Tesis para otra historia del Chaco- Segunda Tesis

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La metáfora del crisol de razas como el mito cultural del Chaco post “Campaña de Pacificación”, como la narrativa que enmascara un racismo velado, el que define y narra la conformación de una nueva raza, porque sostiene que la heterogeneidad étnica de nuestro territorio se resolvió – fusionó en una sola cultura, en un solo modo de ser. Se trata de un nuevo mecanismo de colonización cultural, a través de la educación, en clave de “asimilación” e “integración” disciplinadora – homogeneizadora. El paradigma de la Interculturalidad crítica como ruptura epistemológica y emancipadora.

Primera Parte

Del Gobernar es poblar al poblar es educar: la argentinidad como matriz cultural de una pedagogía de disciplinamiento social.
“Entre 1890 y 1908, comenzó a desplegarse y tomar forma un discurso que puede resumirse en el siguiente enunciado: gobernar es poblar y poblar es educar. Pero el sentido de las políticas educativas no consistía en elevar el nivel socio-cultural de la población, sino constituir un dispositivo disciplinador. La educación debía producir identidad nacional argentina en los extranjeros, es decir, argentinizarlos y la argentinización consistía en producir un nuevo argentino, lo que suponía trastocar tanto las costumbres, idioma, ideología, sentimientos y prácticas sociales que los inmigrantes traían de sus países de origen, como los que portaban los nativos, que debían adoptar un nuevo modo y forma de ser único, amalgamándolos en un crisol de razas. La educación debía fabricar nuevos sujetos, para lo cual era necesario un diseño de sujeto argentino modelizado, y una tecnología educativa para hacer que los hombres y mujeres inmigrantes y nativas se transformaran a imagen y semejanza de ese sujeto modelizado, estereotipado y estandarizado”.

La hora de la sociología positivista

Suscribo este análisis del doctor en Ciencias Sociales Luis García Fanlo (1), cuya tesis de doctorado abordó críticamente “la genealogía del discurso de Carlos Octavio Bunge, uno de los principales referentes teóricos entre finales del siglo XIX y principios del XX, de la sociología positivista argentina”. Su tesis se puede sintetizar de la siguiente manera:
“Durante ese período el campo intelectual abordó la tarea de producir un modelo biopolítico que definiera la naturaleza de la “raza argentina”, constituyendo un conjunto de saberes que legitimaron y diseñaron las prácticas estatales de gobierno (educativas, sanitarias, criminológicas, psiquiátricas, y laborales). La hipótesis del autor postula que estas relaciones de saber/ poder constituyeron prácticas discursivas modeladoras de una subjetividad funcional a un proyecto de gubernamentalidad que debía integrar en un “crisol de razas” a los argentinos nativos y a la población inmigrante, de cuya fusión surgiría la “argentinidad”, un nuevo sujeto social adaptado a las condiciones particulares del desarrollo capitalista argentino” (2).

Familia Pértile, que llegó a Resistencia en 1878. (Museo Ichoalay)

Concluirá, por lo tanto, que “la argentinidad fue la invención a partir de la cual se desplegó una ingeniería social a gran escala para producir un orden social científicamente verdadero”. Un producto de la sociología positivista.

Surgen entonces dos preguntas: ¿qué es un crisol de razas? ¿y cómo fue aplicado ese concepto en nuestro país?

El vocablo crisol de razas, del inglés melting pot, fue acuñada por Israel Zangwill en la obra teatral de 1908 The Melting Pot, y desde ese momento se usó para explicar la forma particular de integración de los inmigrantes en Estados Unidos. En su primera acepción significa, según el diccionario de uso del español (castellano para nosotros) de María Moliner, “recipiente de material refractario, que se emplea para fundir “y purificar materiales”. Y también, “lugar en el que se mezclan distintos grupos raciales y culturales”.

En tal sentido, se lo asocia con la imagen de un caldero en el que se vierten, simbólicamente hablando, los elementos identitarios de distintas razas –luego se dirá, culturas, cuando ese término fue dejado de usar, al cabo de la 2da. Guerra Mundial, por su marcado sesgo de prejuicio y discriminación, matriz del ideario de los genocidios-, para que fundidos en una sola nueva realidad, emerja de la heterogeneidad original una homogeneidad racial, étnica y cultural.

