En el merendero «Niño toba Guido Mendoza» ya no hay azúcar y la leña está húmeda

Por el


*Por Cristian Muriel

El sábado por la tarde llego al barrio Cacique Pelayo de Fontana con la idea de retratar el trabajo de las vecinas y los jóvenes del merendero Ñac’piolec Qom Guido Mendoza; desafortunadamente no están repartiendo la chocolatada ni haciendo torta o pastelitos.

–Tenemos la leche pero no tenemos azúcar, lamenta Carina Mendoza, responsable del merendero. Siempre falta algo, y encima la leña está húmeda. (N. del R.: llovió casi toda la semana

Me invita a sentarme en una silleta, en el patio de tierra que separa las dos casitas en las que viven su mamá, una de sus hermanas y varias criaturas.

Carina es del barrio Balastro II, de la otra punta de Fontana, y viene en la moto a colaborar junto a su nena de siete. Una de sus hermanas viaja desde más lejos, desde Presidencia de la Plaza, a más de 100 kilómetros, cada sábado.

–“Niño toba Guido Mendoza”: eso significa Ñac’piolec Qom Guido Mendoza, traduce Carina y levanta la vista hacia el mural que lo retrata, pintado hace pocos días en una de las paredes. Se nos fue en 2017, a los 14 años. Era el menor de sus hermanos.

El pelotón de gurices de entre dos y ocho años interrumpe el diálogo permanentemente. Va y viene como las bandadas de estorninos de las películas, y cuando falta alguno las mujeres les piden a los más grandes que vayan y los traigan.

–¡Éste iba a cruzar la calle y la moto casi le choca!, reporta uno de ellos, con los pelos hechos un revoltijo, de pie junto a un prisionero de guerra que no pasa los tres años.

–Dejalo, él sabe esperar, lo tranquiliza la abuela.

Me intereso por la historia de Guido. Todas las mujeres guardan silencio, sólo habla Carina:

–Lo llevábamos al Hospital de Fontana y lo mandaban a la casa. Pero él no estaba bien.

Me cuenta que le hicieron una biopsia en la garganta. Que tenía un estado de desnutrición severo, que entre un estudio y otro descubrieron que era celíaco. También tenía tuberculosis. Todo eso con un hospital a pocas cuadras, y a quince minutos de la Plaza 25 de Mayo. Finalmente lo llevaron al Pediátrico de Resistencia.

–Yo le iba a ver al hospital y me decía “Yo quiero vivir”, apunta Carina, y es el único momento en el que su mirada inescrutable se humedece. Y se nos fue.

Es curioso: jamás usa la palabra “muerte”.

Después vino la pandemia. Y si el barrio recibía poca ayuda antes, ahora no recibía ninguna. El susurro agónico de Guido, el “Yo quiero vivir”, que tanto dolor les había causado, se transformó en el motor de un nuevo proyecto, que empezó con una celebración colectiva del Día del Niño.

–Al otro día los chicos vinieron de vuelta a buscar la leche y no había más. (Ahora Carina cambia el tono y recita, tal vez por enésima vez, su letanía). Viendo la necesidad de los niños comenzamos a pedir donaciones y a hacer el merendero. Cada sábado. Pero no tenemos ayuda de ningún funcionario. Recibimos donaciones de personas humildes. Somos un grupo de mamás y jóvenes qom y criollos trabajando para los niños de la comunidad qom.

Interviene la abuela:

–Lo que pasa es que no tenemos ningún referente.

Se refiere a que no hay un puntero que gestione la ayuda para el merendero.

–A veces viene Cáritas, modera Carina y enseguida se entusiasma por el mural del artista plástico correntino Walter Pato y su equipo. Nos regalaron este hermoso mural, y una olla para el chocolate; antes nos prestaban una olla y teníamos que devolver. Nosotros recibimos todo: harina, azúcar, chocolate. Si nos traen dulce, hacemos pastelitos. Los chicos del barrio vienen con su jarra o su botella y retiran su leche y su torta.

–Si me puede conseguir una zapatilla para ella, -interviene una de las hermanas, hasta ese momento en silencio. La nena a su lado lleva unas “Crocs” con medio talón afuera.

