Pandemia: Entre el temor y el odio

Por el


Por David “Coco” Pagano*

Hace unos meses se conocía el nuevo coronavirus (Covid-19) en China, tiempo después se declaraba la pandemia y así, sin saber de qué se trataba o que sucedía, las fronteras se llenaron de miedos, “el contagio de un barco”, “infectadas e infectados”, “países y regiones”, “conspiraciones y desprecios”. Se pensaba lo posible con recetas de guerra, de posguerra y de catástrofes.

Una pandemia no puede ser alegre ni placentera porque es una declaración dolorosa y sufriente, no es un lujo de una organización mundial ni una decisión política de algún líder, se trata de la identificación de un problema sanitario que nos atraviesa, un fenómeno que nos interpela en prácticas tan complejas como los estudios bioquímicos y tan simples como el lavado de manos. De repente descubrimos que las fronteras no eran tan infranqueables ni tan rígidas, y en poco tiempo el país de “esos otros infectados” se convierte en “nuestro mundo” con una pandemia. 

Las cifras son escalofriantes: trescientos, quinientos, mil muertos; mientras algunos países del mundo optan por construir fosas comunes para arrojar los cuerpos sin vida de quienes han sido infectados; por otro lado, en nuestra patria nos declaramos en cuarentena eligiendo sobrevivir por sobre sostener la economía; impulsando medidas gubernamentales para evitar el colapso del sistema sanitario.

Sin saber a ciencia cierta si es por tradición o por costumbre circulan las voces de la “búsqueda de culpables”, responsables o negligentes que pudieron no haber “infectado o infectado menos”.  Las cifras avanzan; pasamos rápidamente a decenas de víctimas fatales en la provincia del Chaco,  deja de ser “esa cosa que le puede pasar a otros” y vamos percibiendo que esto «es algo nos puede pasar a cualquiera de nosotros”.

A pesar del aislamiento social, el virus llega hasta los sectores más vulnerados, aparecen los primeros casos de Covid-19 en el “Barrio Toba” (nuestra comunidad indígena de la ciudad de Resistencia). Otros barrios no escapan a la pandemia que empezó por los viajeros y continúa por los caminantes.  Las hermanas y los hermanos Qom sufren con gran pesar cada pérdida, no se trata de alguien menos en una muchedumbre, sino que cada caso es una hermana o un hermano que se muere, que deja de existir en la comunidad y que duele mucho.

Por algunos medios de comunicación y redes sociales se difunde una tristísima asociación entre “comunidades indígenas y contagio”, una historia repetida de prejuicios donde se pone en el banquillo de los acusados a nuestros pueblos originarios, situación que vuelve a acentuar la estigmatización social y la marginación.

En el mapa de la ciudad, las comunidades tienen colores llamativos, como la wiphala (bandera multicolor que identifica las naciones indígenas), y no se puede pasar por alto ni las pérdidas ni los dolores ni las necesidades de nuestras hermanas y hermanos qom, los sentires hacen visibles las realidades hacía una reparación histórica necesariamente acelerada.

El odio de clase se revela simultáneamente en otros lugares del mundo, no es una mera casualidad;  no se trata solamente de un sector con peligro de contagio sino en la estigmatización de los sectores populares; crecen los discursos fascistas que recuerdan el peor genocidio de la historia de la humanidad (la Segunda Guerra Mundial), la perversa costumbre de atribuir a las características físicas y sociales que no responden a los “absurdos modelos dominantes de la globalización” la condición de poblaciones “peligrosas”, marginación y exclusión,  “barbaridades” en nombres de una civilización distante y odiante.

Urge entonces, en este contexto, asumir posiciones humanistas que tiendan a revertir las lógicas que suponen que las violencias puedan promover conciencia de responsabilidad para cumplir el aislamiento social. Puede que la lógica más efectiva sea otra, esa que desde la empatía asume que “porque me importan los demás; y porque valen más que los químicos que confirman un diagnóstico, nos invitamos insistentemente al cuidado”.

El miedo hacia los otros se convierte en el soporte del desencuentro, la empatía se desvanece y se acentúa la certeza de que los otros son peligrosos; en consecuencia, leernos como comunidad cuando más nos necesitamos se convierte en un hecho imposible.

La responsabilidad que cada persona tiene con otras consiste en reconocer las actitudes que más nos acercan a un espacio común para “ser comunidad” (no a la inversa), valorando y respetando a los demás sin excluir a nadie.

Revisar nuestras prácticas para la construcción de un “mundo junto con otros y no contra otros”, de pueblos diversos y de gran riqueza cultural (como son nuestras poblaciones indígenas, afrodescendientes, gitanas, entre otras) que se puedan admirar y no despreciar, reinventar los sentidos para transitar una pandemia, la vida, la comunidad; priorizando los cuidados de nuestros pueblos originarios y denunciando las vulneraciones, promoviendo una auténtica justicia social.

* Fundación Acompañarte

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