La Argentina del Centenario fue su marco de origen nacional. Está presente en los discursos oficiales que celebran ese acontecimiento, el de una Nación que es un crisol de razas.

En cuanto a cómo fue aplicado este concepto a nuestro país, García Fanlo plantea, que a “diferencia del melting pot norteamericano que presuponía una “americanidad” preexistente en la que los inmigrantes tenían que asimilarse, Bunge concibe el crisol de razas como una ingeniería social en la que tanto los argentinos nativos como los inmigrantes debían asimilarse en una argentinidad inventada por la ciencia positivista”. Por eso reconocerá en la incipiente clase media nacional la “base material del crisol de razas objetivada en los hijos de matrimonios compuestos por un varón inmigrante y una mujer argentina”. Porque a “esos hijos los acrisolaba o acriollaba un modo de ser que se definía por la incorporación de la aspirabilidad, la cultura del trabajo, y el patriotismo escolar como disposiciones prácticas que debían orientar su conducta para integrarse funcionalmente con el orden social argentino vigente en la época”. El uso de la negrita es mío.

Ahora bien, ¿cómo estaba organizado ese orden social? Para Bunge, en términos sociológicos, nos explica García Fanlo, dicho orden “estaba fundado en una teoría de la raza (aspirabilidad), una teoría de la división del trabajo social (cultura del trabajo), y una teoría de la Patria (patriotismo escolar). De modo que el dispositivo argentinizador propuesto por Bunge buscaba producir un efecto de saber-poder performativo que le dice a los sujetos que son capturados por las políticas de educación patriótica “qué es lo que existe” (la Patria), “que es lo bueno y lo verdadero” (el trabajo), y “que es lo posible y lo imposible” (la aspirabilidad): patria, trabajo, y aspirabilidad definen la argentinidad”.

“La sociología positivista de Bunge enunciaba la representación colectiva de la sociedad bajo la forma de “la Patria” entendida como cuerpo social que debía subsumir a las razas, las clases y los individuos. A la vez, la cultura del trabajo, el culto al trabajo, era lo que la “Patria” esperaba de los argentinos, y que conciliaba la lucha por la existencia individual con el bien colectivo social: la división del trabajo era el correlato social de la división de funciones de todo organismo vivo. Por fin, la aspirabilidad establecía el fundamento de la reproducción armónica del organismo social que consistía en que las aspiraciones tienen límites naturales (fijados por la división social del trabajo y por los designios de la Patria) y que por lo tanto aprender a aspirar consistía en aceptar “ser el mejor en el lugar y la función social asignada por la Providencia”.

La misión disciplinadora – homogeneizadora de la educación y el rol de la clase media

García Fanlo sostiene que “si para Bunge gobernar era educar”, tenía que hallar en la ciencia, “los fundamentos positivos de un tipo particular de gobierno y de una forma particular de educación que hiciera posible que la civilización no produjera, subsidiariamente, la barbarie”. Porque “a diferencia de Sarmiento, Bunge interpreta que toda forma de civilización provoca formas asociadas de barbarie, una barbarie que ahora podía ser explicada científicamente como degeneración, la gran contratendencia natural de la evolución, y como lucha de clases reverso también natural de la necesaria y lógica lucha por la existencia”.

Por consiguiente, desde esa línea de razonamiento, para Bunge afirmar que “gobernar es educar” suponía más que una ruptura con sus antecesores una actualización en la que había que poner en juego instrumentos y saberes nuevos que proporcionaban las ciencias biológicas y naturales para explicar lo social. Porque Bunge sostenía que la “política es biología aplicada”.

García Fanlo afirma que el gran aporte de Bunge consistió “en explicar que el gobierno de los cuerpos no podía escindirse del gobierno de las almas y que el método científico para gobernar almas era la educación. Pero una educación moral, entendiendo por moral un modo y forma de ser que, a la vez que adaptara a los individuos para el lugar de clase que la naturaleza les había asignado los hiciera sujetos regenerables, que pudieran progresar individualmente sin que ese progreso se contrapusiera al interés general del cuerpo social”.

