Jujuy: Modelos que matan

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Por Néstor Martiarena*

Jujuy se encuentra en una situación sumamente delicada. Se observa un aceleradísimo paso de “provincia ejemplo en la gestión de la pandemia”, a convertirse en la jurisdicción que más rápidamente desató una curva ascendente de infectados y colapsó su sistema hospitalario. En pocos meses se pasó de entrevistar a Gerardo Morales en la mayoría de los canales de televisión como “modelo a seguir”, a entrevistar a diversos exponentes de la oposición política jujeña mostrando la gravedad humanitaria de la situación.

Pero la pandemia por Covid-19 apenas es el contexto disparador que expuso la fragilidad de una estructura social, económica y política históricamente injusta e insostenible.

El gobierno de Morales ha estado trasminado de espectacularidad, histrionismo y exageración desde su primer minuto en diciembre de 2015. Asumió bajo promesa de “unión, paz y trabajo”, pero dos o tres años más tarde ya se hacía evidente que se trataba de todo lo contrario. La “unión” se convirtió en persecución y estigmatización de quienes no acataran sus imposiciones. El “trabajo”, en una precarización sistemática del empleo público, privado y de cooperativas. La “paz”, en una pornográfica manipulación antirrepublicana del Poder Judicial: ampliación del Superior Tribunal de Justicia de cinco a nueve miembros para tener mayoría automática, creación del Ministerio Público de la Acusación inexistente en la Constitución Provincial y superpuesto en varias funciones al Ministerio Público Fiscal, designaciones irregulares de jueces pasándose por alto los concursos y órdenes de mérito, dejando siempre afuera a los aspirantes que no respondieran ideológicamente a la voluntad del “Emperador”, como el sentir popular empezó a denominarlo. El estado de derecho y la seguridad jurídica en Jujuy son, desde hace más de cuatro años, un garabato.

Lo que ocurre en Jujuy, delatado por la pandemia Covid-19, es una “pandemia” política, social, económica. Otra pandemia que es estructural, histórica, disfrazada de “naturaleza” y “tradición”, términos que tan a menudo por metonimia, ocultan y enmascaran la “pobreza” y la “riqueza”.

Los tiempos de Virreinato y marquesados nunca se fueron de Jujuy y de muchas otras provincias. La autocracia, la concentración del poder en la figura del mandamás gobernante, viene replicándose en Jujuy desde la colonia, de manera sostenida. Ni la Independencia argentina, ni la constitución de 1853, ni los albores democratizantes del siglo XX, ni las transformaciones justicialistas de la segunda mitad de ese siglo, alcanzaron para que Jujuy dejase de ser la tierra de los patrones de estancia, dueños de la vida y la muerte, dueños de la producción y la riqueza a costa del mal vivir de las masas.

Morales es precisamente eso. Un simple emisario y operador de los grandes grupos concentrados de poder económico de la provincia. Más que un “emperador”, es un “empernador”, un estafador político solventado por los grandes grupos concentrados de poder de la provincia para hacer el trabajo sucio: poner la cara desde el sistema democrático, incómodo para la oligarquía provincial, pero inevitable a esta altura de la historia. Poner la cara en nombre de otros, ocultos, aunque no tanto. Silenciosos, aunque andan mostrándose a los gritos desde la colonia y desde el origen del país y la provincia. Tienen nombres que todos conocemos y consumimos: Ledesma, Cooperativa Tabacalera, mineras extranjeras del litio como Exar. Sólo estas tres corporaciones económicas son corresponsables actualmente de una gran proporción de los infectados en la pandemia, por no dignarse a detener su producción. ¿Por qué? Porque su prioridad es la reproducción del capital, no la reproducción del bienestar social y el buen vivir de la población jujeña.

Esta matriz económica cuasi feudal determina enormes desigualdades sociales que son históricas y estructurales. Se naturaliza la dominación de un grupo de poder económico, la supremacía del patriarcado en cada acto de la cultura, la pérdida de conciencia sobre la complejidad plurinacional de la población. Sucesivos gobiernos han sido funcionales a una dinámica servil con el poder real. La pandemia lo que ha hecho es dejar expuestas todas las debilidades del sistema político jujeño. Los negociados, el clientelismo, la estafa, la violencia de todo tipo, el desprecio por la humanidad.

