El vuelto del capitán Sparrow

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Ninguna generalización es válida ni tiene fundamentos serios, pero para afirmar un hecho social como lo es la violencia contra las mujeres, existen estadísticas que exhiben una realidad incontrastable y feroz.

En nuestro país se mata a una mujer -por el hecho de serlo- cada 29 horas y ese es un dato -lamentable-, no un relato. Como lo es su situación desigual -como grupo, como género-, histórica y estructuralmente vulnerada y subordinada al poder y orden patriarcal.

Expuesta esa desigualdad a través de las luchas feministas se logró en forma paulatina el reconocimiento de derechos sociales, políticos y económicos que se negaban por el simple hecho de haber nacido mujer. En el ámbito jurídico, se incorporaron instrumentos internaciones y leyes nacionales y provinciales que obligan a quienes integran el Poder Judicial a obrar con perspectiva de género. No según su concepción ni idea de lo que es “ser mujer”, sino considerando y teniendo en cuenta su -todavía- posición estructuralmente desigual y desventaja social y económica.   

Pero hay que decir también que desde hace tiempo es preocupante y crítica la relación indefectible en la consideración -prácticamente mecánica- de una mujer siempre víctima, indefensa y explotada y un hombre violento, abusivo y explotador, que invariablemente es un enemigo y al que inevitablemente, ante una denuncia, hay que contener por medio de la prisión.

Aunque exista consenso en que el derecho penal sirve para retribuir delitos o resocializar y también en que el sistema penal no es un medio para resolver problemas sociales, se transformó en un recurso desmesurado para solucionar la desigualdad estructural de las mujeres, la discriminación y las relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres.

De las derivas de las generalizaciones en estos tiempos del populismo punitivo, se impuso no sólo un catálogo de las violencias, sino también de las respuestas para cada una, ignorando e invisibilizando las elecciones, decisiones y voluntad de las mujeres que siempre se presume viciada.

Las soluciones a las violencias van del escrache público –con resultados muchas veces lamentables- a la denuncia como inevitable puerta de entrada al derecho penal, sin considerar que los inconvenientes que impiden la eficaz protección a las mujeres víctimas de violencia son la desatención a la desigualdad social y económica que crea la violencia y la insuficiencia de canales alternativos o intermedios al sistema penal que respeten a la mujer y le permitan gestionar su conflicto según su voluntad. A la violencia en razón del género también se la debe gestionar con un enfoque interseccional.  

A la presentación homogénea de un problema que es social, la victimización y una respuesta siempre punitiva, llega ahora la respuesta irreflexiva –o no- y revanchista que, aunque advertida hace tiempo, vino a protagonizar bajo los flashes y con espectacularidad Johnny Deep.

En lo que la Asociación Argentina de Juicios por jurados llamó el juicio civil más famoso del siglo XXI, que duró seis semanas, se trasmitió en directo a todo el mundo por YouTube, se difundió por todas las plataformas y aplicaciones existentes y siguieron millones de personas, el jurado determinó que Amber Heard: 1) escribió el artículo en El diario The Washington Post, 2) que lo hizo contra Johnny Depp, 3) que sus afirmaciones eran falsas, y 4) que fueron escritas con «real malicia» y por eso tendrá que pagarle al actor una cantidad de dinero difícil de dimensionar para nosotros simples mortales.  

Y aunque entre la catarata de notas periodísticas, reels, publicaciones y memes reproducidos en Instagram, Faceebook y Tweets más videos compartidos por WhatsApp, no es fácil revivir el relato de la actriz sobre la violación de Deep con una botella de whisky, abundan las imágenes del actor saludando y dándole la mano a cada persona de seguridad, corriéndole la silla a una dama como el buen caballero que es, atesorando unas flores que le regaló una piba, saludando a la multitud que lo espera a su llegada al Tribunal o acomodando el cable del celular de Camille, su abogada estrella devenida en nuevo objeto aspiracional de la fantasía de miles de fans. De Heard, estrella secundona, poco o nada o mejor, personificando a la bruja que le cagó la cama y le arruinó la vida y la carrera a Deep.

Un juicio que enfrentó –debe decirse- a dos personas complejas, relacionadas y sostenidas por la superficialidad, el dinero y la fama, extrañas a cualquier realidad que nosotros podamos percibir y que Deep ganó a puro litigio estratégico y por una lamentable actuación de la abogada de su ex. 

Pero lo importante, Deep encarnó y representó a una legión de hombres y mujeres enojadxs con las únicas respuestas disponibles a las violencias, siempre punitivas, excluyentes y dolorosas. Vino a demostrar –o así lo determinó el jurado-, puño en alto y triunfante, que las mujeres no siempre dicen la verdad y que como en su caso, las víctimas también pueden ser hombres.

El vuelto del capitán Sparrow no son caramelos y a esta película hay que usarla en nuestro favor. El feminismo no es competencia ni la reproducción de más violencia ni dolor, que la celeridad de las reformas punitivas impulsadas y aprovechadas por los sectores conservadores y fascistas no nos sigan fagocitando. Nuestro compromiso político debe ser producir conocimiento para un mundo más igualitario, aprovechemos la oportunidad para revisar estrategias y repensar alternativas.



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