“La forma de gubernamentalidad diseñada por Bunge, mediada por diversas dispersiones, reapropiaciones y reactualizaciones producidas en las décadas posteriores a su muerte, funcionó como condición de posibilidad para la aparición del discurso y la práctica de la conciliación de clases: ese sería, a mi juicio e hipotéticamente planteado, el principal efecto de poder producido por el discurso de Carlos Octavio Bunge”.

La narrativa positivista biologicista social de Bunge definía, entonces, “la argentinidad como una moral argentina”, que García Fanlo asocia “conceptualmente a la definición foucaultiana de ethos en tanto ‘manera o modo de ser’ que organiza regímenes de prácticas y conjuntos prácticos que hacen a los sujetos ser como son: sujetos sujetados a una identidad o subjetividad cuyas condiciones de aceptabilidad incluyen conjuntos de principios, creencias, y valores morales naturalizados. ‘Ser argentino’ era, para Bunge, ser o llegar a ser de clase media”. Por eso llegará a la conclusión de que si “el discurso bungeano es condición de posibilidad para la aparición de la conciliación de clases como un modo y forma particular de ethos argentino o argentinidad, es porque la clase media argentina hizo de la conciliación de clases su particular modo de ser-hacerse argentino, de modo que: “Ser argentino de clase media implica conciliar la lucha por la existencia individual con el mayor grado posible de armonía social”.

En la conclusión de su trabajo de tesis, García Fanlo se pregunta: ¿Cómo se conciliarían las clases? Su respuesta es la teoría del crisol de razas, esa invención del saber científico del que “surgiría una “nueva raza argentina” que primero subsumiría y con el correr del tiempo haría desaparecer todo vestigio de las razas preexistentes y del conflicto de clases que esa heterogeneidad había originado a lo largo de la historia argentina del siglo XIX. La argentina era un “país por construir” y el gran hacedor de ese país nuevo sería la clase media”.

Clase cuya matriz cultural, tal como acabamos de ver, se funda en la idea madre de la conciliación de clases como singular modo de ser. Dicho de otro modo, por su aversión al conflicto y los sujetos portadores del conflicto político, que la sociología positivista definió por ese tiempo como enfermedad social (así consideraba, por ejemplo, al anarquismo). La noción de consenso, pues, como término actualizador de la conciliación, es su sentido común de nacimiento. El orden conservador lograba una gran victoria cultural: conseguía imponer, vía educación, el sentido común de la clase dominante como sentido común general, en especial de la clase media.

En la próxima entrega, segunda parte de esta segunda tesis, escribiré cómo aparece y se desarrolla en nuestro Chaco la teoría y narrativa del crisol de razas, que hoy todavía goza de buena salud. Porque en nuestro aquí y ahora, parafraseando a Jorge Huergo (3), se vino cambiando el discurso, pero no las prácticas sociales, que siguen siendo, en buena medida, discriminatorias, porque están cargadas de prejuicios culturales, porque no se transformaron en términos masivos nuestras representaciones sociales, ese sentido común fundado por la metáfora del crisol de razas.

No habrá Chaco pluricultural si no logramos transformar la representación homogeneizadora del crisol de razas, mediante el paradigma de la interculturalidad crítica.

Francisco Tete Romero- Escritor, docente y editor.

  1. Fanlo, Luis García (2014). Crisol de Razas y Argentinidad en el Discurso de Carlos O. Bunge. e-l@tina. Revista electrónica de estudios latinoamericanos. Vol. 12, Nº 47. En: https://publicaciones.sociales.uba.ar/index.php/elatina/article/view/228
  2. Resumen de la tesis de Luis García Fanlo, que antecede la presentación del texto ya citado.
  3. Huergo, Jorge (2015). La educación y la vida. La Plata. Universidad Nacional de La Plata. Ediciones EPC. Facultad de Periodismo y Comunicación Social. En:https://perio.unlp.edu.ar/sites/default/files/la_educacion_y_la_vida_ebook.pdf

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