A Facundo lo mató el Estado

En pocos días, Facundo empezaba la secundaria. La Policía de Tucumán lo asesinó de un tiro en la nuca. Tenía 12 años. ¿La causa? Circular “de forma sospechosa en moto”.

En la madrugada del jueves, la familia recibió un llamado del hospital. Hilda, la tía de Facundo habló con Página 12 y dijo que la policía informó a los médicos que el nene se había caído de la moto. “Mientras esperábamos en la Guardia que nos den el cuerpito, los policías nos hacían muecas, se reían, nos hacían burla”, contó Hilda.

La misma noche del sepelio la policía tucumana realizó un “operativo de saturación” en el barrio de Facundo. Estos procedimientos están siendo cada vez más habituales. Consisten en cerrar partes de los barrios pobres y detener “sospechosos”. “Fue un apriete”, dijeron los vecinos. Este lunes se movilizarán frente a los tribunales para reclamar justicia.

Se dijo mucho. Que fue una persecución, que el niño portaba un arma y que disparaba. A la abuela, que el dermotest dio negativo, a los medios, que dio positivo.

“Quien le habría dicho eso a Mercedes, la abuela, ‘fue la fiscal’ Adriana Giannoni. Sin embargo, fuentes policiales y judiciales citadas por la prensa local indican que el dermotest habría dado positivo”.

Lo cierto es que la familia no sabe nada de la investigación, “todo nos enteramos por los diarios y lo que nos cuentan los vecinos”, dijo Malvina, madrina de Facundo.

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La Doctrina de la muerte

El policía Luis Chocobar asesinó por la espalda a un joven que había robado. Fue tratado como un héroe y recibido por el presidente de la Nación. La ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, lo había justificado diciendo que siguió todos los protocolos de “la nueva doctrina que hemos elaborado”. Esta “nueva doctrina” es la misma que avaló el fusilamiento por la espalda de Rafael Nahuel. Tras el asesinato, dijo la ministra: “La versión de los agentes es la verdad y no necesitan pruebas”.

“Se está construyendo un Estado que avala la muerte aún en casos como éstos, donde es evidente que la intervención fue desacertada”, explicó a Cosecha Roja Rodrigo Pomares, director de Seguridad Democrática de la Comisión de la Memoria de la Provincia de Buenos Aires.

Las fuerzas de seguridad entendieron rápidamente el mensaje de las máximas autoridades: la muerte está habilitada, y el Estado de Derecho, bien… gracias. Una foto está recorriendo el mundo. Un niño yace en el pavimento sobre un charco de sangre.  Un sujeto de derechos asesinado por el Estado.

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“Mataron a mi negrito”

Desde el día del asesinato, los medios nacionales han publicado varios informes basados en testimonios de la familia, aunque poco sobre la investigación. Hasta hubo un video de un tiroteo en un estadio de fútbol, atribuido al cortejo del niño luego de su sepelio, publicado el sábado a la tarde por el diario Clarín:

“El sepelio de Facundo sumó más polémica: el cortejo entró por la fuerza al estadio de Atlético Tucumán -según los empleados, con armas- y los familiarias (sic) lo despidieron allí con tiros al aire”.

Pero el video al que refiere la nota es del 9 de febrero publicado por el diario La Gaceta de Tucumán, dando evidencia de la intencionalidad de justificar vaya uno a saber qué cosa, con la estigmatización del entorno del niño.

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Pero ya lo dice la canción, depende de quien la cuente, será una u otra la historia. La Garganta Poderosa eligió dar voz a la abuela de Facundo. Aquí reproducimos el relato:

* Por Mercedes del Valle Ferreira, 
abuela de Facundo, asesinado a los 12 años por la Policía.

Ya no me quedan lágrimas. Nos destrozaron la vida. El Negro era un niño maravilloso, lleno de amistades, que no tenía problemas con nadie. Y anteayer a la madrugada, a pocas horas de su primer día en la secundaria, lo mataron, me lo mataron. Tenía 12 años: 12 años, tenía, ¿entienden? Un niño, hermanito de otras dos niñitas, de repente pasó a estar en el hospital Ángel Padilla, tirado en un rincón, con la cabeza destrozada… Era una criaturita, mi criaturita.

¿Cómo se hace? ¿Cómo hacemos? ¿Quién se lleva este dolor? Para colmo, debemos soportar infinidad de historias falsas, circulando por internet o televisión, porque no, nada hubiera justificado lo que hicieron, pero mi nieto no robaba, ni manejaba un revólver, como inventa la Policía. Había terminado la primaria en la escuela Miguel Lillo con muy buenas notas y estaba por arrancar su nuevo ciclo en la ENET Nº5. Ya tenía todos los útiles, la mochila preparada y su ropa lista. Es más, acabábamos de comprar unos zapatos que no le gustaban para nada, pero los necesitaba para arrancar el colegio. Vivía conmigo y con sus tíos, en mi casa, en el barrio Juan XXIII, conocido como Villa Bombilla, en Tucumán.

El miércoles a la noche, Facu salió en moto con Juan, un amigo dos años más grande, para ir a ver las picadas en el Parque 9 de Julio, como es común acá entre los changos… Al regresar, pasada la medianoche, unos uniformados les dispararon a quemarropa, así, ¡a quemarropa! No existió ningún enfrentamiento. Y en cuanto nos enteramos, salimos corriendo al hospital, donde nos recibieron con mentiras los voceros arreglados con las Fuerzas. “Sufrió un accidente vial”, nos dijeron. Y minutos después, la tomografía nos anunció que había fallecido por el tiro de un arma 9mm.

La versión oficial vino acompañada por un cordón policial, porque “íbamos a generar problemas”. Y entonces inmediatamente fuimos a la Comisaría 1ª, donde nos dijeron que los agentes ya estaban detenidos. Éramos dos mujeres y ellos un montón de hombres, apuntándonos con itakas. Nos ocultaron información y nos sacaron zamarreándonos de los brazos. Ahora, el barrio está lleno de patrullas y, mientras dejo caer estas palabras como lágrimas, comienza una razia en la otra cuadra, bajo la mira de un helicóptero policial que sobrevuela la zona.

El 7 de mayo, Facu iba a cumplir 13. Y sí, soñaba ser como Messi, para poder comprarle una casa a su mamá, que vive en Santa Fe. Allá, él había jugado al fútbol en Unión de Sunchales y tenía pensado volver en unos meses. ¡No podrá! Me parece verlo ahora, jurándonos que algún día nos iba a comprar “una mansión, para poder vivir mejor”. Lo pienso y todavía no entiendo. ¿Cómo que no volveré a ver a mi nieto? ¿Cómo que no volverá a correr hasta mis brazos, gritándome “Pachona, Pachona”? ¿Cómo que lo mataron, si nunca nadie dijo nada malo de mi negrito? No puedo explicar lo que siento aquí, en el pecho. ¡No saben cuántos amigos tenía! No saben cuántos niños había en su entierro.

¡Su entierro!

Ahora sólo nos queda luchar, yendo a Tribunales todos los días, caminando en los pies de todos ustedes, todas las veces que haga falta, porque nosotros no tenemos plata, pero tenemos dignidad. No entendemos y nunca podremos entender por qué hicieron lo que hicieron, pero no van a detenernos hasta que no se haga justicia, para que mi nietito pueda descansar en paz. Yo sigo llorando. No puedo parar. Siento un dolor inmenso, que ya no puedo calmar con sus abrazos…

Te juro, mi negrito,
que no voy a bajar los brazos.

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