Tenés que Leer: Diario de un hijo

El libro con el que Tute homenajea a Caloi, su papá



Honrar la vida

Por Eugenia Barberis

Tute lo hace una vez más: sorprende con la creatividad y generosidad de su trazo y de sus ideas. En “Diario de un hijo” homenajea al mítico Caloi –Juan Carlos Loiseau en los papeles- porque el libro es una excusa para evocar y exponer el duelo por la muerte de su padre.  Juan Matías Loiseau –Tute- es un humorista gráfico que ha logrado conservar el estilo y los temas de la vieja escuela. La paterna de Caloi, pero también la de sus admirados amigos: Quino y Roberto Fontanarrosa, para empezar. Y aparece como un más que digno heredero de esa tradición.

Por momentos desde la sonrisa, por otros desde la emoción o la tristeza, Tute va desenrollando el hilo de una relación que incluye recuerdos de todo tipo, incluso algún que otro cuestionamiento. Y lo hace siempre a través del humor gráfico, que en tanto género es tan complejo de encasillar: a partir de dibujos, se acerca a la comedia para describir situaciones hasta dramáticas.

Contratapa del libro de Diario de un Hijo

El libro es un recorrido por su vida como hijo a través del dibujo, la historieta, el comic, el humor gráfico o como se lo quiera definir, que pivotea especialmente en la relación con su padre. Pero no puntualiza (aunque tampoco evade) el vínculo profesional sino principalmente lo transcurrido y habitado, en ese honrar la vida que brota cuando se intenta homenajear a alguien que nos definió como personas y, en este caso también, en el medio de vida, en el oficio.

Sin más introducción que una foto de los dos juntos en la solapa, aunque mucho más jóvenes, “Diario de un hijo” parece un intento de explicación a sí mismo de lo inexplicable, transitando un recorrido vital en el que es permanente la presencia del padre. Sin golpes bajos pero sí con una sensibilidad a flor de piel, los dibujos se suceden página tras página dando cuenta, más que de la muerte, de la vida vivida. Como si parafraseara gráficamente el haiku de Benedetti que reza que, después de todo, la muerte es un síntoma de que hubo vida. Y bien vivida, se podría agregar.

Un capítulo aparte merecen las reflexiones que representa en las viñetas con su psicoanalista, en las que expresa de manera descarnada todos los estados de ánimo por los que atraviesa en el proceso de duelar a su padre.

El hecho de conservar los errores no es un dato menor en una muestra de los sentimientos humanos. Literalmente mantiene palabras tachadas, corregidas y hasta algunas sin sentido aparente para intentar lo que, a mi criterio, logra sobradamente que es impactar directamente en lo que se analiza a lo largo de la historia en tantas disciplinas teóricas: la muerte y su correlato vital; la vida y el inevitable final.

Para mí, “Diario de un hijo” muestra la herida de la muerte del padre en carne viva pero con gracia, respeto, veneración, ironía, suspicacia. Sobre los dibujos no puedo opinar: soy de las personas que admiran a quienes con pocos trazos pueden dar cuenta de algo tan duro como el cáncer, tan simple como el amor o tan complejo como las relaciones humanas.

Por eso es tan bello el libro de Tute, porque desde un formato que muchas veces apareció como arte menor, logra conmover y hacer reflexionar sobre la terrible pérdida que significa un ser tan querido desde una vertiente creativa a la que no siempre se le hace justicia como es la historieta o el humor gráfico. Así, el lector promedio (o yo, al menos) se termina preguntando si hay mejores o peores formas de enfrentar las tragedias humanas, como si alguien tuviera la receta de cómo hacer un duelo. No creo que nadie tenga la respuesta, pero este libro logra sacarnos del lugar lúgubre y llevarnos de la mano por un recorrido hermoso, triste, pero hermoso.