Entonces Carina me cuenta que todas las gestiones que hicieron ante organismos públicos, las notas que presentaron en el Ministerio de Desarrollo Social, fueron infructuosas.

–Después fuimos al Idach. Nos dieron un papel para juntar firmas y tener una asociación. Nos dijeron que con eso íbamos a poder gestionar, pero sale plata: hay que pagar cada firma en un escribano, dice y descarta la idea con la mano, como si espantara una mosca.

Es como si todos los caminos condujeran a la imposibilidad, como si no quedara otra que seguir mendigando desde el anonimato, desde la marginalidad. Le digo que en un Juzgado de Paz pueden firmar sin costo pero enseguida me doy cuenta de que mi idea romántica de que las cosas siempre tienen solución es pura soberbia, y el atisbo de culpa que asoma en mi garganta es otra dosis de lo mismo.

Carina no me lo reprocha, pero en cada nueva anécdota aparece ese vocablo que para ella no amerita ninguna inflexión, pero atraviesa la existencia de toda comunidad indígena: discriminación.

Por ejemplo, me cuenta que a pesar de vivir lejos del barrio, trae todos los días a su nena a la escuela bilingüe (el Centro Educativo Franciscano Intercultural Bilingüe UEGP N° 72 “Cacique Pelayo”) “porque acá no la discriminan por ser indígena”.

A esa misma escuela iba Guido, que no pudo disfrutar de las ampliaciones del edificio inauguradas en 2017, el año que falleció, financiadas por la Fundación Bachman de Suiza, aportes y donaciones del gobierno provincial y municipal, y de los Franciscanos.

–Guido hablaba “la idioma”, -se enorgullece la abuela («la idioma» es la lengua qom), y también inglés, dice y se queda en silencio.

El sábado por la tarde llego al barrio Cacique Pelayo de Fontana con la idea de retratar el trabajo de las vecinas y los jóvenes del merendero Ñac’piolec Qom Guido Mendoza; desafortunadamente no están repartiendo la chocolatada ni haciendo torta o pastelitos.

–Tenemos la leche pero no tenemos azúcar, –lamenta Carina Mendoza, responsable del merendero–. Siempre falta algo, y encima la leña está húmeda. (N. del A.: llovió casi toda la semana).

Me invita a sentarme en una silleta, en el patio de tierra que separa las dos casitas en las que viven su mamá, una de sus hermanas y varias criaturas.

Carina es del barrio Balastro II, de la otra punta de Fontana, y viene en la moto a colaborar junto a su nena de siete. Una de sus hermanas viaja desde más lejos, desde Presidencia de la Plaza, a más de 100 kilómetros, cada sábado.

–“Niño toba Guido Mendoza”: eso significa Ñac’piolec Qom Guido Mendoza, –traduce Carina y levanta la vista hacia el mural que lo retrata, pintado hace pocos días en una de las paredes–. Se nos fue en 2017, a los 14 años. –Era el menor de sus hermanos.

El pelotón de gurices de entre dos y ocho años interrumpe el diálogo permanentemente. Va y viene como las bandadas de estorninos de las películas, y cuando falta alguno las mujeres les piden a los más grandes que vayan y los traigan.

–¡Éste iba a cruzar la calle y la moto casi le choca!, –reporta uno de ellos, con los pelos hechos un revoltijo, de pie junto a un prisionero de guerra que no pasa los tres años.

–Dejalo, él sabe esperar, –lo tranquiliza la abuela.

Me intereso por la historia de Guido. Todas las mujeres guardan silencio, sólo habla Carina:

–Lo llevábamos al Hospital de Fontana y lo mandaban a la casa. Pero él no estaba bien.

Me cuenta que le hicieron una biopsia en la garganta. Que tenía un estado de desnutrición severa, que entre un estudio y otro descubrieron que era celíaco. También tenía tuberculosis. Todo eso con un hospital a pocas cuadras, y a quince minutos de la Plaza 25 de Mayo. Finalmente lo llevaron al Pediátrico de Resistencia.

–Yo le iba a ver al hospital y me decía “Yo quiero vivir”, –apunta Carina, y es el único momento en el que su mirada inescrutable se humedece–. Y se nos fue.

