1780 se creó el Instituto Nacional de Sordos, el padre fundador del lenguaje de señas. A Brasil y México llegaron egresados de ese instituto”, relata la docente repasando los avances en las herramientas logradas, según el paso del tiempo. La educadora expresa que, a pesar de que parezca mucho lo que falta para la inclusión plena de las personas con discapacidad, es notable la evolución en el tiempo.  Zardel Jacobo indica que recién con la creación de la educación especial comienza el reconocimiento de la existencia de personas con discapacidad y sus necesidades y por ende la implementación de políticas públicas que comiencen a favorecerlas. “En aquel entonces empezaron a visibilizar a una población con discapacidades. El rey podía ver el avance de los alumnos ciegos y sordos -comenta e insiste- se visibiliza una población que antes estaba perdida entre los marginados. Fueron dos siglos para Francia – dice y plantea el interrogante- ¿cuánto crees que necesitemos para la integración educativa en Latinoamérica?”.

El proceso es lento, para las urgentes necesidades de los discapacitados y sus familias, sin embargo esperanzador. Para la docente, además del esfuerzo de los padres, es imprescindible la participación de otros actores, como los docentes del sistema convencional, fundamentales para mejorar el proceso de integración. “De ser posible que se quiten la etiqueta y que entiendan que tienen un ser humano ahí. Que interrumpan sus saberes de lo que es normal, anormal, discapacidad. Hay maestros comprometidos -sostiene- que empiezan a ver como le hago, nos vamos conociendo en un encuentro de lo que yo tengo para darte como docente y como podemos hacer para que lo recibas de la mejor manera”, ensaya una postura la especialista e insiste en que “hay docentes que saben que tienen una responsabilidad ante el otro, y cuando la asumen ya no lo toman como un deber drástico”. Zardel Jacobo reconoce que es cierto que hay carencia de formación en los docentes del sistema básico, pero también resalta que ante la situación “muchos educadores dijeron bueno, vamos a ver qué hacemos” y afrontan la responsabilidad.

Hubo avances en la integración, aunque cuánto nos falta crecer en igualdad de oportunidades educativas. El desafío es social. El paso fundamental está en el mundo de los “capacitados”. Mejorar la calidad de vida  de un “discapacitado”, en un mundo hecho para personas con plenas capacidades y destinadas al éxito.

 

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