Incluso sectores políticos que nominalmente dicen estar cercanos al sentir popular, en realidad se ponen esa etiqueta como pantalla, mientras realizan millonarios negocios con el estado cautivo del poder real. Eso, por caso, pasa hoy en Jujuy cuando el Centro de Transferecias de Cargas, la recolección de residuos hospitalarios o los testeos de PCR e hisopados, están en manos de los mismos sectores político-económicos que en 2015 el propio Gerardo Morales, flautista de Hamelin, estafador electoral, decía iba a desplazar.

No es una crisis la que sufre Jujuy, es el efecto de un modelo económico, político, social, totalmente perverso. Que primero se llamó colonial. Que luego se llamó conservador. Que hoy se denomina neoliberal. Que Morales y Cambiemos representan. Lo que tienen esas etiquetas en común es la oligarquía como actor social al mando de tales procesos, desde las sombras. Las provincias que padecemos esta estructura, que sufrimos este modelo de saqueo y concentración inhumana y ecológicamente insostenible, vemos emerger los efectos perversos del mismo en circunstancias críticas extremas como el parate total que impone la pandemia de Covid-19.

En Jujuy tenemos en este momento una situación de virtual acefalía. Tanto el gobernador como el vice tienen Covid positivo. No ha habido ningún tipo de decreto para garantizar la gobernabilidad. Una vez más el “empernador” juega a hacerse como que no pasa nada y sigue apostando a seguir domesticando y humillando, naturalizando la dominación y el silencio. Los que más sufren, por suerte, tienen la dignidad de hablar, denunciar, repudiar. Como la carta documento al presidente de la Nación enviada ayer por el Colegio de Enfermeros de Jujuy denunciando esta situación. Como el colectivo de mujeres políticas que repudiaron también ayer los improperios antidemocráticos, violentos y patriarcales del diputado radical Rivas contra un grupo de diputadas y diputados de la oposición.

El poder real jujeño se esconde tras los gritos e histrionismo de líderes mesiánicos como Morales y su troupe de pendencieros dispuestos a embarrar la cancha y generar cortinas de humo distractivas, precisamente en el momento en que su ineptitud más se hace notar. Justo cuando no hay más camas disponibles en las Unidades de Terapia Intensiva para contener y tratar a los enfermos de Covid positivo más graves.

Morales y Bolsonaro. Salvadores y redentores. Liderazgos centrados en la estigmatización y el odio irracional al otro, al diferente, sea por pensar distinto o simplemente por pedir auxilio desesperadamente en el momento que el gran simulador se ha encaprichado con exigir el silencio y el “siga, siga”, como si no hubiera ocurrido nada.

Presos políticos, desbande económico, deudas no rendidas, Cauchari, grandes negocios que hacen inviable la economía de la provincia, ayudas económicas nacionales por pandemia diluidas ¿en pago de sueldos? ¿en negocios de última hora y jugosos dividendos? Desaforado, descolocado, exagerado, casi mágico. Repleto de neologismos, de “bicho”, de advocaciones virginales, de prescripciones médicas ilegales, de “caza de brujas” y casas marcadas, como en el Medioevo con la peste negra, ahora con el Covid. Lamentable populismo de derecha, inhumano, que vació el sistema de salud durante cuatro años, en actitud genocida, y hoy vemos sus consecuencias. Morales es todo esto.

Se llenó la boca con que Jujuy era un ejemplo de anticipación y buena gestión de la pandemia, para que luego el propio gobierno, una comitiva de 60 personas, el 4 de junio de 2020, trajera el virus desde Bolivia, por un aún inexplicado hecho de dos altos jefes policiales cruzando a comprar hojas de coca. Hasta ahí, teníamos seis o siete casos en toda la provincia. A partir de allí, un desmadre. Hoy, alrededor de 5500 casos, en solo dos meses.

Pero hay otro modelo. Uno que incluye a todas y todos, que busca la transformación social desde la comunidad, que pone lo étnico, lo femenino y lo ecológico, como elementos que no pueden seguir siendo desplazados fuera del círculo de las decisiones y las políticas del buen vivir. Ese otro modelo que en Jujuy, también, fue acallado, castigado y encarcelado, por este mismo estafador, emisario de oligarcas, empleadito del lustro de las corporaciones.

Que cuando esta pandemia, sanitaria, pero también política, pase, la ciudadanía jujeña se saque la venda de los ojos. No alcanza con votar mesías. Es necesario construir proyectos. Del pueblo y para el pueblo. Inclusivos en todo sentido, sostenibles y alternativos. Humanos. Sencillamente humanos.

Néstor Martiarena*

*Doctor en Administración y Política Pública


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