Es curioso: jamás usa la palabra “muerte”.

Después vino la pandemia. Y si el barrio recibía poca ayuda antes, ahora no recibía ninguna. El susurro agónico de Guido, el “Yo quiero vivir”, que tanto dolor les había causado, se transformó en el motor de un nuevo proyecto, que empezó con una celebración colectiva del Día del Niño.

–Al otro día los chicos vinieron de vuelta a buscar la leche y no había más. (Ahora Carina cambia el tono y recita, tal vez por enésima vez, su letanía). Viendo la necesidad de los niños comenzamos a pedir donaciones y a hacer el merendero. Cada sábado. Pero no tenemos ayuda de ningún funcionario. Recibimos donaciones de personas humildes. Somos un grupo de mamás y jóvenes qom y criollos trabajando para los niños de la comunidad qom.

Interviene la abuela:

–Lo que pasa es que no tenemos ningún referente.

Se refiere a que no hay un puntero que gestione la ayuda para el merendero.

–A veces viene Cáritas, –modera Carina y enseguida se entusiasma por el mural del artista plástico correntino Walter Pato y su equipo–. Nos regalaron este hermoso mural, y una olla para el chocolate; antes nos prestaban una olla y teníamos que devolver. Nosotros recibimos todo: harina, azucar, chocolate. Si nos traen dulce, hacemos pastelitos. Los chicos del barrio vienen con su jarra o su botella y retiran su leche y su torta.

–Si me puede conseguir una zapatilla para ella, –interviene una de las hermanas, hasta ese momento en silencio. La nena a su lado lleva unas “Crocs” con medio talón afuera.

Entonces Carina me cuenta que todas las gestiones que hicieron ante organismos públicos, las notas que presentaron en el Ministerio de Desarrollo Social, fueron infructuosas.

–Después fuimos al Idach (N. del A. Instituto del Aborigen Chaqueño). Nos dieron un papel para juntar firmas y tener una asociación. Nos dijeron que con eso íbamos a poder gestionar, pero sale plata: hay que pagar cada firma en un escribano, –dice y descarta la idea con la mano como si espantara una mosca.

Es como si todos los caminos condujeran a la imposibilidad, como si no quedara otra que seguir mendigando desde el anonimato, desde la marginalidad. Le digo que en un Juzgado de Paz pueden firmar sin costo pero enseguida me doy cuenta de que mi idea romántica de que las cosas siempre tienen solución es pura soberbia, y el atisbo de culpa que asoma en mi garganta es otra dosis de lo mismo.

Carina no me lo reprocha, pero en cada nueva anécdota aparece ese vocablo que para ella no amerita ninguna inflexión, pero atraviesa la existencia de toda comunidad indígena: discriminación.

Por ejemplo, me cuenta que a pesar de vivir lejos del barrio, trae todos los días a su nena a la escuela bilingüe (el Centro Educativo Franciscano Intercultural Bilingüe UEGP N° 72 “Cacique Pelayo”) “porque acá no la discriminan por ser indígena”.

A esa misma escuela iba Guido, que no pudo disfrutar de las ampliaciones del edificio inauguradas en 2017, el año que falleció, financiadas por la Fundación Bachman de Suiza, aportes y donaciones del gobierno provincial y municipal, y de los Franciscanos.

–Guido hablaba “la idioma”, –se enorgullece la abuela («la idioma» es la lengua qom)–, y también inglés, –dice y se queda en silencio.

Ahora todas las mujeres hacen silencio. Sólo se escuchan las risas y los llantos de los gurices.

–¡Éste quiere cruzar la calle otra vez!

–¡Dejale!

Carina Mendoza me autorizó a compartir su número de teléfono por si alguien quiere coordinar con ella la entrega de donaciones para el merendero. Ya saben: leche, harina, azúcar, chocolate en polvo, dulce de batata y de membrillo, ropa para chicos, juguetes. Unas “Crocs”.

Es +54 9 362 525-1601

También la pueden contactar vía Facebook, buscando: “Merendero Guido Mendoza”.

*Periodista.

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